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Ahora podemos llorar

Bertha Lilia Gutiérrez, exmiembro de la Liga Comunista 23 de Septiembre, un grupo guerrillero fundado en los setenta en Guadalajara, me contó su historia en cinco entrevistas. En ellas, respondió mis dudas sobre cómo entró a la Liga, por qué se quedó, cómo retomó su vida y si valió la pena. 

Por: Teresa de Alba y Rodrigo Sosa

La primera vez que escuché acerca de la Liga Comunista 23 de septiembre fue cuando un profesor en la universidad nos contó cómo ellos asesinaron al empresario Eugenio Garza Sada. El profesor habló y habló, pero a mí lo único que me interesó fue que hubiera existido una guerrilla en la misma ciudad donde yo vivía. 

En ese momento, sentía una ingenua nostalgia por los movimientos izquierdistas del pasado; me emocionaban los carteles de los republicanos españoles, devoraba libros sobre el gobierno de Allende en Chile y veía documentales sobre los barbudos guerrilleros cubanos. Pero todo eso estaba lejos. Lo más cercano que tenía era el movimiento estudiantil de 1968 pero también se sentía ajeno. Por eso, cuando ese profesor criticó a la Liga Comunista 23 de septiembre, me nació un enorme interés por ese grupo subversivo. 

Hice una búsqueda rápida en Google; me aparecieron un montón de fotos de Eugenio Garza Sada, otras de la propaganda que utilizaban o de los miembros desaparecidos. Wikipedia solo decía que eran una organización guerrillera marxista-leninista que quería implantar un gobierno socialista en México. Había también algunos artículos periodísticos y otros académicos sobre la historia de la Liga y su estructura. De lo que leí, unos decían que eran unos demonios comunistas come niños y asesinos de empresarios; otros resaltaban que algunos miembros de la Liga y sus familiares jugaron un papel central en la lucha por la democracia en nuestro país.

Las posturas polarizadas sobre las acciones de la Liga sabotearon cualquier intento de simplificación. Aunque en realidad, lo único que realmente me importaba saber era qué había sido de esos jóvenes valientes, qué había sido de esos jóvenes terroristas. ¿Cómo es su vida ahora? ¿Tienen hijos? ¿En qué trabajan? Más importante aún, les tenía una pregunta concreta: ¿valió la pena?  

Tomé el teléfono e hice llamadas, mandé correos e incluso algunos mensajes en Facebook. Después de mucha búsqueda, el periodista Sergio René de Dios, quien ha escrito varios libros sobre la Liga, me pasó el contacto de Bertha Lilia Gutiérrez Campos, junto al escueto mensaje: «Me dijo que sí quería hablar contigo.» 

Un monólogo preparado

Marqué al número. Bertha contestó a los tres timbrazos: «¿Bueno?». Me sorprendió, al otro lado de la línea el tono era tranquilo y apacible. La llamada duró diez minutos, en nueve de los cuales la conversación se centró en la pandemia. Bertha tenía miedo de salir de casa y se negaba por lo pronto a recibirme presencialmente. Había algo de ironía en la situación: Una ex-guerrillera aterrorizada por el COVID-19. 

De esta forma concretamos la fecha para una la primera entrevista por Zoom

Para esa primera entrevista no sabía ni qué le iba a preguntar. Sabía que no quería que fuera un recuento exhaustivo y minucioso acerca de la Liga Comunista 23 de septiembre, mucho menos quería una clase de marxismo. Necesitaba que la conversación se fuera a lugares más íntimos sobre cómo ella vivió esa experiencia. Pero desde que Bertha entró a la sala de Zoom, me di cuenta que iba a ser menos difícil de lo que me esperaba. Por la pantalla veía a una mujer morena, con el pelo gris cenizo y unos lentes gruesísimos. Bertha tiene hoy setenta años. La saludé y comencé la entrevista. Apenas terminé de hacerle la primera pregunta, ella empezó a contarme un monólogo que parecía ya tenía preparado y al que probablemente ya le había dado muchas vueltas. 

San Andrés

Su historia empieza en el barrio de San Andrés, al oriente de Guadalajara. Uno de esos lugares al otro lado de la calzada en los que desde tiempos coloniales ha vivido la población más pobre de Guadalajara. Bertha vivía a dos cuadras del penal de Oblatos y asistía a la primaria Lázaro Cárdenas. En esa primaria fue compañera de quienes luego serían sus camaradas de lucha y tiempo después, ella misma terminaría encarcelada en Oblatos. Pero a todo eso vamos a llegar. 

Estamos a finales de los sesenta y en San Andrés había una pandilla llamada Los Vikingos. Eran un grupo que se dedicaba a defender a sus integrantes y a su barrio. Pero los miembros de Los Vikingos, a diferencia de los de otras pandillas en la ciudad, tenían un proyecto a futuro, querían estudiar y participar en la política local. El espacio en el que  intentaron hacerlo fue la Federación de Estudiantes de Guadalajara o FEG, que en ese momento estaba dirigida por Enrique Alfaro Anguiano (padre del gobernador del estado Enrique Alfaro Ramírez) y que, asegura una fuente que prefiere el anonimato, tenía el control absoluto de las decisiones dentro de la Universidad. La FEG había nacido en 1943 bajo el amparo de la Dirección Nacional de Seguridad y aunque se suponía que servía para representar a los estudiantes universitarios, en realidad funcionaba como un aparato estatal de control y espionaje dentro de las preparatorias y facultades. Estaba totalmente alineada con el gobierno federal y  servía de semillero para las dirigencias políticas del PRI en Jalisco. La línea de apoyo de la FEG al gobierno de Díaz Ordaz era total. Por ejemplo, la Universidad de Guadalajara fue la única universidad pública del país que no mostró algún tipo de solidaridad hacia los estudiantes masacrados el 2 de octubre en Tlatelolco. 

