Reportajes

Florentino Jimón, el artista que no sabía lo grande que era

Daniela Rivero Borrell Martín es egresada de la Licenciatura en Ciencias de la Comunicación del ITESO.

“Este taller es la historia de mi vida. Aquí ha quedado mucho de lo que he vivido y a la vez significa el recuerdo de mis padres, de un hermano, lo que me hace considerarlo como una joya, un ser viviente. Disfruto cada momento trabajando aquí”

–Jimón, comunicación personal, 2020.

Los Jimón ya están en varios libros. La primera vez que escuché parte de su historia me quedé pasmada, con la imagen mental de la filosofía educativa de mi universidad yéndose por la borda, llegando a la conclusión de que eso de saber venderse y de hacer una marca personal es más pantalla que garantía. Cuando eres bueno en lo que haces, el éxito te alcanza. Y ahí sí: ni aunque te quites.

Esta epifanía ocurrió en el taller del septuagenario Florentino Jimón y de su hermano. Se trata de una casa antigua en el corazón de Tonalá, Jalisco, rodeada de tráfico y comercios, como tantas otras que se traga la mancha urbana. Los Jimón se dedican a la alfarería y trabajan con dos de las técnicas más antiguas del oficio: barro bruñido y barro bandera. Desde 1973 en este taller, ubicado en la calle Matamoros 110, la herencia de más de cinco generaciones es faena de todos los días.

La casa es amplia. Jaulas con periquitos fosforescentes cuelgan de árboles y paredes. Al fondo, un patio verde enmarcado por un pasillo techado. En el pasillo, repisas con piezas de barro de múltiples formas y tamaños, escritorios, sillas, cuadros, una moto, utensilios varios, documentos enmarcados, un horno de ladrillos.

"Yo soy feliz. Para mí es una cosa preciosa ver cuando amanece el día. Disfruto la lluvia, ver las gotas caer sobre mis plantas" (Jimón, comunicación personal, 2020). Fotografías: Daniela Rivero-Borrell Martín/380GDL.

De este breve espacio han brotado incontables piezas de barro que hoy adornan recintos en México, Alemania, Estados Unidos, Argentina e Inglaterra, por mencionar algunos países. En sus paredes, según relata Florentino, han rebotado las voces de Miguel de la Madrid y su esposa; María Esther Zuno de Echeverría y Guadalupe Zuno; la esposa del gobernador Flavio Romero de Velasco y a saber qué otras personalidades.

En la década de los ochenta llegaron a trabajar en el taller hasta 18 personas. Hoy las hojas que mueve el viento acompañan el murmullo casi inapreciable del pincel único de Florentino. Hace unos años Jimón pensó en escribir un libro. Planeaba, con algunos esfuerzos, reunir los 150 mil pesos que una amiga escritora le aseguraba que costaría el tiraje. Con la crisis sanitaria por la covid 19 esta cantidad le resulta ahora mucho más difícil de costear.

El alfarero sonríe debajo del cubrebocas cuando se acuerda del viaje que hizo a Argentina a finales del 2012. Ya lo habían invitado a exponer en Edimburgo y no fue. Lo mismo le pasó con España: “En ese tiempo el trabajo aquí estaba en cantidades. No podía retirarme”. No iba a volver a arrepentirse; esta vez iría a Argentina. Los recibió el Museo de Arte Popular José Hernández, en Buenos Aires, en donde expuso y vendió una Granada, pieza que creó su abuelo Zacarías y que hasta ahora es el sello de la familia Jimón.

En 1980 los hermanos Jimón construyeron este horno, corazón de su taller hasta la actualidad. Fotografías: Daniela Rivero-Borrell Martín/380GDL.
Desde 1956 los Jimón producen piezas de barro bruñido y barro bandera en su taller. Fotografías: Daniela Rivero-Borrell Martín/380GDL.

