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Cuando todo tiene que estar bien | por Tere de Alba

OPINIÓN

Tere de Alba.

La positividad tóxica, es decir, la creencia de que se puede ser feliz o permanecer positivo todo el tiempo, está presente en las redes sociales, en las familias y en los grupos de amigos. En el contexto actual de pandemia es urgente deconstruir estas prácticas sociales y crear espacios que verdaderamente propicien la salud mental.

“Es simple: ríe, sonríe y sé feliz”. “Un pensamiento positivo en la mañana puede cambiar todo tu día”. “Nuevo día, nuevos pensamientos, nuevas esperanzas y nuevas oportunidades”.

Todos los días me levanto, abro Instagram en lo que despabilo y de repente soy abofeteada por todas estas frases “positivas”. Parece que durante la pandemia se multiplicaron las infografías rosas en las redes sociales que juran y vuelven a jurar que soy la dueña de mi propio destino, que mi felicidad depende de mí y que soy la arquitecta de mi realidad.

Espero que no sea muy pesimista de mi parte decir que tanta afirmación cursi me hace sentir presionada, por no decir triste. La dura verdad es que mis mañanas distan de ser momentos luminosos con abundantes sonrisas. Tampoco son horas de sufrimiento e introspección. Simplemente son mañanas, monótonas, aburridas, resignadas.

Las psicólogas de la universidad de Stanford Samantha Quintero y Jamie Long definen la ‘positividad tóxica’ en su blog Phsycologist Group como ‘la excesiva, inefectiva y generalizada felicidad y estado optimista en todas las situaciones, lo cual conlleva la negación, minimización e invalidación de la auténtica experiencia emocional humana’”.

Leer semejante letanía de frases positivas me hizo pensar en dos cosas. La primera es que en mis pocos años de vida he concluido que “ser feliz” no depende únicamente de ti, está inherentemente ligado al contexto. La segunda es que el estado natural del ser humano no es exclusivamente estar feliz, hay una gama enorme de emociones que han sido invalidadas y eso crea cierta frustración.

Las psicólogas de la universidad de Stanford Samantha Quintero y Jamie Long definen la “Positividad Tóxica” en su blog Phsycologist Group como “la excesiva, inefectiva y generalizada felicidad y estado optimista en todas las situaciones, lo cual conlleva la negación, minimización e invalidación de la auténtica experiencia emocional humana”.

También hacen énfasis en las consecuencias que implica “vibrar alto” y la represión sistemática de emociones desagradables. Una persona que se mantiene positiva todo el tiempo se avergüenza cuando se enoja o se entristece, como si se tratase de una falla personal. Esto a la larga la encauza al aislamiento, se aleja de sus seres queridos para ahorrarse una explicación contradictoria a “sus principios”. Por último, llega la frustración, desea tantas cosas para sí misma que no encajan en la realidad.

Viviana fue diagnosticada con depresión cuando tenía 17 años. Recuerda que fue del día a la mañana. De repente se encontraba llorando en los pasillos de su prepa, buscando a alguien que la comprendiera. Sus amigos no entendían el motivo de su tristeza y pronto se hartaron de verla en ese estado. Se reían de ella, decían que lloraba para conseguir atención.

Los temas de conversación recurrentes de las amigas de Viviana eran los batos que les gustaban, las fiestas a las que iban, la ropa que llevaban. Temas muy lejanos a los que a ella le interesaban. Esto le atraía rechazo y condescendencia por parte del grupo. Para desembarazarse de la situación, sus amigas le decían que no estuviera triste y que no se preocupara. Frases que, con todo y buena intención, no logran consolar. De todo esto recuerda haberse sentido sola y avergonzada.

En su casa era más de lo mismo. Sus papás no sabían por qué su hija estaba tan triste si lo tenía todo. Una casa, una buena escuela, una familia, un grupo de amigas. No dudaban en recalcarle que ellos sí eran felices, ellos que la tuvieron más complicada, ellos que ganaron todo lo que tienen con su esfuerzo. En cambio, su sin motivo.

Ilustración: Emilia Salazar.

Para el colmo, Viviana pasaba su tiempo en las redes sociales, “el lugar más feliz del mundo”. Ella piensa que en plataformas como Instagram la gente solo muestra el 10% de su vida, oculta deliberadamente cualquier signo de tristeza o enojo para mostrar lo felices y plenos que son los días. Incluso ella se ha preguntado si su vida es tan feliz como lo fingen ser sus historias de Instagram. Tanta sonrisa y tanta frase positiva parecen hacer un retrato falso e irreal de las verdaderas vidas de los jóvenes.