Los Vikingos de San Andrés querían mejorar las condiciones de los estudiantes y democratizar la Universidad. Presentaron candidaturas para puestos secundarios en dos o tres elecciones estudiantiles, nunca para la presidencia o vicepresidencia, porque para esos cargos, la FEG imponía, a través de sobornos y amenazas, a su candidato único. Los Vikingos no estaban de acuerdo con la política de candidato único; sabían que en varios planteles contaban con mucho apoyo y tenían posibilidades de ganar los puestos importantes. Comenzaron a protestar y a exigir elecciones libres. La FEG empezó a sofocar cualquier intento de participación que pudieran tener. Y claro, Los Vikingos respondieron.  

Bertha hablaba en un tono monótono pero no aburrido.  Iba de pe a pa y de un lugar a otro para luego regresar al relato central. Apenas se detenía en los detalles de sus propias experiencias. Estaba concentrada en contar una historia general, colectiva. Intercambiaba el «yo» por el «nosotros» con total naturalidad. Comencé a pensar que no estaba haciendo las preguntas correctas; me interesaban más sus silencios que las cosas que me contaba. Cuando le pedí que me dijera qué hacía ella en esos años, me contestó, medio a regañadientes por haberla interrumpido, que a finales de los sesenta, ella estudió y egresó de la Escuela Normal de Jalisco y que no estaba demasiado interesada en lo que parecían simples pleitos entre planteles; su novio sí, se llamaba Arnulfo Prado Rosas, aunque todo el mundo le decía El Compa.

Plaza central del barrio de San Andrés en Guadalajara, Jalisco.

Solo lo dejaba pasar cuando llovía

Bertha y El Compa probablemente se conocían desde siempre. Los dos vivían en el mismo barrio y habían ido a la misma primaria. Cuando tenían quince años, empezaron a coincidir en sus grupos de amigos y así terminaron siendo novios. Él visitaba a Bertha una hora todas las noches, de lunes a domingo. Se sentaban en las escaleras de la entrada de la casa y El Compa le hablaba de política, de lo que pasaba en otros lugares del mundo y a veces también le prestaba libros. Bertha solo lo dejaba pasar a su casa cuando llovía. «A las feministas les molesta cuando digo esto, pero es la verdad: yo empecé a simpatizar con los estudiantes que combatían a la FEG gracias a mi novio», reconoce Bertha. 

Él era uno de los Vikingos más conocidos y era muy respetado en San Andrés. Cuando iba en secundaria, El Compa estaba muy inspirado por la revolución cubana y hasta usaba esa boina verde que en ese momento fascinaba a tantos jóvenes en  el mundo. Después, ya en la prepa, él fue uno de los tantos inconformes con el sistema de candidato único en la FEG. Comenzó a protestar y a organizarse con otros estudiantes. La Federación no solo cerró las puertas a esos inconformes, comenzó a usar la violencia contra ellos. Si los veían solos en los planteles les daban una paliza. Todo empezó a escalar muy rápido; de las palizas pasaron a la tortura, al secuestro y, asegura Bertha, hasta al asesinato. 

Varios grupos que buscaban elecciones libres en la Universidad formaron el Frente Estudiantil Revolucionario o FER; El Compa formó parte de ese Frente; empezaron a hacer mítines, a repartir propaganda y a escribir panfletos que repartían por los planteles. Ante la escalada de violencia, también empezaron a armarse. La FEG y FER tuvieron varios choques, que fueron incrementando hasta que un día explotó todo.  

Fue el 29 de septiembre de 1970. Mientras miembros del FER participaban en un mitin en la Escuela Politécnica Jorge Matute Remus, llegaron vehículos de la FEG a dispararles con armas largas. Para ese momento, ambos grupos estaban armados pero nunca había ocurrido un tiroteo. Hubo heridos y muertos de ambos lados. La prensa local y los panfletos universitarios culparon al FER por el tiroteo; algunos de los miembros fueron arrestados. Fue en ese momento cuando Bertha pasó de ser simpatizante a militar activamente en el FER. Su novio había estado en medio del tiroteo y le había contado lo que pasó. Así que Bertha consiguió una máquina de escribir, compró papel cebolla y empezó a reunirse con cuatro o cinco amigas en su casa a escribir panfletos en los que desmentía lo que salía en la prensa. Ellas mismas los repartían por las prepas y facultades. 

A partir del tiroteo, cada vez que visitaba a Bertha, El Compa apenas se quedaba quince minutos y venía escoltado por miembros armados del FER. Para entonces Bertha era maestra en una primaria, pero tuvo que dejar de ir a su escuela porque alguien amenazó con secuestrarla. Pudo volver a las aulas una semana después porque El Compa le dijo que ya no se preocupara, que ya se había «encargado» de las personas que la querían secuestrar. Bertha sabía que las cosas estaban mal. Al Compa lo asesinaron el 23 de noviembre de 1970.

Panfleto con la foto de "El Compa".

Nunca imaginaron que algo así podría pasar.

