El tiempo a solas es preciado, pero el confinamiento por causa de Covid 19 obliga a muchas personas a vivir acompañadas 24 horas; sin privacidad, la bendición de la convivencia familiar puede convertirse en un martirio   Tijuana, 7 de mayo de 2020.- Antes de aterrizar en Tijuana no podía dejar de pensar en lo que se iba a convertir mi vida en los próximos meses. Sabía que la cuarentena no iba acabar pronto, que no iba a regresar a clases este semestre; tenía que hacerme a la idea de que iba a pasar cinco meses con mis papás, sin […]

Reportajes

Extraño mi privacidad

El tiempo a solas es preciado, pero el confinamiento por causa de Covid 19 obliga a muchas personas a vivir acompañadas 24 horas; sin privacidad, la bendición de la convivencia familiar puede convertirse en un martirio

 

Tijuana, 7 de mayo de 2020.- Antes de aterrizar en Tijuana no podía dejar de pensar en lo que se iba a convertir mi vida en los próximos meses. Sabía que la cuarentena no iba acabar pronto, que no iba a regresar a clases este semestre; tenía que hacerme a la idea de que iba a pasar cinco meses con mis papás, sin mis amigos, sin mi novio y sin privacidad.

Mis papás no son el problema: agradezco estar con ellos, sé que muchos no pueden estar con sus padres o hijos. Mi problema está en que no tengo privacidad cuando estoy con ellos. Vivimos en un departamento de un solo cuarto, una sola cama y un sillón para dormir; pero qué bonita vista al mar tiene.

El departamento no está mal; en la entrada está la sala, con un sillón rojo vino suficientemente grande para que duerma una persona cómoda, un sillón-mecedora, dos mesas de apoyo color chocolate.

Se acaba la sala y del otro lado está una cama queen size, con mejor colchón que el de mi cuarto en Guadalajara; aun así, extraño el mío. El buró enseguida de la cama es en el único lugar mío para poner ropa. Enfrente de la cama está una barra, la cual me he adueñado como escritorio; sigue siendo incómodo ya que hay dos teles enseguida de mí mientras hago tarea o tengo clase.

Cuando estoy en la barra-escritorio, atrás de mí está una mesa redonda con dos sillas, donde comemos. Hay un burro de planchar gigante que odio; no entiendo por qué siempre lo he odiado.

Cuando le dije a mis papás que me preocupaba mi privacidad, ellos me dijeron: “¿Esto es lo que te importa durante esta situación? La privacidad no importa ahorita”. Para mí, sin embargo, es importante. No puedo estar 24/7 con alguien, ni con mi novio aguanto tanto.

 

En el fondo está la cocina, pequeña pero funcional; no hay estufa porque no están permitidas: tiene que ser una estufa eléctrica; no hay microondas porque nunca les han gustado a mis papás: yo siempre quise uno y solo tuve en Guadalajara.

Finalmente hay un baño, el único lugar de “privacidad”, con paredes que parecen papel, que incluso parecen amplificar el sonido.

Cuando le dije a mis papás que me preocupaba mi privacidad, ellos me dijeron: “¿Esto es lo que te importa durante esta situación? La privacidad no importa ahorita”. Para mí, sin embargo, es importante. No puedo estar 24/7 con alguien, ni con mi novio aguanto tanto. No puedo poner mi música y bailar, no puedo cantar si quiero, no tengo oportunidad de masturbarme y no puedo llorar a gusto porque ya están encima de mí.

Este departamento está bien para una pareja, no una familia. Me siento mejor cuando me dejan sola y me siento mal por eso; debería estar agradecida: mi familia puede darse el lujo de no salir a la calle, pero no aguanto tanto tiempo sin estar sola. Y extraño mucho mi cuarto.

Tengo tres días que salgo a caminar; en parte es porque quiero moverme, pero es para tener un momento sola; le doy cinco vueltas al coto y me voy a un lugar donde pueda ver el atardecer y me fumo un cigarro.

No me molesta el encierro, no tengo ganas de salir y ver personas inconscientes escupiendo en la calle, sin cubrebocas, o personas que a fuerzas tienen que salir; me da flojera tener que ir a la lavandería, no puedo entrar al súper, a los pocos amigos que tengo en Tijuana no los puedo visitar. Solo quisiera tener un cuarto con mis cosas, mi espacio y mi privacidad.

La semana pasada terminé a las 8 de la noche mis tareas, lloré de felicidad porque no había terminado tan temprano. Cuando se me pasó, me sentí miserable porque eso me dio alegría, y no quiero que mi vida continúe así.

 

Las primeras semanas en Tijuana me hundí en tareas y clases, me sentía lenta porque no podía acabar, estaba de 9 de la mañana hasta las 10 u 11 haciendo tareas, no tenía ganas de comer al mediodía, me la pasaba llorando, no me quedaban ganas de bañarme al final del día, menos de ver una serie o ni de platicar, solo me quería ir a dormir. Todos los días me dormía llorando. Por mi cabeza solo pasaba Brianna, mi amiga que se suicidó en febrero. No dejaba de recordar cuando abusaron de mí, que sucedió antes de Semana Santa y que esa semana, cuando volví, fue una tortura porque no le dije a nadie, ni a mi novio; sigo sin poder contarle a mis papás.