Al buscar en Instagram el hashtag #frases positivas, las primeras tres fotografías que me aparecieron decían lo siguiente:

“Cuando hay ganas todo se puede”. Me pregunto si esto es cierto, ¿absolutamente todo se puede? Me acuerdo de Cinthia, una joven que conocí en la comunidad rural Ojo de Agua, cerca de Chapala. Cinthia quería estudiar Ingeniería en Sistemas, pero su familia necesitaba un par de manos que aportaran a la limpieza y sustento de la casa. Se vio obligada a renunciar a su sueño. Si esta publicación tiene algo de cierto, tal vez concluiríamos que Cinthia no le echó suficientes ganas. Tal vez sería importante recalcar que hay muchos factores además de las “ganas” para lograr algo.

La siguiente publicación reza: “El secreto está en poner mucho amor a todo, todo, todo lo que haces”. Puedo pensar en al menos 20 cosas que hago durante el día y no me parece atrevido concluir que acciones como ir al baño, pagar la luz o ponerme los zapatos no impliquen amor. En nuestro día a día nos enojamos, nos estresamos, nos sentimos vacíos; creo que es utópico suponer que todo, todo, todo lo que hagamos contenga amor.

“Si vives quejándote, la vida te dará más cosas de qué quejarte. Si vives agradeciendo, la vida te dará más razones para agradecer”, afirma la tercera publicación que vi. Esta infografía toca un nervio en lo personal porque yo me la vivo quejándome. La gente a mi alrededor me tacha de pesimista o negativa pero yo mantengo presente una frase que escribió Doris Lessing en su novela El Cuaderno Dorado“No hay nada de malo en no tener algo que quieres, puedes decir ‘me gustaría tener otro trabajo, este no me satisface’, ‘me gustaría tener una pareja, me siento sola’, lo que es realmente funesto es pretender que lo de segunda mano es de primera, odiar tu trabajo y decir ‘me está enseñando paciencia’, odiar ser soltera y decir ‘Puedo yo sola’”.

Cuando mis amigos me dicen que vea el lado positivo, les respondo que no pretenderé que lo de segunda mano es de primera.

La positividad no es mala, concluye la psicóloga María Diéguez. Ella recomienda trabajar con frases positivas para mejorar la autoestima y el autoconcepto; la invalidación de sentimientos es lo que hace tóxicas estas prácticas. Aconseja experimentar cada emoción y evitar minimizarla”.

María Diéguez, psicóloga egresada del ITESO, piensa que permanecer positivo todo el tiempo es un extremo. Al ser imposible vivir en un extremo, la positividad tóxica causa ansiedad. Diéguez piensa que esta actitud proviene de la búsqueda de placer en las emociones y el rechazo a aquellas que sean desagradables. Esto tiene un efecto negativo ya que las emociones son funcionales.

“Si un día llega tu novio y te grita porque tu falda es muy corta, te sientes enojada. La función de ese enojo está ligada a disentir y salirse de esa situación. Si en cambio piensas que todo es positivo y lo dejas pasar, no hay reflexión, no hay pauta del dolor”.

Para una persona con depresión, estar rodeada de positividad tóxica y de frases como “Tú eres el responsable de tu propia felicidad, tú la creas, tú la atraes, tú la manifiestas” puede resultar excluyente e insensible. Viviana tomaba tres pastillas prescritas por un psiquiatra cuando un maestro le dijo en el pasillo: “¡Ánimo! no estés triste” como si esa frase fuera a revertir la depresión, que es un trastorno mental según la Organización Mundial de Salud. “Es como decir: el pobre es pobre porque quiere, totalmente inconsciente”, compara María Diéguez.

La positividad no es mala, concluye Diéguez. Ella recomienda trabajar con frases positivas para mejorar la autoestima y el autoconcepto; la invalidación de sentimientos es lo que hace tóxicas estas prácticas. María Diéguez aconseja experimentar cada emoción y evitar minimizarla.

Viviana ya no toma antidepresivos. Aprendió a lidiar con su depresión a paso lento pero seguro. Todavía son muchas las veces que su familia y amigos no la entienden, pero ella se volvió el hombro maduro y empático al que sus conocidos recurren en tiempos de crisis. Cumplió 18, 19, 20 años en los que encontró a personas con los mismos problemas, fue al psicólogo, pegó postits de afirmación en su espejo y siguió yendo a terapia. Hoy en día habla con inteligencia emocional, con la misma sabiduría de quien ha sufrido y en ese sufrimiento ve progreso.

Tere de Alba
Estudiante de la Licenciatura en Periodismo y Comunicación Pública del ITESO.

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