En la Opinión deSobrenatural

SOBRENATURAL
Epifanía de la amistad |
por Carlos Rosas

Epifanía de la amistad

“Atrás de su rostro alegre veía un cielo azul, intensamente brillante a las cinco de la tarde, con algunas nubes muy blancas languideciendo con suavidad, enmarcado por las ramas de algunos árboles. Entendí de pronto que era Alfredo, que no había muerto siendo niño, pero sí joven”

Carlos Rosas

Cuando entré a primero de primaria fui líder por mi estatura, pero solo fugazmente, en realidad me retraía mucho. Luego hice amistad con Alfredo, un niño tímido, él sí, muy brillante. Así lo recuerdo, chispeaba como un pequeño sol entre tantos compañeros poco aplicados y más bien pendencieros. Él era güero, sus ojos café canica y su nariz recta y larga, diario bañado, el pelo corto y muy bien peinado, con goma. Calzaba mocasines negros, boleados. Nunca lo vi sin uniforme, pantalón azul y camisa blanca. Era muy delgado, frágil incluso, como su constitución era enfermiza, cuando tenía tos a veces llevaba un suéter blanco que parecía muy suave al tacto y refulgente de limpio, lo que hacía que su risa pareciera más brillante pero adolorida.

Alfredo vivía a dos cuadras de mi casa y de vez en cuando me invitaba a la suya, que estaba sobre la calle Venustiano Carranza, cerca del Jardín Botánico. Solo recuerdo haber ido una vez, quizá porque salimos temprano de la escuela, en el turno vespertino. Iba a decir que primero pasamos con mi madre para avisar, pero ahora recuerdo que no fue así, nos fuimos directamente de la escuela a su casa porque yo sabía que no me darían permiso.

Su casa era tan vieja o más que la mía, con puertas de madera sin pintar y faldones podridos, tenía varios patios, uno de ellos muy grande al final, con algunos árboles enormes, tal vez lo que habría sido una huerta. Había una segunda planta a la que subimos con sigilo, no recuerdo a sus padres, ni a su hermano mayor que fue una presencia fantasmal, inquietante, en su habitación poblada de objetos nuevos . Y allá arriba, él me hizo ver el cielo azul, intensamente brillante a las cinco de la tarde, con algunas nubes muy blancas languideciendo con suavidad, me enseñó a escuchar a las palomas en las vigas apolilladas.

comunicándose con su grave gorgoreo, me hizo ver los árboles, las azoteas de las otras casas y platicamos largo rato, callados, con esa conversación que entra y sale por los ojos y agita el alma y abraza al otro porque nada más falta eso.

Después de esta visita no lo vi más, no regresó a la escuela. Pregunté a la maestra si sabía algo de mi amigo y me respondió que se había puesto enfermo. Tanto que no volvió. Fui a buscarlo a su casa, escapando una o dos veces de la mía, pero nadie abrió, solo recuerdo la puerta de madera picada, sin pintura, cerrada. Le imaginaba muerto.

Anoche soñé con un joven, su cabello era oscuro, un tanto largo y despeinado, llevaba lentes y me decía algo sin que yo escuchara sus palabras. Yo no me veía a mí mismo, pero estaba frente a él, en contrapicado, en un espacio abierto, tal vez una montaña. Atrás de su rostro alegre veía un cielo azul, intensamente brillante a las cinco de la tarde, con algunas nubes muy blancas languideciendo con suavidad, enmarcado por las ramas de algunos árboles. Entendí de pronto que era Alfredo, que no había muerto siendo niño, pero sí joven, como se me mostraba en ese momento. Me hizo saber que estaba bien, me compartió su alegría. Me dio el abrazo pendiente tras aquella súbita partida.

Desperté con gozo en el alma, ligero, con la fuerza sutil que da experimentar algo extraordinario. Así, me dispuse a transitar este día de cuarentena, uno más, por el virus que amenaza la fragilidad de los cuerpos.

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