PRIMAVERA DEL 2020

El día en que Santa Tere se detuvo

“Esto se va quedando cada día más despoblado. Es curioso, ¿verdad? Una ciudad a la que le sobran millones de habitantes ahora vuelve a ser como cuentan que era en la época de nuestros padres, lo que anhelaba el consenso popular: una ciudad semivacía con grupos de mujeres más o menos aislados”

Pandemia, de Gabriela Rábago Palafox

 

El día en que Santa Tere se detuvo fue a causa de un enemigo microscópico. Sus habitantes reconocieron el barrio a través de las ventanas y los testigos en las calles eran visitantes esporádicos.

Una amenaza parece cernirse en el aire, entre susurros. Desde un mercado en el barrio de Wuhan, la capital de Hubei en China, hasta este entramado de calles con cemento cuarteado y aceras disparejas, viajó un virus que amenaza con destruirlo todo. El covid-19, un nuevo tipo de coronavirus, es ese enemigo que envía a Santa Tere, y a la ciudad de Guadalajara, a callar, a guardarse en un estado de sopor.

Cuando el gobernador de Guadalajara ordenó cumplir un periodo de cuarentena a partir del lunes 23 de marzo para prevenir el contagio comunitario, el barrio experimentó una disminución del ritmo habitual, pero, aun con todo, los negocios y su vida diaria continuaron en el mismo ir y venir que lo ha marcado por años como uno de los barrios más populares de la ciudad.

Aquel lunes 23 nadie hizo caso. En la esquina de Hospital y Pedro Buzeta un joven de treinta y tantos vendía pollo, continuaban abiertas las fruterías, los cafés, las tiendas de ropa, locales de lencería, joyería barata y otras cosas que atraen hasta la gente de otras colonias a jugarse la suerte por un lugar de estacionamiento en el barrio.

Famoso por distintas razones, hay quien dice aquí se encuentra de todo, hasta las telas del diablo, quizá entre el sonido de las máquinas que encienden temprano por la mañana en las tortillerías, el albur en el mercado, el congestionamiento de coches en segunda o hasta tercera fila, silbidos constantes de lavacoches, el olor a salsa que por la tarde se desprende de los puestos callejeros de comida, entre el hedor que emerge de las alcantarillas.

Pero aquel martes 31 el barrio era hasta cierto punto irreconocible, lucía desolado. Por vez primera acontecían hechos de los que pocos serían testigos.

Los avisos de cierre se repiten en los negocios del barrio. Fotografías: Melanie Gómez.

Aquel día una bolsa plástica atravesó la calle, y como nunca, cualquiera que hubiese estado ahí, habría podido escuchar el crujir del plástico contra la acera. Rodó como un fantasma, sin nadie más que la viera esconderse debajo de un coche viejo, destartalado, con fierros oxidados y la pintura caída. Pero antes cruzó Garibaldi, Joaquín Angulo, siguió derecho por Manuel M. Diéguez, pasó la taquería de Don Miguelón, en cuya fachada alumbraban cartulinas fluorescentes que anunciaban consumir pero no en el lugar, de no ser así “comes y te vaz”, pero ¿cómo será irse con zeta?

El plástico se elevó expandiendo a sus anchas su cuerpo con el aire. Se estancó un momento al centro de la calle, dio un par de vueltas sobre sí, hasta que un coche atravesó e hizo que la bolsa rodara frente a una “farmacia de genéricos”, un taller mecánico cerrado y una tienda de abarrotes con paredes blancas, en relieve como espuma.

Una tranquilidad extraña envolvía las calles, como a las pocas personas que en ellas pululaban. Extraña porque, a diferencia de otros días, no había gente que corriera con bolsas del mandado, el sonido apabullante de los cláxones, los frenos atroces de camiones, o alguien que fuera por ahí gritando ¡el gas!, o cualquier otra cosa. Las palomas piaban, se paseaban en la acera. Las torcacitas descansaban en los cables de luz, el sol parecía detenerse dorado sobre las azoteas, para bajar después por las ventanas donde las cortinas permanecían como párpados cerrados.

La iglesia de Santa Teresita, habitualmente ocupada por fieles, pasa aislada la cuarentena. Fotografías: Melanie Gómez.