Bertha contó esto con el mismo tono monótono que había usado en toda la conversación. Yo me había quedado callada porque no esperaba que me soltara así de la muerte de su novio. Ella continuó con su relato, yo balbuceé, dando a entender que quería que me diera más detalles sobre cómo mataron a su novio. Ella se detuvo. Parecía que iba a empezar a hablar y luego zanjó cualquier pregunta cuando dijo que no le gustaba hablar de eso. Lo que sí contó fue que ni siquiera pudieron hacerle un funeral como Dios manda; cuando lo estaban velando en San Andrés, la policía tenía rodeado el panteón del barrio. Querían aprovechar para arrestar a los compañeros y amigos de El Compa y ahí los tenían en un solo lugar. Los que estaban en el funeral se dieron cuenta, enterraron sus armas e intentaron salir del panteón pero vieron que iba a ser imposible. Las madres de los militantes que habían ido se tomaron de las manos para formar un círculo alrededor de los varones. Solo así lograron salir sin que la policía lo detuviera. 

Bertha no me compartió mucho sobre el asesinato, pero sí me mencionó un detalle: Ella y El Compa no tenían ni una sola foto juntos. Nunca imaginaron que algo así podría pasar.

Foto de "El Compa" en la playa, sacada del archivo personal de Bertha.

Un pueblo que se comió la ciudad

Después de la primera entrevista con Bertha, fui al barrio San Andrés. Lo visité por primera vez en un día nublado. En la plaza central vi un quiosco y un  montón de puestos de comida. Alrededor hay una iglesia y unos portales. Caminé un rato hasta que empezó a llover y me resguardé en esos portales. San Andrés, parecía un pueblo que se había comido la ciudad. 

Me imaginaba a Bertha y a sus compañeros caminando por esas calles. Algo no me convencía. Por más que intentaba visualizar los comienzos de la Liga en esos lugares, algo se sentía fuera de lugar.

Me subí a mi auto y regresé pensativa. Mientras transitaba por la calle Javier Mina, empecé a ver un mural larguísimo. Me estacioné para acercarme a él; era un mural viejo, estaba casi escondido entre algunos árboles, algunas rajas de pintura se desprendían de las paredes, tenía un montón de tonos y de estilos diferentes, como si muchas personas hubieran pintado sobre el muro en diferentes años. Cuando pude verlo bien, vi que las pinturas eran de rostros y escenas. En un rincón se leía: «Los Vikingos de San Andrés», a un lado, estaba escrita una lista de muchos nombres junto a sus edades y la leyenda: «VIVOS SE LOS LLEVARON». En ese momento entendí lo que no me convencía. Era la ausencia total de algún recordatorio, conmemoración u homenaje, por modesto que fuera, de que hace cincuenta años ese barrio fue el epicentro de la formación de uno de los movimientos guerrilleros más importantes del país. 

Portales de San Andrés, Guadalajara.

El repliegue

Bertha aceptó darme una segunda entrevista, otra vez por Zoom. Habíamos quedado a las 5:00PM. La hora marcaba las 5:40PM y ella todavía no entraba a la sesión. Le mandé dos mensajes con un intervalo de veinte minutos. Nada. Cerré la computadora y le marqué. Me contó que estaba atorada en no sé dónde y que prefería mover la entrevista. Acordamos otra hora y otro día. Una parte de mí se sintió aliviada; tenía la impresión de que apenas procesaba lo que me había contado en el primer encuentro. 

El siguiente viernes Bertha sí se conectó a la reunión, aunque con veinte minutos de retraso. Empezó preguntándome: «¿En qué nos habíamos quedado? Ah las madres.» Contó una vez más el momento en el que los policías irrumpieron en el funeral del Compa y las madres formaron un círculo de brazos entrelazados para evitar que la policía se llevara a los jóvenes. Divagó entre una anécdota y otra haciendo caso omiso a las preguntas que yo hacía, hasta que volvió a su relato. 

Después del asesinato del Compa, todos los militantes del FER se fueron. Algunos a Estados Unidos y otros a la Ciudad de México. El FER sufrió un repliegue masivo. Los jóvenes eran buscados por las autoridades. Las familias insistían en que mantuvieran el perfil bajo. Bertha pudo haberse ido también, su familia le insistió que pasara un tiempo en Estados Unidos. Nunca se planteó esa posibilidad. Sentía rabia y creía que la única forma en que podía darle salida era a través de su militancia en el FER. Los que se quedaron se organizaron y continuaron con actividades clandestinas, especialmente cubrir de propaganda la ciudad. 

Bertha se organizaba con su hermana y sus amigas para hacer eso; avisaba en casa que se iba de fiesta y llegaba tarde en la madrugada. Ellas redactaban la propaganda y preparaban los esténciles para luego irse a «la gasera», el lugar en el que estacionaban todos los camiones de la ciudad. Ahí, pintaban los asientos y los costados del transporte con imágenes del puño izquierdo cerrado o con las siglas del FER. Al amanecer, los camiones pintarrajeados recorrían la ciudad; subían y bajaban a cientos de pasajeros. También pintaban los muros de los panteones y, si había oportunidad, se dirigían a los complejos universitarios. Un miembro del FER daba el pitazo de que no había nadie de la FEG custodiando y los militantes acudían. Pintaban las paredes de los salones e inundaban de panfletos los pasillos. En esos años, la cara visible del FER fueron las mujeres. Ya para entonces, había algunos militantes en la cárcel y ellas eran las que tenían que ir a visitarlos al penal de Oblatos. Los hombres que estaban fuera corrían más peligro de ser arrestados y torturados, por lo que se limitaban a escoltarlas en la repartición de propaganda.

