En la Opinión deReportajes

Entre “la jotería” y el tradicionalismo: la Guadalajara de los contrastes

Sofía Ron Weigand es estudiante de Comunicación y Artes Audiovisuales; Ana Paula Coquis Castaneda es estudiante de Periodismo y Comunicación Pública en el ITESO.
Este trabajo es resultado de la investigación “Bares y cantinas gay en Guadalajara: La vida nocturna como espacios de organización y resistencia” que se llevó a cabo durante Otoño 2020 en el PAP Mirar la ciudad con otros ojos. Memorias e identidades.
Por: Sofía Ron Weigand y Ana Paula Coquis Castaneda

Guadalajara, 11 de febrero de 2021.- Guadalajara es conocida por ser tierra de charros y de machos, instaurada en el imaginario colectivo como la máxima representación de una mexicanidad estereotípica. Al mismo tiempo, sin embargo, “la ciudad más persignada” del país también es conocida por tradición como “la ciudad más gay de México”.[1] Esta ciudad de contrastes y contradicciones ha sido muchas veces arena de conflictos entre su conservadurismo católico y su vocación gayfriendly: un espacio de enfrentamientos discursivos frecuentes entre bloques LGBT+ y grupos como el Frente Nacional por la Familia (FNxF).

Esa disputa pone de relieve el encuentro entre discursos dominantes en México, que condenan el ejercicio placentero de la sexualidad, y las cargas morales para quienes deciden tener prácticas sexuales que no busquen explícitamente la reproducción biológica y con una finalidad hedonista.

En México, 82.7% de la población se asume como católica, pero Jalisco es el cuarto estado más católico del país, por encima del promedio nacional con 92 por ciento. Además de la actividad regular de los fieles católicos, grupos como el FNxF han desplegado una intensiva actividad pública y logrado sumar esfuerzos desde cúpulas de poder religiosas, así como de grupos políticos de derecha, para “caminar a favor de ideologías conservadoras” en torno a lo que este grupo considera “lo que debe ser”: el matrimonio y la familia natural entre un hombre y una mujer.

A pesar de los más de 40 años de lucha por la reinvindicación de los derechos de la comunidad LGBT+ en México —a partir de la primera Marcha del Orgullo Gay, en 1978—, aún priman discursos de desaprobación basados en la moral católica y la discriminación a estos grupos, con marchas en contra de sus derechos o prácticas violentas como las terapias de conversión, que intentan “curar” la homosexualidad con “tratamientos” psiquiátricos y psicológicos.

Discursos distintivamente homofóbicos se han desplegado con libertad, incluyendo campañas publicitarias locales de empresas como Mamá Coneja, una tienda en Guadalajara que comercializa aceites, semillas y cereales que realizó en 2012 distintos spots publicitarios para rescatar los “verdaderos valores”, al fomentar el matrimonio entre hombres y mujeres.

 

—Mamá Coneja, ¿cómo es un verdadero matrimonio?

—Mira, conejín: cuando se casa una mujer con un hombre, porque la mujer fue creada para el hombre y el hombre para la mujer, eso sí es el verdadero matrimonio.

—Gracias por decirme la verdad, una mujer se casa siempre con un hombre[2].

Bar El Ciervo. Fotografías: Sofía Ron Weigand/380Gdl.

Otro ejemplo es el caso de Emilio González Márquez, gobernador de Jalisco en el periodo 2007-2013, quien se hizo conocido por sus simpatías con organizaciones civiles que rechazan a los homosexuales y el aborto; el entonces miembro del Partido Acción Nacional dijo en 2010, en un foro para reflexionar sobre la familia, que los matrimonios entre homosexuales le daban “asquito”. “Matrimonio sí es un hombre y una mujer, porque qué quieren, uno es a la antigüita y uno es así. Al otro [el gay] todavía, como dicen, no le he perdido el asquito”.[3]

González Márquez fue también señalado por financiar a organizaciones civiles como Valora, que a su vez fue acusada de prácticas para “sanar” la homosexualidad, como talleres, retiros espirituales, encuentros de oración y terapias para “ayudar a los homosexuales a vivir en castidad”. De 2008 a 2010 la organización recibió ayuda de la hoy extinta Secretaría de Desarrollo Humano estatal por más de 1.3 millones de pesos provenientes de la partida 4308, denominada “Aportación a los organismos de la sociedad civil”.[4]

Los roces entre el conservadurismo tapatío replicado por las élites en posiciones de poder y la Iglesia y los movimientos disidentes o contraculturales crean una ciudad contradictoria pero, a la vez, plural. Por un lado se quiere crear la percepción de que la ciudad es una, que existe un mito nacional y tapatío que conforma un territorio homogéneo. Así intentó hacerlo parecer Gabriel Covarrubias, quien fue presidente municipal de Guadalajara de 1989 a 1992 y que intentó “limpiar la ciudad” de los primeros bares y espacios de encuentro no heterosexuales, además de negar el permiso para que Guadalajara fuera la sede oficial de la 13 edición del Congreso Anual de la Asociación Internacional de Lesbianas y Gays (ULGA) de 1991, que tenía la finalidad de visibilizar la problemática del incesante incremento del VIH-sida.

La realidad es que este discurso uniforme que se intentó imponer a través de las instituciones es una imagen ficticia de Guadalajara.

