Reportajes

CRÓNICA | La niña del abrigo

Por: Andrea Cajiga

El oxímetro marca parámetros ligeramente fuera de lo normal. Aunque en estos tiempos lo ligero pesa suficiente para querer tomar acción.

La normalidad ya no es un territorio común. Para unos pocos lo normal es refugiarse del aparente fin del mundo entre cuatro paredes; para otros, los más, el refugio es la indiferencia; aún más seguro resulta el cobijo de la negación.

La familia no nuclear se retiró de casa ya entrada la noche. Verónica camina de un lado a otro. La casa es tan pequeña que no hay por dónde esconder los nervios. Se toca el brazo y hace un gesto incómodo que termina incomodando menos que su pregunta.

—Mamá, ¿tienes el aparato de la presión?

Minutos después, abuela, madre e hija navegan internet en busca de los parámetros “normales”. Los números que marca el aparato no coinciden con la normalidad indicada.

La mujer mayor habla con calma; parece ser la siguiente en la aparente cadena de mando. La más joven ríe nerviosa; las voces tensas no logran moverla de su ánimo ligero. Como si fuese imposible que aquella mujer, Verónica, pudiese sentir un dolor al cual llamar emergencia.

—Me duele el brazo, tengo la mano fría.

Pánico. La bocanada de aire que se queda corta antes de meter la cabeza en agua helada. La madre ya ronda los 50 y el parecido entre las tres es innegable. Como si cada una fuese espejo de la otra, como si la vida dijera: “Mírame para que te mires”.

—¿Quieres que vayamos al hospital? —pregunta la mujer mayor. Luego de una respuesta afirmativa, ambas se ponen de pie para salir del cuarto y tomar las llaves.

La más joven sigue a la orilla de la cama. Como una liebre que mira atenta el foco de la camioneta que está a punto de embestirla. Incapaz de comprender su rol en el asunto, incapaz incluso de entender el asunto todavía. Ante el miedo, la mirada joven se vuelve de pronto infantil. Se pone de pie para tomar alguna rienda invisible, para formar parte de alguna manera.

—¿Van solo Michel y tú? —pregunta la mujer mayor con una calma cada vez menos convincente.

Verónica, la mujer de en medio, pausa. Cuida sus palabras como a niños maleducados que no tienen permiso de salir, y que luego escapan con prisa y sin pudor.

Rendida ante eso que se tiene que decir aunque resulte incómodo, Verónica, ya en la puerta y con llaves en mano, grita: “Necesitas venir por si hay que mover el carro. Ella no puede”.

Y como si fuera magia la mujer mayor estaba ya en el asiento de copiloto. Y detrás de ella, una niña de veintitantos. Esa acompañante que no tiene función sino la de acompañar a los que sí funcionan.

La distancia depende siempre del motivo del traslado. El viaje al hospital se hace interminable. Tiempo dilatado a través de un silencio sofocante.

Verónica maneja a pesar de sus dolores, la mujer mayor va callada y sentada como solían sentarse las mujeres cuando se les exigía hacerlo de cierta forma. Piernas cruzadas, manos en el regazo, frente en alto y la mirada regia, perdida en algún pensamiento.

Detrás va esa niña hundida en un silencio que ensordece, en la ruptura de la mátrix que representa esta inversión de papeles. De pronto no es su madre quien la lleva al doctor, sino quien necesita ir. Y podría ser ella quien la llevara si tan solo supiera manejar. Hoy es mamá quien pide ayuda y no puede ser ella quien la ofrezca. La vergüenza del adulto a medias.

Como el rayo que fulmina al árbol en ese bosque donde nadie habita, el ruido de sus pensamientos existe solo en un silencio hondo.

Manejan hasta el centro de la ciudad para encontrar un hospital viejo que la joven cree reconocer. Luego de sacar boleto en el estacionamiento las tres mujeres caminan hacia la entrada. Dos cubrebocas cada quien. En estos tiempos, los hospitales son zona de riesgo; de pánico, si uno se lo permite.

Entran a la sala de emergencias donde hay algunas personas en espera pasiva y otras que caminan de un lado a otro, como huyendo de los pensamientos que no logran apaciguar.

La mujer mayor pasa directo a sentarse. Su función es la de cualquier madre a mitad de la emergencia, existir en calma para contagiarla a su cría. La máquina expendedora está fuera de servicio. Quizá por eso la gente se come las uñas.