Comunicado del FER

Clandestinos y armados

En 1973, los militantes del FER que se habían visto forzados a huir, volvieron. En Guadalajara, las aguas se habían calmado, pero en el resto del país, sucedía todo lo contrario. La brutal represión que había ocurrido en 1968 en Tlatelolco y en 1971 con El Halconazo hicieron que muchos jóvenes decepcionados rompieran con el Partido Comunista Mexicano y comenzaran a unirse a movimientos que priorizaban la lucha armada. El más importante de estos movimientos fue el Partido de los Pobres, formado por el maestro normalista Lucio Cabañas en Guerrero, pero las chispas de la insurrección armada aparecían en todo el territorio nacional.  

El 15 de marzo de ese año, los representantes de las guerrillas de todo el país se juntaron en Guadalajara en una convención clandestina. Venían personas de Nuevo León, Ciudad de México, Chihuahua, San Luis Potosí, Guerrero y Oaxaca. A partir de las pláticas y acuerdos, que surgieron a puerta cerrada, se creó la Liga Comunista 23 de septiembre. Una organización que nació clandestina y armada, que operó en diferentes ciudades del país, pero que tuvo su comienzo en Guadalajara. Bautizaron así al grupo en conmemoración al ataque del Cuartel Madera en Chihuahua un 23 de septiembre de 1965. Los cálculos sobre la cantidad de miembros que la Liga tenía, estiman que tuvo hasta tres mil miembros en todo el país. Estaba organizada en diferentes células y comandos armados, tenía incluso un periódico clandestino de difusión, llamado Madera. Bertha enfatiza, sin embargo, que aunque la Liga tenía miembros de muchos Estados de la República, el FER fue la base de ésta. 

Había una diferencia muy específica entre la Liga Comunista 23 de Septiembre y el FER. El Frente Estudiantil buscaba la democratización de la Universidad de Guadalajara. Tenía un objetivo muy concreto que, sin embargo, no llegó a cumplirse. La Liga ya no solo buscaba enfrentarse contra la FEG sino contra el gobierno que tan violentamente había reprimido su intento de democratización. La Liga, entonces, apuntó a un objetivo aún más alto e inalcanzable: la toma del poder por la clase trabajadora, la instauración de la dictadura del proletariado.

Bertha debió leer el escepticismo en mi cara al escuchar el objetivo del grupo, porque se explicó. Me dijo que ella y sus compañeros «estaban muy inspirados por la revolución cubana, la Unión Soviética y por China.» Yo seguí con mi cara de escepticismo, entonces me explicó que varios miembros de la Liga hacían labores de enseñanza y de círculos de estudio. Hilda Dávila, la jefa de brigada de Bertha, había estudiado un posgrado de Economía en Nueva York y fue ella quien, junto a su esposo Ignacio Olivares Torres y su compañero Ignacio Salas Obregón, les enseñaron «con mucha paciencia» los conceptos básicos del marxismo a Bertha y a otros muchos otros miembros de la Liga. Bertha admitió que en esos años, leía muchas novelas rusas y «se sentía muy inspirada por los héroes de esos libros.»

Sea como fuere, en 1973, quienes fundaron la Liga creían tener a los miembros necesarios para triunfar. Además, aseguraban que podían reclutar a más personas a través de las redes que tenían en las principales universidades públicas del país. Se pusieron todos un alias, como era clásico en las guerrillas y así se lanzaron a hacer su revolución. Bertha Lilia Gutiérrez Campos adoptó el nombre de Ramona.    

La amenaza comunista 

La Liga necesitaba dinero para financiar los comandos armados. Para conseguirlo, empezaron a hacer «expropiaciones bancarias», «ajusticiamientos» y «secuestros políticos», es decir, el robo a bancos, ejecuciones y secuestro de personas para exigir rescates millonarios. Solo en 1973, el primer año de vida de la Liga, estuvieron vinculados a cincuenta y cinco acciones armadas: veintinueve asesinatos, diecisiete asaltos, seis secuestros y tres robos bancarios. Según un informe de la Dirección Nacional de Seguridad, revelado por el periodista Jesus Rámirez, hoy vocero de la Presidencia de la República. 

Pero el inicio del fin de la Liga estuvo en una de sus primeras acciones armadas, el secuestro en Guadalajara del cónsul estadounidense Terrance Leonhardy, el 4 de mayo de 1973, realizado por las Fuerzas Revolucionarias Armadas del Pueblo (FRAP), uno de los comandos de la Liga. La policía se dirigió a San Andrés y arrestaron a cada joven que cruzara la calle. Tocaron puertas por todo el barrio y en su afán de encontrar a los perpetradores se llevaron a gente que nada tenía que ver. Torturaron a decenas de jóvenes, incluido el hermano de Bertha. «Te debes de imaginar el tipo de tortura que se daba en esos casos», me dijo Bertha. La verdad es que no podía imaginarlo. 

Para ese momento, Bertha y su hermana eran miembros de la Liga, pero seguían viviendo en su casa materna, en San Andrés; el padre de Bertha, al darse cuenta de la situación trás el secuestro del cónsul, les ordenó a ella y a su hermana que buscarán dos cambios de ropa y se subieran al coche. Manejaron a casa de un primo, suponiendo que ahí estarían seguras. Al llegar se dieron cuenta de que su primo había sido arrestado también. Volvieron al coche y salieron de San Andrés. Dieron vueltas por la ciudad por mucho tiempo. Entre el agobio y el estrés la hermana de Bertha le confesó que estaba embarazada. 