Andrés Treviño, hoy director de la Dirección de Diversidad Sexual del Gobierno de Jalisco —una oficina de reciente creación que apenas en 2020 quedó ubicada en el organigrama de la Secretaría General de Gobierno—, dice que siempre existieron movimientos que desafiaban el discurso oficial y, aunque algunos tuvieron los medios económicos y el poder para promover su visión, nunca terminaron de triunfar. Treviño afirma que se crea un efecto de péndulo: si tienes un grupo —en este caso el gobierno o la élite— presionando demasiado hacia un lado, vas a tener otro grupo que lo visibilice y se oponga a esta imposición.

Un ejemplo claro en el que convergen el tradicionalismo tapatío y la disidencia sexual por la cual se reconoce a la ciudad son sus primeras cantinas gay. En Guadalajara los espacios de encuentro para las personas LGBT+ eran limitados y clandestinos. En los años setenta uno de los espacios más conocidos en la ciudad era El Panchos, el cual de día era una cantina común y por la noche se transformaba sutilmente en un bar gay que mantenía las mismas dinámicas tradicionales de las cantinas tapatías.

El Panchos significó abrir una grieta que permitía a los parroquianos, bajo las mismas normas de las prácticas heterosexuales y tradicionales, tener un espacio donde encontrar a otros como ellos. Que el espacio fuera una cantina, abierta en principio solo para varones, hizo que su transición en un espacio de encuentro para hombres gay fuera relativamente sencilla[5].

En sus inicios, los bares gay utilizaron los conceptos de los espacios bugas[6], que responden a una mexicanidad y a un machismo de la época, y se apropiaron de las cantinas —símbolos de la masculinidad y del discurso unificador de una estética nacional— con un arraigo histórico en la Revolución. Exclusivos para hombres, son espacios sutilmente adaptados, como en el caso de El Ciervo, que, a pesar de mantener la apariencia de cantina tradicional, adopta ciertos elementos pertenecientes a la cultura gay, como el cuadro de una joven Verónica Castro en la entrada de la cantina o los retratos de Juan Gabriel y María Félix, los cuales fueron regalados por los clientes.


Algunos restaurantes y bares gay en Guadalajara

Tanto El Ciervo como El Condado y el Californias mantienen en mayor o menor medida los símbolos mexicanos de los comienzos de los espacios gay, adaptándolos según las condiciones actuales. Los clientes de estos espacios son coloquialmente conocidos como vaqueros, hombres gay que suelen ser hombres de rancho o que trabajan en oficios que estereotípicamente no se asocian con la cultura gay; la mayoría usa sombrero vaquero, camisa de cuadros y botas piteadas[i] y presentan una imagen exagerada de la masculinidad. Muchos escogen estos espacios por mantener el ambiente de clandestinidad, al no ser abiertamente gays o para mantenerse “dentro del clóset”.[8]

—¿Crees que muchos de los clientes frecuentes de aquí, el Condado o el Californias sigan en el clóset?

—Sí, claro, porque es más discreto. Muchos vienen de varios ranchos y vienen aquí porque es más discretón; luego, luego, si les dicen de “Vamos al Caudillos”, ellos de “No, para allá no voy”. La gente de rancho es como más machista, yo eso lo he escuchado, y por eso vienen y no quieren que se enteren, tienen miedo de que los vean; aquí todo es más tranquilo y puede ser en secreto.[9]

A pesar de que la represión y las redadas quedaron en mayor medida en el pasado, en torno a bares y cantinas sobreviven ciertas herencias en el lenguaje producto de la clandestinidad original. Uno de ellos es el término “el ambiente”, la forma coloquial en la que los homosexuales mexicanos se refieren a los ámbitos y relaciones sociales homosexuales o gays.[10] Los bares gay que buscan ser más “discretos” y no se nombran como tales, sino que son un secreto a voces, como El Pancho’s o El Ciervo, son considerados bares de ambiente, explica un empleado del bar:

Un bar de ambiente es un lugar gay. Es un tipo de código; un cliente dice: ¿Aquí es lugar de ambiente?, y ya sabes a lo que se refiere”.

Estos espacios más tradicionales suelen replicar conductas discriminatorias y estructuras de poder particulares de los bares bugas, al ser espacios exclusivos para hombres en donde se promueve el canon de la masculinidad, y en los que se rechaza a las personas de la comunidad LGBT+, menos a los hombres gay. Comúnmente se habla de la comunidad como si fuera un grupo homogéneo que representa la alteridad, pero la verdad es que existen distintas posiciones dentro de ella, con diferentes exigencias y necesidades, y que cuentan historias propias.

Guadalajara, ciudad de eternos conflictos y contradicciones inherentes, se engaña a sí misma cada vez que se canta eso del “olvido al estilo Jalisco”, de José Alfredo Jiménez. La llamada Perla Tapatía se piensa como la imagen más pura de México, con los mariachis, el tequila y los charros, el más varonil y conservador de los estados. Pero estos espacios descubren que Guadalajara no es solo una, la de las canciones y las leyendas, sino un espacio dinámico que se construye día a día, que tiene una historia no oficial que contar y que conforma su verdadera diversidad.

Bar El Ciervo. Fotografías: Sofía Ron Weigand/380Gdl.
Referencias

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