PRIMAVERA DEL 2020Reportajes

Compras de pánico

El 16 de marzo comenzó el encierro por la pandemia; las autoridades urgieron a la población a no salir de su casa y tomar medidas extremas si se es una persona vulnerable; Norma vive en condiciones de riesgo

Morelia, 18 de mayo de 2020.- Norma supo que estaba obligada a encerrarse. Por ello, desobedeció la recomendación de las autoridades de no hacer compras de pánico. Cuando llegó a su casa, empapada de sudor después de caminar durante 15 minutos, aventó sobre la mesa el motivo de su salida: 18 cajetillas de Camel.

Ella fuma dos cajetillas diarias, pero decidió limitarse a solo una durante el tiempo de la cuarentena. En otras etapas de su vida, el desempleo ya había limitado su consumo de tabaco. No era algo imposible. Cuando ella tenía 18 años un compañero de su facultad le ofreció un cigarro. Casi vomita. Juró que no volvería a probarlo. Desde ese día no lo ha dejado. Tiene 69 años. El tabaco la acompaña en todas sus actividades. El ritmo de su día está recorrido por un tren de cigarros que sucesivamente enciende, apaga y apila. Cada uno tiene su propia significación. Todos son precisos, pero algunos tienen un carácter sacramental: el primero del día después del desayuno, el último antes de dormir y los que fuma cuando lee un libro. Es imposible que lea un solo párrafo sin un cigarro entre los dedos.

Su relación con el tabaco no le había cobrado factura hasta hace seis meses que perdió dos dientes por periodontitis. Quince días después de que comenzó la cuarentena, sintió, de nuevo, los horribles dolores en las encías. Le marcó a su dentista y él se negó a verla. Ella cumple con todos los requisitos para ser uno de esos casos que se ahogan en su propia sangre si llega a contagiarse de coronavirus. Le rogó que la atendiera, pero él le dijo que era preferible perder otro diente a contagiarse. Ese día, se fumó las últimas tres cajetillas que le quedaban.

Algunas de las fotos recuperadas por Norma. Fotografías: Rodrigo Sosa.

Norma está jubilada, vive sola desde hace diez años. El encierro le es incómodo porque no le gusta sentirse como una anciana inútil. Desde mediados de marzo, nadie la ha visitado. Le dicen que es peligroso porque podrían contagiarla. Su interacción humana se ha limitado a que una de sus hijas le lleve bolsas de comida y platicar por teléfono con las únicas dos amigas que tiene.

A mediados de abril, el país ya había entrado en la segunda fase de la pandemia. De nuevo, ella salió por cajetillas. Esta vez, solo compró quince porque eran todas las Camel que tenían. Hubiera querido llevarse más, pero fumar de otros le resulta inconcebible. Solo ha cambiado de marca dos veces en su vida. La primera, cuando consiguió su primer trabajo, dejó los Delicados y se pasó a Marlboro. La segunda, cuando se divorció, dejó los Marlboro y empezó a fumar Camel. No está dispuesta a una nueva transición.

Norma intenta ocuparse de muchas cosas para no aburrirse: hace ejercicio, riega su jardín, cocina y se deshace toda la basura que conservaba por apego: casetes inservibles de Joaquín Sabina y Silvio Rodríguez, cartas incompletas, plumas fuente oxidadas, un armazón de lentes que eran de su exesposo… Prestó especial atención a deshacerse de recortes de periódicos y de fotos viejas.

Algunas de las fotos recuperadas por Norma. Fotografías: Rodrigo Sosa.

Cuando Fidel Castro tomó el poder, el padre de Norma fue enviado como corresponsal a Cuba. Nunca regresó. Lo único que le enviaba eran los artículos que escribía y cajas de habanos. Los puros nunca le gustaron. Pero, después de eso, empezó a tener el hábito de leer el periódico y recortarlo. Tenía cientos de recortes, el más viejo era 1979, cuando el ejército sandinista entró triunfante en Managua. A ése le siguen muchísimos otros; artículos sobre Castro, notas sobre el alzamiento zapatista, la noticia del arresto de Augusto Pinochet, varias fotografías de Lula da Silva, y la portada de la Jornada el 2 de julio de 2018 con la noticia del triunfo de López Obrador. Eric Hobsbawm considera que a veces los siglos son más cortos o más largos; quizá, deshacerse de todos esos recortes amarillentos y llenos de humedad fue para ella una despedida definitiva del siglo XX.

Uno de sus nietos le pidió todas las fotografías viejas que tiene acumuladas. La mayoría las tomó su abuelo. Son fotos de sus familiares más lejanos, de pueblos perdidos en el llano. El resto son cosas que Norma tomó con una Canonet que compró en los ochenta. Su brevísima obra está dedicada al mar. El paso del tiempo ha hecho que sus fotografías pierdan sus colores. Desprenderse de ellas también fue una despedida al mundo que se fue. Un mundo más íntimo que también perdió sus colores.

Su tercera salida para comprar cigarros fue cuando comenzó la tercera fase de la pandemia. Ignoró el hecho de que ahora el confinamiento era obligatorio. Compró 20 cajetillas más. Eso la dejó tranquila. Sabe que cuando acabe la pandemia podrá hacer muchas cosas: se tratará sus encías, verá a sus familiares, podrá pasear a su perro, quizás irá a ver el mar por última vez. Pero lo más importante de todo, cuando acabe la pandemia, podrá volver a fumar dos cajetillas diarias en lugar de una.

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