El viaje duró tres meses, en los que visitó Buenos Aires, Uruguay y Caracas. En la capital argentina un instituto de arte lo invitó a exhibir sus piezas y a dar una charla. “No recuerdo cómo se llamaba, lo tengo por ahí escrito. Del Cono Sur, algo así. En esos días el instituto hizo el evento de reunir alfareros. Fueron artesanos de Uruguay, de Bolivia, y no recuerdo… eran como cinco países, junto con nosotros”, vacila; lo que sí permanece tatuado en su memoria es la impresión que le dejó encarar gigantescas esculturas de cerámica e incontables vitrinas. Se encontraba ante la promesa mítica del primer mundo, la cabeza le daba vueltas. “¿En dónde me vine a meter? Con gente grande en la cerámica”, pensaba, angustiado, mientras la directora de la escuela les daba el recorrido, “yo sí me sentía chaparrito, de a tiro”.

Llegó el momento de exponer y Florentino se puso en pie delante de alumnos y maestros ceramistas. Le había pedido a un compañero que pasara entre los asistentes sus piezas, de una en una, mientras explicaba. A media charla un maestro del instituto lo interrumpió, con una figura de barro entre las manos: “Permítame, maestro, decirle. Usted dice que se siente chiquito y no, no, no… Mire, yo le digo al contrario: usted viene a mostrar lo que hace y esto es único en el mundo. No lo hacen en otra parte”. Estas palabras acompañan a Florentino desde entonces. A partir de Argentina cambió la forma en que percibe Tonalá, municipio en donde nació y ha trabajado desde la década de los setenta. “Yo como que no valoraba. Yo decía, ‘bueno, sí está bien’, pero no a ese grado”.

¿Más de treinta años dedicándose a esto y apenas se le ocurrió pensar que su trabajo es de una calidad única? Pues sí. Lamentablemente, pareciera que México se toma muy en serio eso de que nadie es profeta en su tierra. “A lo mejor es un conocimiento bien sabido”, me comentaba Norma Joela Acevedo, coordinadora de una galería ubicada cerca de la avenida Chapultepec, llamada Galería In Dee Tekio. “Los que más valoran son los extranjeros. Muchas veces son los que se sorprenden y les llama mucho la atención. Les gusta mucho comprar arte, artesanía. Yo creo que en su país no es tan común y aparte lo que más les gusta de México es la riqueza cultural, las técnicas que se hacen”.

Una réplica a gran escala de la Granada, de Jimón forma parte del Paseo Peatonal Turístico Guardianes de la Reina, en Tonalá. Fotografías: Daniela Rivero-Borrell Martín/380GDL.

Pocos son los artesanos y artistas en territorio nacional que no han tenido que regalar prácticamente su trabajo por necesidad. “Es triste dar mucho más barato porque no hay ni para las tortillas”; a Florentino no se le olvida la ocasión, hace algunos años, en la que tuvo que vender unas esferas de barro a una tienda por solo diez pesos la pieza; habitualmente cuestan treinta. “Yo tenía a mi hija chiquita, de biberón, y a mi hijo como de un año. Y me vi en ésas; no hallaba ni qué hacer, caray”.

Hoy Florentino es uno de los Grandes Maestros del Arte Popular nombrados por Fomento Cultural Banamex. Sus piezas son referente no solo a escala nacional, sino en otros países. Ha ganado varios premios. En su familia el más chimuelo masca tuercas. Su sobrino Fernando ha sido reconocido en convocatorias como el Concurso Nacional de la Cerámica, su hermana María del Rosario ha recibido el Premio Nacional Pantaleón Panduro, el Galardón Ángel Carranza y el Premio Nacional de la Cerámica, entre otros.

Para Jimón, que ama su trabajo, los reconocimientos se quedan chiquitos comparados con el placer de dedicarse a la alfarería, que le ha traído muchas más alegrías que dolores, y amigos que le alegran el corazón. “Ojalá así aprendiéramos a hacer las cosas”, pienso al final de la visita, y me parece que entre las manos de Jimón, que se agitan a manera de despedida, descansa una parte de la historia de mi ciudad.

Los ancestros de Florentino lo observan trabajar desde las paredes de su taller. Fotografías: Daniela Rivero-Borrell Martín/380GDL.
Daniela Rivero Borrell Martín
Daniela Rivero Borrell Martín es egresada de la Licenciatura en Ciencias de la Comunicación del ITESO.

Leave a reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *