¿Búscas algo?

¿Cuándo la fiesta es protesta?

En una lógica de desafío a la productividad y darle lugar al goce, cualquier fiesta es política, pero no pocas veces a lo largo de la historia algunas se han convertido en actos de protesta.

 

Foto: Party Next Door

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Por: Úrsula Sahagún | @diablurs

Es fácil entender la protesta cuando se manifiesta con miles de personas que sostienen carteles en el espacio público. Sin embargo, es importante entender que la resistencia y las expresiones políticas van inevitablemente más lejos. El escritor argentino Néstor Perlongher hablaba de sacar la cana de la cama, la vigilancia, el castigo, así como la norma y la resistencia se cuelan hasta en las habitaciones más íntimas de nuestra casa. Sobre todo, cuando hablamos de disidencias sexuales, cuya existencia en sí misma rompe el estatus quo en cualquier espacio y tanto la vigilancia como el castigo se pronuncian de forma más severa.

La fiesta y la protesta comparten algo más, pero no siempre van de la mano. Es peligroso poner en un mismo piso político las raves —fiestas de música techno llenas de láseres de colores— en Tulum atiborradas de hombres blancos y las fiestas queer que buscan generar espacios seguros para las expresiones disidentes. No obstante, estas fiestas tienen algo en común y es que, más allá de los públicos que las habitan, son espacios destinados para el goce.

El filósofo francés Jacques Rancière dice en Política de la literatura (2008) que la literatura es política, más allá de su contenido, desde el momento en el que se usa la palabra escrita para un fin sensible. Yo pienso la fiesta, como el descanso o cualquier actividad que tenga el goce como finalidad, en este mismo esquema. De cualquier forma, tanto a la fiesta como a la literatura se les puede criticar que son actividades lucrativas, pero en este sistema serían insostenibles de otra manera.

La pandemia de la covid–19 nos obligó a replanteranos el papel de la fiesta como un espacio que también genera recursos y empleos, así como a habitar estos espacios desde la clandestinidad. Drag Queens, bailarines, DJs, bartenders, fotógrafes, organizadores de eventos, personal de servicio y limpieza, son oficios que comparten la fiesta. Sin embargo, durante los primeros años de la pandemia un contagio en la fiesta era muy mal visto, a diferencia de un contagio por razones de trabajo. Esto me recuerda el eterno debate que valida el consumo de marihuana medicinal pero no recreativa. La cuestión no son las sustancias o las prácticas, es el goce.

En una lógica de desafío a la productividad y darle lugar al goce, cualquier fiesta es política. No obstante, cuando los cuerpos marginados son los que habitan y crean la fiesta y ésta supone no solamente recreación sino un ejercicio de identidad y reivindicación de prácticas, también estamos hablando de un acto de protesta. La música y la fiesta han sido dispositivos de protesta comunes para el colectivo LGBT+ (lesbianas, gays, bisexuales, trans, etc.) que, como cualquier expresión del underground, termina siendo capitalizada desde el mainstream.

Los disturbios de Stonewall en 1969 darían paso al frenesí de la música disco, desde Nueva York hasta el resto del mundo. El mítico Studio 54 en Nueva York, que abrió sus puertas en 1977, albergaba a personalidades como el artista Andy Warhol y la cantante y modelo Grace Jones, y se convertiría en el referente de otras discotecas y antros. Aunque para muches la música disco ya ha muerto, lo cierto es que dio pie a géneros como el house e instauró la fiesta como espacio de resistencia, fincando el camino de las raves.

Por otro lado, los orígenes del techno se ubican en clubes gay en Chicago y Detroit en la década de los ochenta, de donde se exportó a Londres y Berlín. En ese entonces las raves se volvieron un espacio seguro para la expresión de la identidad y la liberación sexual, sobre todo para grupos racializados y de la diversidad sexual. Las primeras raves fueron completamente clandestinas y eran caracterizadas por el consumo psicoactivo, así como la filosofía PLUR: peace, love, unity, respect.

México, un país caracterizado por su afición a celebrar hasta las penas, no es un territorio ajeno a la fiesta de la comunidad LGBT+. El Nueve fue un bar LGBT+ activo entre 1977 y 1989 en la Ciudad de México. Más allá de ser un lugar de fiesta, esa pequeña discoteca de la Zona Rosa también funcionaba como espacio cultural y con un marcado compromiso social, sobre todo ante la crisis del VIH.

También hubo icónicos bares gays como El Taller y El Vaquero, ambos fundados por el líder estudiantil del 68 y escritor Luis González de Alba, autor también del primer manifiesto gay en México junto con Carlos Monsiváis y la dramaturga Nancy Cárdenas. El manifiesto fue titulado “Contra la práctica del ciudadano como botín policiaco”.

En territorio tapatío no puede faltar la escena nocturna LGBT+. El Monica’s, fundado por Efraín Santacruz, fue un espacio de expresión y liberación gay en la década de los ochenta. En aquel entonces a los chicos que lucían afeminados en la calle los levantaba la policía por “faltas a la moral”. Actualmente Guadalajara cuenta con una gran cantidad de antros y bares LGBT+, pero ¿cuántos de esos podrían considerarse espacios de protesta LGBT+?

Microclubbing Nights fue el primer proyecto de fiestas autonombrado cuir en 2017. Comenzaron como fiestas mensuales dirigida sobre todo a hombres gays, aunque con el tiempo fue expandiendo su público. Desde 2014 existe Cyberwitches, un grupo de mujeres e identidades no binarias que organizan fiestas y conciertos que buscan la liberación de los cuerpos y la celebración de la sexualidad, sobre todo de identidades femeninas y no binarias.

Fiestas que se originaron en la Ciudad de México han lanzado sus versiones tapatías, como Por Detroit, Algo bien o Pervert, una fiesta techno con cuarto oscuro que llegó a Guadalajara en 2018. Más allá de enlistar los espacios de fiesta LGBT+, lo que nos corresponde ahora, como comunidad, es desarrollar una mirada crítica que nos permita entender qué implican los espacios que habitamos, sobre todo cuando se capitalizan.

Vale la pena preguntarnos ¿qué identidades son bienvenidas en este espacio? ¿Se promueve algún tipo de binarismo? ¿Son proyectos más lucrativos que políticos y activistas? Sea como sea, tampoco se trata de fiscalizar la fiesta, sino de habitarla y vivirla de manera consciente. Hace poco la activista y drag queen Negraconda dijo en una ponencia sobre la rave como espacio político que está bien que existan fiestas blancas, pero que no debemos olvidar que mucha gente ha dejado su vida en la pista para que hoy podamos habitar esos espacios.

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