Después de ese día, Bertha se quedó sola. Su hermano dejó de simpatizar con la Liga luego de varias sesiones de tortura. Su hermana se retiró para tener al bebé en calma. Su padre, delicadamente, le comunicó que lo mejor era que no volviera a la casa familiar, ya que podrían regresar a buscarla. Ella ya había pedido un permiso de suspensión temporal en su trabajo por lo que ya no tenía que ir a dar clases. Entonces se sumergió en la clandestinidad y se fue a una casa de seguridad. No podía ver ni a su familia, ni a sus amigos.  

El cónsul estadounidense fue liberado después de dos días, cuando el gobierno pagó una recompensa de cuatro millones de pesos y accedió liberar a treinta prisioneros políticos y mandarlos a Cuba. Desde entonces, empezó el exterminio. Las autoridades tenían orden de aplastar a la Liga. 

Durante ese tiempo, Bertha se dedicó a los círculos de estudio de marxismo-leninismo y a la redacción de propaganda. A pesar de las actividades, todas las tardes caminaba al teléfono público de la esquina y le marcaba a su hermana. «Número equivocado», le decía o «Estaba buscando a Juanita…» La hermana reconocía su voz y aliviada entendía que Bertha no había sido arrestada ese día. «No se preocupe», le contestaba desde el otro lado de la línea. 

El 16 de septiembre de 1973, un comando de la Liga asesinó en Monterrey a Eugenio Garza Sada, uno de los hombres más ricos de México. El 10 de octubre, hicieron lo mismo con Fernando Aranguren, uno de los empresarios más importantes de Jalisco, cuyo cuerpo fue encontrado en Guadalajara seis días después. Otras acciones armadas incluyeron el secuestro de José Guadalupe Zuno, exgobernador de Jalisco y suegro de Luis Echeverría, y  el de un ciudadano inglés que fue confundido con un cónsul extranjero. Por todo esto, la opinión pública en México tenía en jaque a la administración del entonces Presidente Luis Echeverría. En plena guerra fría, él necesitaba eliminar la amenaza comunista lo antes posible.

Esa noche no llamó

Había un ambiente de tensión entre los militantes. Un día, un compañero de Bertha no llegó a la hora acordada; los habitantes de las casas de seguridad tenían una regla muy clara: Debían de estar todos dentro antes de las diez de la noche. Si alguien faltaba, significaba que había sido arrestado. Ese día, ya faltaban quince minutos para las diez y el compañero no llegaba. En la casa todos esperaban expectantes. Cinco minutos antes de la hora, Bertha tomó su canasta y empacó su máquina de escribir, los esténciles, los panfletos y algo de ropa. Tomó un taxi hacia una dirección de una casa que había memorizado. Un compañero le había avisado que en esa casa una familia recibía a militantes de la Liga en casos de emergencia. Tres días después se enteró de que su compañero había sido arrestado. Lo encontraron tirado en un baldío con la masa encefálica por fuera. La policía jugó con él la ruleta rusa y lo habían herido con un balazo en la cabeza. Milagrosamente aún vivía pero ya no conservaba lucidez.

La represión escaló en violencia. La policía ya no arrestaba, ahora asesinaba y desaparecía a los militantes. El gobierno decidió firmemente rechazar cualquier negociación con los guerrilleros. Aún así, «las expropiaciones» continuaron… Bertha cortó el hilo de la narración para decirme que no «no iba a hablar de esas cosas». Yo le lancé un par de preguntas más sobre eso pero ella insistió que «no iba a hablar de esas cosas». Quizá se dio cuenta de lo que pasaba por mi cabeza porque me dijo tajante: «a las mujeres no nos ponían a hacer las cosas peligrosas. Nosotras o hacíamos propaganda o vigilábamos». Después hubo unos segundos de silencio.

Ya en la clandestinidad, Bertha empezó a andar con Raúl López Meléndrez, a quien llamaba «compañero», más que novio o pareja. Raúl era miembro de la Liga. De hecho, había crecido también en San Andrés, fue un Vikingo y militó en el FER. Probablemente se conocían desde siempre pero se acercaron cuando en el FER un amigo en común interceptó a Bertha para decirle: «Llévate a Raúl al cine, ve cómo está de triste, su novia lo dejó y se casó con otro». Bertha se negó varias veces pero fue tanta la insistencia que terminó por llevarlo al cine. Cuando los dos estaban en la clandestinidad se hicieron novios.

En junio de 1974 los arrestaron a ambos. Bertha tenía veintitrés años y Raúl venticuatro. Se dirigían a una clínica clandestina, llevaban a un compañero que había sido herido por una bala. Cuando llegaron, ya era muy tarde. La policía acababa de detener a otro militante herido y al doctor. Se los llevaron a los cuatro. Luego empezó la tortura. A Bertha la recluyeron en una celda y la empezaron a interrogar. La policía tenía mucha prisa porque conocían los mecanismos que utilizaba la Liga. Sabían que si a las diez de la noche no llegaban Bertha y Raúl, sus compañeros se irían a la fuga. Bertha escuchó los gritos de Raúl desde la celda contigua: «Ella no sabe nada», gritaba una y otra vez. De ahí se agarró Bertha y por las siguientes horas repitió esa frase: «Yo no sé nada, yo no sé nada». Siempre le agradeció a Raúl que intercediera por ella. Esa noche Bertha no llamó a su hermana.