La semana pasada terminé a las 8 de la noche mis tareas, lloré de felicidad porque no había terminado tan temprano. Cuando se me pasó, me sentí miserable porque eso me dio alegría, y no quiero que mi vida continúe así.

Cuando despierto me siento más cansada, solo quiero seguir durmiendo, a pesar de los sueños que no me dejan descansar. Ayer soñé que me querían amputar la pierna, lo cual pudo pasar, cuando tuve cáncer. Sé que es solo un sueño, pero me afecta; no me dejan descansar mis pesadillas. Lo único bueno de soñar es que son un escape: la cuarentena me ha ayudado a darme cuenta de que estoy soñando, porque sé que solo en mis sueños podría estar afuera. Aún no logro controlarlos.

Cuando llegó Semana Santa descansé; tomé por primera vez, en todo el año, una siesta; creo que suena exagerado, pero en serio fue la primera. Jugué a los sims, vi series y comencé a comer tres veces al día. Me di cuenta de que mi piel era un desastre; eso también me estaba afectando mucho en mi autoestima, además de mi desempeño en mis clases.

Los domingos son el día más pesado porque estamos absolutamente todo el día juntos, a veces pareciera que no nos aguantamos. A mi mamá no le gusta estar viendo tanto tiempo la tele, mi papá y yo sí podemos. A ella le molesta el ruido, yo estoy acostumbrada a él porque de chica me hacía sentir menos sola.

En mi cuarto tenía un espejo de cuerpo completo; fácil iba verme 10 veces al día, solo porque quería ver mi cara, mi cuerpo o mi ropa. En el depa de mis papás solo hay uno chiquito en el baño, el cual está mal puesto y no me alcanzo a ver. No me considero vanidosa, no es que me crea súper guapa; solo me gusta observarme. Intento verme en el reflejo de la ventana, pero se siente extraño, distorsionado.

Los domingos son el día más pesado porque estamos absolutamente todo el día juntos, a veces pareciera que no nos aguantamos. A mi mamá no le gusta estar viendo tanto tiempo la tele, mi papá y yo sí podemos. A ella le molesta el ruido, yo estoy acostumbrada a él porque de chica me hacía sentir menos sola.

No puedo decir que todo ha sido negro; he tenido momentos buenos y de autoconocimiento. Me doy cuenta de cómo he adoptado conductas de mis papás en mi vida adulta y de pareja, como decir: “¿No se te antoja un pan dulce?” en vez de: “Se me antoja un pan dulce, ¿vamos por uno?”. Cuando mi mamá pide algo así, entiendo cuando mi novio me dice que, si quiero algo, pues que lo pida.

Este encierro me ha servido para valorar cosas que tenía o que no tenía y ahora sí tengo. Como a mis papás. Aunque me desespere, sé que soy afortunada de tenerlos a los dos vivos y trabajando; mi mamá es la mujer más fuerte que conozco: nos ha podido mantener cuando mi papá y yo nos enfermamos, a pesar de ser una mujer muy testaruda se pudo deconstruir e ir a terapia, ha levantado tres empresas casi desde cero y ni eran suyas.

Aun con su discapacidad, mi papá sigue trabajando y, cuando no pudo, siguió estudiando. Se aguanta el dolor y sigue trabajando. Ellos decidieron salir de Obregón e ir a trabajar a una ciudad y a un mercado que casi no conocían. Los admiro un chingo.

Este encierro me ha servido para valorar cosas que tenía o que no tenía y ahora sí tengo. Como a mis papás. Aunque me desespere, sé que soy afortunada de tenerlos a los dos vivos y trabajando

Yo no creo en Dios, pero sí en ellos; todos los días les doy gracias por todo lo que me han dado, por los sacrificios que hacen.

Esta semana ha sido la mejor de las peores. Mi mamá puso sobre la mesa la posibilidad de que no regrese en el próximo semestre a clases; no me platica sobre nuestra economía, me dice que todo está bien, pero sus acciones me dicen otras cosas.

Estoy preocupada por el futuro, como todos en este planeta. Nadie sabe qué va a pasar. No es como que alguna vez lo supiéramos; sin embargo, ahora no sabemos si vamos a comer o vivir.

Agradezco que mis padres puedan seguir trabajando, pero sé que se arriesgan: si se enferma uno, nos enfermamos los tres; ni siquiera tenemos manera de aislarnos. Si se enferman todos, nadie trabaja, nadie va al súper, ¿cómo nos cuidaríamos?

Ya me hice a la idea de sentirme “mal”, solo trato de estar lo mejor posible dentro de ese mal. No hay muchas cosas que pueda cambiar: sé que voy a seguir recordando a Brianna, va a seguir doliéndome, no puedo cambiar el pasado, ya hice paz con eso aunque siga siendo difícil. Intento poner música que me relaje, veo películas y series que no sean tristes, salgo a caminar, me pongo a ver los atardeceres frente al mar y sigo luchando contra mis demonios, como siempre.

Daniela Camacho
Periodista en formación, apasionada por los movimientos sociales y el arte

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