Era como un domingo por la tarde, a excepción de que no era tarde y tampoco domingo, porque eso había sido hace dos días, cuando la iglesia de Santa Teresita permaneció con sus puertas cerradas, como no sucede nunca, salvo excepciones de días santos.

Como tres gigantes se elevaban en madera las puertas de la iglesia. El silencio imperaba donde otras veces la gente escucha misa desde el umbral, se arrodilla sobre los sucios azulejos a falta de reclinatorios suficientes, con mujeres regodeándose en el ir y venir de un abanico en una tarde calurosa. Las campanas acompañaban el silencio de sus feligreses. Muchos de ellos ancianos que viven en el barrio, devotos antiguos que acuden a los rosarios de entre semana, tendrían que buscar otra manera de escuchar el sermón de ese domingo y de los domingos siguientes. Expiar los pecados sería un problema al encontrar también el confesionario cerrado.

Afuera dos hombres se disponían a dormir entre cajas de cartón. Todas las tiendas permanecían con las cortinas de metal bajas, como luciérnagas pendían de algunos cables enredados en un árbol dos focos de luz amarilla para alumbrar un puesto donde una señora morena, robusta, vendía elotes, y otra vendía pan.

Parecía que en cualquier momento las campanas darían la última llamada para la misa siguiente, que de la anterior saldrían los asistentes ya bendecidos, para dar comienzo al espectáculo habitual de los domingos en la iglesia. Con prudencia vendría primero una algarabía de murmullos, después los niños brincando en los escalones de piedra, un mendigo que pide dinero sin hablar, picando a la gente en el hombro, un hombre de piel curtida por el sol friendo churros con azúcar, y uno que otro de sotana blanca andaría por ahí, como parte de su usual acto de presencia.

Se esperaba escuchar el cascabeleo en las canastas de la limosna, o resonar el Padrenuestro en la voz del cura, pero nada.

Las calles, habitualmente cargadas de tráfico y gente, lucen desiertas en Santa Tere. Fotografías: Melanie Gómez.

Era martes, podría haber sido entre las 11:00 y las 13:00 horas, de no ser porque el mismo tiempo se vio trastocado por los hechos; el significado de nombrar los días o tener en cuenta las horas y los minutos había entrado también en confinamiento.

El aroma a barbacoa se esparcía por la calle en conjunto con las risas de algunos comensales, mientras un hombre alto, de piel morena, con camisa azul a cuadros, cubría sus manos con gel antibacterial en repetidas ocasiones, perdido en las letras de la cartulina en la taquería Don Miguelón.

Transcurrirían algunos días antes de la casi inevitable resurrección de Semana Santa, cuando el barrio comenzó a despertar. Afuera de los negocios de comestibles habría largas filas de personas, las panaderías estarían abiertas, a pesar de las circunstancias excepcionales, porque hay gente que así se gana la vida; además, había que ofrecer la clásica empanada de cuaresma, rellena de crema pastelera y espolvoreada de azúcar.

Pero, aquel martes 31 de marzo, el barrio lucía desolado. El plástico siguió su camino. Cruzó una menudería, una casa de fachada anaranjada y otras más, pero nadie salió. Atravesó de nuevo la “farmacia de genéricos”, lentamente se deslizó debajo del coche viejo, que parecía más un montón de chatarra. El sonido del plástico se deshizo. El camión de la ruta 640, que otras veces pasa rebosando de gente, avanzó vacío sobre Manuel M. Diéguez, dejó atrás Garibaldi, Joaquín Angulo, y siguió y siguió.

Entonces una ambulancia atravesó la avenida a unas cuantas cuadras, haciendo chillar la sirena con un sonido que se tragaba la voz aguda de una joven de cabello oscuro y ojos pequeños, el ronroneo de una motocicleta y, de un jalón, el extraño silencio que envolvía al barrio.

Chilló. Hasta que, conforme se fue alejando, el ruido pasó a ser el de una sirena más y más pequeña; hasta que el llanto ensordecedor fue más bien un lamento fantasmagórico, o bien esa especie de cacofonía que se produce al despertar de un mal sueño, como aquel en el que Santa Tere se había mandado callar.

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