Bertha y su pareja Raúl López en el momento de su detención
Recorte de una nota del informador sobre Bertha

Un vestido colorido

Al día siguiente la familia de Bertha, avisada por su hermana, contactó a los abogados y se dirigieron al Ministerio Público. Los abogados eran Alejandro Herrara Anaya y Enrique Velázquez, que «compartían ideología con la Liga y se encargaban de los procesos judiciales». Presionaron para saber del paradero de la pareja. Setenta y dos horas después de la detención, Bertha y Raúl fueron trasladados al Ministerio Público. A su llegada, ya les esperaba una acta escrita con sus cargos y las sentencias. Bertha no podía ni leerla, pero la firmó. Con la poca lucidez que le quedaba, pidió que agregaran al acto que era de la Liga Comunista 23 de septiembre y  que la catalogaran como presa política. Después se enteró que los delitos que le adjudicaron eran posesión de armas y asociación delictuosa. 

Bertha todavía recuerda las tortura a la que fue sometida; Me contó, con una risa incómoda, que le daba miedo ir al dentista. Cuando se recuesta en el consultorio y le acercan la luz, recuerda los interrogatorios.

Apenas llegó a la Penal de Oblatos preguntó por sus compañeras en el complejo de las mujeres. A las exmilitantes de la Liga las respetaban en la Penal y Bertha no tuvo problemas para adaptarse a la reclusión. Tampoco se sintió sola. Ella había crecido en el barrio donde estaba la cárcel y su familia todavía vivía a dos cuadras de ahí. Por eso, acuadían todos los días de visita. Le llevaban comida y regalos. De parte de su familia, Bertha nunca recibió un reclamo, ni un «te lo dije». Probablemente nunca dimensionaron el peligro que corría su hija. 

Durante los más de cuatro años que pasó en la Penal, las mujeres se organizaron. Bertha enseñó a leer y a escribir a muchas de las presas. Su jefa de brigada, Ilda Dávila, la que había estudiado un posgrado de Economía en Nueva York, quien también había sido arrestada, les enseñó de su campo. Desarrollaron un taller de calzado y otras actividades para mantener una estructura, una rutina, una vida dentro de la monotonía y el aburrimiento de la cárcel. 

Bertha y Raúl se casaron en su tiempo en Oblatos. La directora del complejo de las mujeres le ponía trabas para ver a su pareja con la excusa de que no estaban casados. Entonces, Raúl y Bertha aprovecharon una audiencia para contactar a su abogado, pedir un juez y casarse. Ellos no creían en el matrimonio pero, dadas las condiciones, accedieron. Ilda Dávila, la jefa de brigada, fue la madrina. Brindaron con sidra. Más tarde, Bertha me enseñó una foto de ella firmando el acta; Se había puesto un vestido colorido con flores amarillas, blancas y moradas. Iba con el pelo suelto. En la foto aparece Bertha firmando el acta. De un lado se ve un brazo, probablemente es Raúl. Del otro, hay varios vasos vacíos, probablemente fue con los que brindaron.

Así pasaron los años de espera, entre talleres, clases y las visitas que le hizo a Raúl en «El Rastro» como le llamaban a la sección donde tenían a los prisioneros políticos varones. En 1978, el gobierno del Presidente en turno, José López Portillo les ofreció una amnistía. Al principio, los militantes de la Liga no querían aceptarla. Bertha comentó que no la querían aceptar porque no la habían pedido, pero creo que tal vez sabían que una amnistía significaba la reinserción a la sociedad, admitir la derrota y vivir con el hecho de que sus esfuerzos y sus sacrificios habían sido en vano. Aquí acabó la segunda entrevista que tuve con ella.

Bertha el día de su boda

Olvidar los fantasmas 

Dos días después de esa segunda conversación, tomé mi auto y me dirigí a la Penal. El edificio ya no existe, hoy es un parque al que le llaman «La Expenal». El parque estaba a unas cuantas cuadras de San Andrés. Había unos montones de piedra apilados en forma de pirámide que se veían desde lejos. El día estaba nublado (todo el mes de septiembre llovió sin tregua) y a la tarde le faltaban unas dos horas de luz. Me bajé y empecé a caminar. Había un contorno de piedra cercando los límites del parque, Bertha me había contado que toda la piedra en la barda y en las extrañas pirámides falsas, provenían del edificio porfiriano original. Caminé por el parque de skate, por una cancha de béisbol en la que muchas personas veían un partido, por un auditorio y frente a algunos puestos de comida. Si la administración de ese entonces había derrumbado la Penal para eliminar a los fantasmas, lo habían logrado. La gente tomaba cerveza recargada en las gradas, los niños se balanceaban en los columpios. Era inverosímil pensar que en ese mismo espacio se había encarcelado a tanta gente. Y de nuevo, como en la plaza Central de San Andrés, nada mencionaba que ahí había existido una cárcel, una Lecumberri tapatía. Y de nuevo, ni un solo monumento o recordatorio.

Parque Ex penal de Oblatos

Una mamá como las otras

Una semana después, volví a entrevistar a Bertha. Otra vez por Zoom. En esta tercera entrevista, se le notaba más abierta y ágil. Bertha todavía no me respondía la pregunta que más me interesaba: si todo había valido la pena. 

Nos quedamos en 1978, cuando les ofrecieron la amnistía. Para ese año, Bertha y Raúl sabían que su movimiento ya estaba totalmente exterminado. En 1974, muchos de los miembros de la Liga habían sido arrestados o desaparecidos. En 1976, fue asesinado David Jiménez Armienta, el líder nacional de la Liga en un atentado fallido contra Margarita López Portillo, hermana del presidente electo. Ante este contexto, Bertha y Raúl aceptaron la amnistía, no sin antes haber concebido un hijo. Bertha planeó con mucha anticipación su embarazo. Se sentía lista para tomar el siguiente paso de su vida, en todo caso, para empezar de nuevo. El regreso, sin embargo, fue difícil. Su grupo había sido exterminado, habían matado, desaparecido y encarcelado a los miembros de la Liga. No hubieran tenido una vida a la cual volver si no hubiera sido por su hijo. 

