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El joven tirano

“Los hombres en este país son como sus madrugadas:
mueren siempre demasiado jóvenes
y son propicios para la idolatría”.

Roque Dalton

Por Rodrigo Sosa

En 2019, Nayib Bukele asumió la presidencia de El Salvador. Se convirtió en el primer presidente desde el final de la guerra civil salvadoreña que no representaba a ninguno de los dos grandes partidos políticos de ese país, que son Arena y el FMLN. Él llegó como una cara nueva y fresca en el ecosistema político salvadoreño y su gobierno logró capitalizar el hartazgo de un enorme sector de la población por la inseguridad generalizada y por la corrupción de los partidos políticos tradicionales. Además, su administración logró manejar de manera más o menos exitosa la crisis sanitaria derivada del COVID-19 y coordinar una rápida campaña de vacunación. Por todo eso, Bukele goza de un enorme apoyo popular, que ha sido su excusa favorita para justificar la deriva autoritaria que ha tenido su gobierno desde hace tres años y particularmente desde febrero de 2021, cuando su partido, Nuevas Ideas, arrasó en las elecciones parlamentarias.

Carlos Cordero, académico-investigador acerca de populismos y coordinador de la Licenciatura en Gestión Pública del ITESO, dice en una entrevista que Nayib Bukele es un político de centroderecha, con fachada de libertario pero con un trasfondo conservador bastante evidente. Aun así, menciona, a Bukele no se le debería de comparar con otros líderes de derecha en la región, como Jair Bolsonaro, pues él forma parte de una camada de nuevos políticos de “derecha cool”:

“Bukele es un presidente que gobierna desde las redes sociales, tiene 40 años, es un gran orador y tiene un trasfondo empresarial. No es el típico político de derecha ultraconservador y anacrónico; de hecho, para ciertos analistas algunas de sus propuestas y acciones, como la gestión de la pandemia y la implementación del bitcoin como la moneda oficial de El Salvador, resultaron muy interesantes en su momento. Además, es un político que le habla a los jóvenes, ésa es su audiencia, y eso quedó clarísimo con el escándalo de su descripción de Twitter en la que se autodenominó como ‘Dictador de El Salvador’. Para las personas de las generaciones que vivieron bajo regímenes dictatoriales, eso fue algo por lo que se le debería de juzgar en el tribunal de La Haya, pero, para los jóvenes que no vivieron durante una dictadura, ése fue un gesto de burla, de ironía y hasta de rebeldía”.

El perfil de Twitter del presidente de El Salvador. Captura de pantalla realizada el 27 de septiembre de 2021.

Nayib Bukele es uno de los presidentes más jóvenes del mundo y también uno de los que gozan de mayor popularidad. La pregunta de por qué es tan popular generalmente se responde diciendo que los salvadoreños están hartos de los políticos tradicionales y del establishment partidista; sin embargo, Cordero subraya que esta popularidad se sostiene en muchas otras variables.

Para empezar, la historia de Centroamérica privilegia a los “hombres fuertes” que prometen ponerle orden al país. Si a eso le sumamos la crisis de seguridad que sufre El Salvador  y la influencia evangélica en la región, es fácil entender el entusiasmo que genera un líder como Bukele.

Además, dice Cordero, Bukele hace uso de la variable aspiracionista, pues se presenta como un joven empresario exitoso que se ha hecho un nombre por sí mismo, aunque esto no es necesariamente algo cierto. Por eso, muchos salvadoreños lo ven como un ejemplo a seguir.

Por último, Bukele se ha subido a la ola de políticos derechistas que se han apropiado de la rebeldía. Él se pelea con las ONG y con los medios tradicionales, postea memes en Twitter, abraza tendencias como las criptomonedas y tiene una actitud insolente y hasta cínica. Cordero sugiere que, en vez de comparar a Bukele con Bolsonaro o con Mauricio Macri, se le compare con Samuel García o con Javier Milei.

Pero, más allá de los memes y las criptomonedas, Nayib Bukele ha realizado una serie de acciones para garantizar la continuidad de su proyecto político y para controlar a los tres poderes de gobierno. Después de que Nuevas Ideas, su partido político, arrasara en las elecciones parlamentarias en febrero de 2021, Bukele destituyó a los magistrados de la Sala de lo Constitucional y los sustituyó con otros afines a su proyecto, los cuales dieron luz verde para que pueda reelegirse inmediatamente. También ha emprendido una purga de jueces y ha impuesto la Ley Bitcoin a pesar de lo impopular que fue la propuesta. Además, varios medios locales han revelado que su gobierno ha negociado con pandillas y grupos del crimen organizado.

Sin embargo, algunos de sus mayores escándalos vienen de las reacciones que ha tenido hacia el periodismo crítico y la prensa independiente, particularmente hacia el periódico El Faro, un medio digital que, aunque no es el más masivo de El Salvador, tiene mucho alcance e impacto en los sectores académicos e intelectuales del país centroamericano y en los líderes de opinión internacionales. El Faro ofreció la cobertura que revela y demuestra que la violencia no ha disminuido y que el gobierno negocia por debajo de la mesa con las pandillas, algo que contrasta con la línea oficialista que asegura que El Salvador se está pacificando y que están “limpiando la casa”. Por ello, el gobierno de Bukele ha emprendido una campaña de descalificación, persecución y acoso hacia ese diario y los periodistas que trabajan en él, que descalifica por “estar patrocinados por intereses extranjeros” y “estar en contra de la voluntad del pueblo salvadoreño”.