Verónica avanza al módulo donde la espera una enfermera exhausta. Narra lo que siente con extremo detalle sin obtener reacción alguna de la cuidadora, que seguramente recibe gente en pánico cada 15 minutos y por tanto olvidó el peso de esa emoción en particular.

El oído curioso de la joven detecta un hombre de mediana edad que habla por el celular: “Pero, si se pone mal y lo necesitan intubar, aquí ya no hay”.

Aquí todo existe dentro de ese silencio que pretende esconder el terror más absoluto.

Detrás va esa niña hundida en un silencio que ensordece, en la ruptura de la mátrix que representa esta inversión de papeles. De pronto no es su madre quien la lleva al doctor, sino quien necesita ir. Y podría ser ella quien la llevara si tan solo supiera manejar. Hoy es mamá quien pide ayuda y no puede ser ella quien la ofrezca. La vergüenza del adulto a medias”

Imagen: María Flores. @feasflores.

En cinco minutos Verónica y su hija están en el consultorio número tres, donde los años setenta se congelaron entre aparatos caqui y cortinas color menta. Ella insistió en pasar con su madre para seguir ejerciendo su función de acompañante silenciosa.

Verónica está sentada en una camilla, con las piernas volando sobre el suelo. Tiene la apariencia de una niña pequeña en espera de su vacuna. Michel la mira de reojo mientras pretende usar el celular.

El dolor físico y la incompetencia tienen el factor común de volvernos vulnerables. Por un momento la joven piensa que quizá las dos están asustadas. Si algo heredó de su madre es la velocidad para descarrilar pensamientos.

Entra un hombre joven a juzgar por el medio rostro que deja ver su cubrebocas. Sobre su bata blanca está bordado: Dr. Ramírez. Usa lentes y su voz es grave, plácida. Podría mentir cínicamente y uno elegiría creer cada palara. Es bueno tener voz apacible cuando gran parte del trabajo diario está en dar malas noticias.

La madre describe su malestar con abundantes detalles, pues cree que ninguna información es excesiva cuando se está frente a un doctor. Ocurren las preguntas de rutina seguidas por las respuestas igualmente rutinarias. “¿Fuma?”, pregunta el joven doctor mirando sobre las gafas.

—Sí.

—¿Cuántos al día?

—Casi la cajetilla.

La ametralladora de un tecleado rápido, furioso.

La joven-niña sonríe para sí desde una silla en la parte de atrás. Pronostica y aprueba lo que el doctor Ramírez está por decir.

“El tabaquismo más su personalidad aprensiva genera una contracción”, dice Ramírez al tiempo que se pone de pie y, sin pedir permiso, toca a la mujer que está asustada frente a él. Le soba los hombros, los brazos, y pasea invasivamente por el pecho.

—¿Duele aquí? ¿Duele allá?

Entre sís y nos, el niño-doctor vuelve a su asiento. Teclea.

El instante previo a sacar la cabeza del agua cuando el aire está por agotarse.

—No hay riesgo.

El peso se va. El agua se vuelve tibia, mansa.

Luego de mencionar algo sobre el nervio cubital y de culpar al tabaco, la falta de ejercicio y la personalidad aprensiva, dato que el joven doctor Ramírez agrega para gusto de la hija y disgusto de la madre, y de recetar una serie de pastillas caras, las mujeres salen aliviadas del consultorio.

Camino al estacionamiento la mujer mayor pregunta sobre la farmacia para comprar los medicamentos. “Yo no me tomo nada sin investigar”, dice Verónica. Abuela y nieta se miran con decepción y complicidad. Parte de ser adulto es decidir estupideces en libertad.

Aunque el camino de regreso es el mismo resulta infinitamente más corto. Tres mujeres viajan en un silencio que ya no pesa y que se rompe con un chiste de esa joven-niña que toma la función de animadora, y con ello se siente un poco más útil.

Una joven jugando a la adultez mientras el mundo nota que no es más que una niña de puntitas, nadando en un abrigo inmenso.

La casa las espera en el mismo silencio en que la dejaron. Cada una cierra la puerta de su habitación y regresa a una normalidad que ya no es territorio común para nadie.

AndreaCajiga
Soy estudiante de la Licenciatura en Periodismo y Comunicación Pública. Me gusta escribir, y callar a los que hablan en las películas.

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