Bertha con su primer hijo Raúl.

Bertha y Raúl se adaptaron. Él trabajó como taxista y ella volvió a ser maestra de secundaria. Por un tiempo, no tuvieron contacto con nadie de la Liga y se refirieron a la misma como a un evento de un tiempo lejano. Bertha intentó con todas sus ganas volcarse sobre su vida de madre y maestra. En esos años, lo único que leyó fueron libros sobre crianza y, en todo caso, algunas recetas de libros de cocina. No lo logró del todo. Bertha seguía enojada y deprimida. Su humor no pasaba inadvertido para su hijo pequeño, Raúl. «¿Por qué no eres como las otras mamás?» le preguntó un día, a lo que Bertha respondió: «¿Cómo son las otras mamás?» y su hijo le dijo: «Pues hacen pasteles y van al parque». Entonces ella pensó: «Ay hijo, si supieras.»

Cinco años más tarde, en la década de los ochenta, tuvieron a su segundo hijo, Alcino. Bertha empezó a tener miedo; leía las experiencias de reinserción que habían tenido las guerrilleras en Argentina y Chile y le daba miedo que pudieran secuestrar a sus hijos. En el parque, Bertha nunca  dejó correr a sus hijos muy lejos de su vista, menos les permitió salir de su casa solos. Pronto, los niños se dieron cuenta del motivo de tantas restricciones. Una tarde, Raúl, de unos diez años, contestó el teléfono. Al otro lado de la línea un hombre le gritó que sus padres eran terroristas, asesinos y delincuentes. Entonces Bertha sentó a los niños y les explicó, en los términos más simples, que ella y su padre habían sido luchadores sociales. También les pidió que no creyeran las mentiras que les dijeran. 

En su trabajo en la secundaria, Bertha mantenía un perfil bajo. No se metía en temas políticos porque aún temía que alguien la fuera a delatar y pudiera perder su trabajo. Empezó una maestría y después un doctorado en Pedagogía para mejorar su enseñanza. Con el paso de los años, Bertha se empezó a sentir más segura. Un 2 de octubre le pidió a sus alumnos que cerrarán los libros y les dijo: «Lo que les voy a enseñar no lo van a aprender en ninguna parte». Entonces les contó la masacre de Tlatelolco en el 68. Muchos de sus alumnos quedaron conmocionados, algunos se quedaron después de clase a hablar con ella. 

Los hijos crecieron y se fueron de la casa. Ella y Raúl se separaron como pareja,  pero Bertha me dijo que siempre fueron compañeros, «hay vínculos que no pueden disolverse». Raúl, su esposo, murió en 2018. Sus hijos no estudiaron. Quizá porque la vieron a ella, con sus títulos, deprimida, volcada en libros y papeles. Concluyeron que estudiar te vuelve alguien triste. Bertha no intentó disuadirlos, los crió lejos de sus creencias políticas. No quiso inculcarles sus ideales. Menos aún les deseaba la vida clandestina que ella vivió en su juventud. 

En los noventa, en todas partes del país, empezaron a formarse colectivos de familiares de desaparecidos. Algunos exmiembros de la Liga accedieron a reunirse y Bertha acudió a los encuentros. Ella seguía sintiéndose víctima de una enorme injusticia y seguía estando dispuesta a dedicar tiempo y pensamiento a lo sucedido. Así empezó a coincidir con personas que compartían su sentir y a entablar diálogo. Eventualmente, Bertha y algunos exmilitantes de la Liga fundaron en 2003 el colectivo Rodolfo Reyes Crespo, que tenía como objetivo principal mantener la memoria histórica sobre lo que había pasado. También conmemoran aniversarios luctuosos; cada 23 de noviembre, el colectivo visita la tumba de El Compa en el panteón de San Andrés; se reúnen a su alrededor de la lápida e intercambian historias y discursos. «Yo ya estoy apartando mi campito, al lado él», me dijo Bertha muy sonriente. 

Una revolución o un monumento 

El 30 de agosto de 2021, el presidente López Obrador firmó el decreto para la creación de una Comisión de la verdad, justicia, reparación, memoria y no repetición sobre los eventos de la llamada Guerra Sucia. Una iniciativa que llevaba años sobre la mesa. Bertha representó al colectivo Rodolfo Reyes Crespo en una reunión presidencial. Lo que este colectivo busca es recuperar sitios de memoria, poner placas o monumentos en los lugares más importantes de la Liga, como la plaza de San Andrés y la expenal de Oblatos.Varias veces se han acercado a las autoridades municipales y estatales para exigirles un monumento que recuerde a sus muertos. Por una razón u otra nunca se ha materializado su deseo. Pienso en lo mucho que han cambiado sus expectativas, hace cincuenta años querían hacer una revolución e instaurar un gobierno comunista en México, ahora lo único que quieren es una placa o un monumento que deje constancia de que existieron.

Romper el hielo

Después de cuatro entrevistas por Zoom, supe que era importante ver a Bertha en persona. Yo le insistí varias veces, pero ella me daba largas. Primero me dijo que le tenía mucho miedo al COVID-19, luego que no iba a estar en Guadalajara porque tenía que ir a la capital a ver al presidente por todo eso de la Comisión de la Verdad, también me advirtió que a causa de la pandemia su empleada doméstica dejó de ir y su casa estaba hecha un caos. Un día Bertha se cansó de posponer mi visita y por fin me citó en su casa. Imaginaba que vivía en San Andrés o en algún barrio aledaño, pero me pasó una dirección en Providencia.