Víctor Peña, reportero de El Faro, cuenta en una entrevista cómo Bukele ha “seguido el manual autoritario de Daniel Ortega en Nicaragua y de Juan Orlando Hernández en Honduras (…) El proyecto político de Bukele está construido sobre la intolerancia. Desde que gobernó la capital ya le veíamos maneras de dictador cuando, mientras era alcalde, emprendió una campaña de ataques contra el periódico La Prensa Gráfica, negándole acceso a las ruedas de prensa a los reporteros de este medio y hackeando su sitio web. Ya de presidente, su energía se volcó hacia El Faro por nuestra agenda informativa y nuestras investigaciones. Desde el inicio de su gobierno, El Faro ha sufrido una campaña muy agresiva: a los periodistas de este medio nos niegan el acceso a eventos públicos y los funcionarios tienen la orden de no atendernos. También, en julio del 2020, se fabricó un supuesto caso de violación dentro del periódico y querían acusar a varios periodistas de haber encubierto el crimen. Luego, meses después, el Ministerio de Hacienda, acusándonos de lavar dinero, comenzó una auditoría gigantesca al medio. Y después expulsaron del país a nuestro editor Daniel Lizárraga y a Roman Gressier, nuestro corresponsal estadounidense. A ambos les negaron el permiso para quedarse en el país aunque habían hecho los trámites de manera correcta. El periódico todavía está resolviendo esos embrollos legales, lo cual ha implicado gastar en abogados, en asesores y en tener que ir a reuniones y a audiencias. Todo eso ha desgastado mucho al diario”.

Además de la persecución judicial y burocrática, Víctor Peña subraya el acoso mediático y digital que ha sufrido El Faro: “Bukele es un tuitstar. Tiene casi tres millones de seguidores en Twitter y, cada que publicamos algo que no le gusta, él y sus funcionarios tuitean y activan una red de simpatizantes, trolls, bots y páginas oficialistas que nos lanzan una cantidad inimaginable de insultos y amenazas. Amenazan con venir a quemar el diario o con matar a los reporteros. Nosotros desde hace años tenemos un hashtag que utilizamos para nuestras campañas de donación que es #PeriodismoIncómodo, y los simpatizantes y bots de Bukele se apropiaron de ese hashtag, lo usan para burlarse o para criticarnos cada que publicamos algo que ellos consideran que daña al presidente. Además, el gobierno creó su propio diario, Diario El Salvador, y se apropió del canal estatal de televisión, el Canal 10. Desde esos dos espacios se ha impulsado el hashtag #ElOtroLadoDeLaVerdad, con el que impulsan una agenda de que todos los medios críticos al gobierno estamos vendidos a los intereses extranjeros y a las empresas privadas”.

Amparo Marroquín, académica e investigadora de Comunicación Política en la Universidad Centroamericana, explica en una entrevista que Nayib Bukele, con la labor de agencias de publicidad e incluso apoyándose en los servicios de inteligencia del Estado, ha ido comprando y construyendo a través de los años una serie de páginas de Facebook, canales de YouTube y perfiles de Twitter que utiliza para amplificar la información que él comparte y para acosar digitalmente a periodistas y activistas.

“Digamos que si tú empezabas una cuenta de Twitter o un canal de YouTube que se hacía famoso o que empezaba a ser relevante, su gente lo compraba y es a través de ese tipo de cuentas donde ellos empiezan a armar las campañas de desprestigio. Hoy desde El Salvador, si abres cualquier portal web, ves publicidad de ese tipo de contenido con titulares como: ‘Ve cómo Bukele le contesta a los falsos periodistas de El Faro. Casi lloran’. Este enorme gasto en publicidad hace que su imagen sea omnipresente; el otro día, hasta mi sobrino pequeño estaba repitiendo que Bukele era su ‘comandante general’ porque vio un anuncio de él en un videojuego”, menciona Marroquín.

La académica destaca que la estrategia de comunicación de Bukele es muy parecida a la de un reality show o a la de una serie televisiva: “El presidente sostiene su popularidad en crear enemigos, combatirlos y después vencerlos. En nombre de combatir a los enemigos de la patria es como justifica sus acciones autoritarias. Cuando el Congreso controlado por su partido destituyó al fiscal general y a los magistrados de lo constitucional, el presidente y algunos congresistas tuitearon ‘Dracarys’, que es una referencia a la serie Game of Thrones en la que una de las protagonistas utilizaba esa palabra como grito de guerra para arrasar con todo. Es un ejemplo hasta bobo pero demuestra la actitud beligerante que tiene Bukele. Y es que él va por temporadas: en su primera temporada se vendió como el salvador de la patria y creó a enemigos del pueblo que él tiene que combatir; El Faro es uno de esos enemigos. Durante la primera temporada hubo insultos, amenazas y acoso judicial, pero en esta segunda temporada, que acaba de comenzar y en la que Bukele ya controla los tres poderes de gobierno y donde acaban de aprobar su reelección inmediata, su actitud beligerante puede pasar de los insultos y las amenazas a las agresiones físicas, la incitación directa a la violencia y el acoso sistemático por parte de las fuerzas del orden a todo quien se atreva a criticarlo”.

En medio de este intento de concentración de poder, en la oposición no hay alguna figura que pueda hacerle contrapeso a la de Nayib Bukele aunque, desde la implementación de la Ley Bitcoin, ha habido algunos atisbos de hartazgo, como las protestas que hubo en San Salvador el 15 de septiembre. Por el otro lado, el 19 de septiembre gobierno de Estados Unidos incluyó a cinco magistrados de la Corte Suprema de El Salvador en su lista de actores corruptos y no democráticos, algo que tensa aún más la relación del país centroamericano con los Estados Unidos, cuyo gobierno ya ha criticado algunas de las acciones del gobierno de Bukele.

Este trabajo fue elaborado en colaboración con Signa Lab.
Rodrigo Sosa Guzmán
Es estudiante de la Licenciatura en Periodismo y Comunicación Pública del ITESO.

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