Ese día ya no  quería entrevistarla en estricto sentido; quería hablar con ella, conversar, que me enseñara algunas fotos o algunos documentos viejos. Compré un pastel de zanahoria y me fui a su casa. Llegué puntualísima y le marqué. Ella salió inmediatamente, me hizo un cumplido sobre esa puntualidad. Físicamente, Bertha era como me la había imaginado. Su casa sí me sorprendió. Era una casa de dos pisos, con un largo zaguán en el que estaba colgada una foto de Emiliano Zapata; y con un jardín que tenía el pasto medio seco, en el que había un columpio de cuerda colgado a un árbol y una vieja mesa de metal en una esquina. Dentro de la casa, el amarillo dominaba todo. En la sala había dos sillones repletos de objetos y en el comedor varios libreros llenos. Aunque la casa era amplia, todo se sentía amontonado; cada mesa, cada sillón y cada silla tenían encima cuadros, marcos de foto, papeles viejos u objetos decorativos. Cuando entré, ella fue a la cocina por platos y cubiertos. Yo aproveché para curiosear entre los libros, no encontré nada sobre marxismo. Cuando le pregunté por qué, me contestó que sí tenía libros de Marx pero que los tenía en su cuarto. «Un día que estaba muy aburrida por el confinamiento vi fijamente la portada de un libro que traía la foto de Marx y solo pensé: «Pinche viejo barbudo, cuántas cosas hicimos en tú nombre». No puedo decir eso mucho en voz alta porque sería herejía», bromeó.

Nos sentamos a comer el pastel. Al inicio, Bertha aún me trataba con cierto recelo, con la distancia que requiere una relación entre entrevistador y entrevistado, sin embargo, hubo algo que rompió el hielo. Ella me empezó a contar sobre la Comisión de la Verdad y de pronto dijo: «tú puede que no estés tan de acuerdo con AMLO pero…», yo la interrumpí y le dije que de hecho yo soy una simpatizante. Se le iluminó la cara. A partir de eso, la conversación fue mucho más fácil. Bertha me trató como a una amiga: se reía muchísimo, se paró por una jarra de agua de horchata y por más comida. Hablamos un buen rato sobre López Obrador. Me contó que sueña frecuentemente con AMLO y que reza mucho por su seguridad y «para que le vaya bien». 

Yo le empecé a preguntar cosas más personales. Me contó acerca de sus hijos. Me habló también de por qué se separó de su esposo Raúl, aunque me enfatizó que omitiera los detalles de mi texto. Luego, se acercó a un rincón y me pidió que la ayudara a sacar su archivo personal. Eran dos pilas enormes de hojas, recortes, periódicos, libros, fotos y documentos. Estaban llenas de polvo y algunas cosas tenían incluso algo de moho. Había de su época en el FER, en la Liga y también de épocas posteriores. Tenía documentos de propaganda originales, recortes de noticias en las que ella o algún otro miembro de la Liga aparecían, tesis que se habían hecho acerca del movimiento y muchísimos otros documentos. Luego sacó sus álbumes de fotos y me enseñó a sus hijos cuando eran pequeños, a su esposo Raúl y su boda en el penal, e incluso alguna foto de El Compa. Yo le pregunté qué a cuál de los dos había querido más; ella lo pensó un momento y con una sonrisa incómoda me respondió: «A los dos de diferentes maneras. El Compa fue mi primer novio pero Raúl fue mi compañero en la cárcel.» Luego de varias horas, ambas nos sentamos de nuevo en la mesa y nos servimos otra rebanada de pastel. 

Cuando anochecía, Bertha pudo leer que yo ya me tenía que ir y me soltó abruptamente la frase «no me arrepiento de nada», luego subió a su cuarto por unos libros y me los dio. Uno de ellos era un libro escrito por ella, se llamaba Sobre la piel del tiempo. Nos despedimos y ella me prometió que cuando bajara la pandemia me iba a llevar a pasear a San Andrés. «Me vas a dar el tour guerrillero», le dije de broma, aunque no pareció darle tanta gracia. Bertha me abrió la puerta y yo salí de su casa.

Me subí a mi auto y me quedé un rato sentada. Las entrevistas se habían acabado. El relato de Bertha tenía muchos huecos y cosas que yo no entendía del todo, pero al final mi pregunta inicial se respondió: Para Bertha todo valió la pena. Pude regresar a mi casa sin darle más vueltas al asunto. Esa noche leí el libro que me dio Bertha. Me llamaron la atención estos dos párrafos que ella escribió: «Durante los años de militancia hubo momentos en que pareciera estar prohibido llorar, los duelos no se podían vivir completos. Llorar a nuestros muertos era un lujo que no podíamos darnos sin correr el riesgo de ser etiquetadas, pareciera que el ámbito de los sentimientos hubiera quedado cancelado.

«Ahora que podemos socializar nuestras experiencias. debemos dar testimonio de ellas, pero sobre todo, ahora podemos llorar y completar nuestros duelos postergados, para continuar en otros espacios de lucha democráticos, que eran los que demandamos y nos fueron negados. Ahora podemos hablar de esas historias guardadas, hombres y mujeres que juntos luchamos en esa época».

Rodrigo Sosa Guzmán
Es estudiante de la Licenciatura en Periodismo y Comunicación Pública del ITESO.

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