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La Serenata de Oliver Casillas

Oliver siempre termina dibujando. Aunque esté de intercambio en el extranjero. Aunque esté encerrado en su casa en Guadalajara por la pandemia. Aunque haya estudiado Ingeniería Mecánica en el ITESO, y aunque haya sido atleta de alto rendimiento en patinaje de velocidad. Cuando camina por la calle recoge imágenes cotidianas y siempre termina dibujando.

Él no es de esos artistas que pueden inventarse personas u objetos. Dibuja lo que lo rodea. Se topa con un burro caminando en la calle o la entrada de tul rosa de un bar en el centro de Zapopan y recuerda estas imágenes por meses incluso años. Conceptualiza las proporciones que tendrían en un cuadro o un mural y, una vez satisfecho con el boceto en su cabeza, por fin lo plasma en colores pasteles, lo más alejados de la realidad.

El recuerdo de un 3 de noviembre en el Panteón de Mezquitán fue su inspiración para pintar el mural en una columna de la Línea 3 del tren ligero, a la altura de Juan Pablo II, cerca del centro de Zapopan.

Era de mañana, las flores cempasúchil estaban regadas por el suelo, las ofrendas descoloridas y desacomodadas de la noche anterior. Unos mariachis a medias, vestidos con sombreros de paja y camisetas, vagaban entre las tumbas buscando un público. El papá de Oliver, Víctor Hugo Casillas les pidió que le cantaran a la tumba del abuelo. Víctor les tomó las fotos que su hijo usaría como referencia para el mural. Irónicamente, la columna que intervino está enfrente del Panteón General de Zapopan.

Oliver empezó a dibujar en la base el domingo 4 de octubre a las 9 de la mañana. Rodrigo Ochoa y Rodrigo Azanza, amigos suyos del colectivo “We art here” Guadalajara, le ayudaron. Amarrados de arneses y con la ropa llena de pintura, acabaron el mural cuatro días después.

Los murales son efímeros. En unos años se despega la pintura e invade la humedad. La gran ventaja de los cuadros es que duran años. Oliver trabaja en Galería Libertad pintando. Sus cuadros se venden bien aunque se encariña de ellos como si fueran sus hijos. Le reconforta saber dónde se encuentra cada uno. No tiene miedo de tocar casa por casa para visitarlos.

Una vez pintó una guacamaya en manos de una mujer. El cuadro era para su abuela, la mujer que sacó a su familia adelante y le heredó su fascinación por las aves. Un hombre quedó prendado por el cuadro de la abuela cuando visitó la Galería Libertad. Se ofreció a comprarlo. Oliver se sintió en un dilema. Su madre le aconsejó venderlo: el cuadro de la guacamaya en manos de una mujer podría desencadenar más ventas, le ayudaría a posicionarse.

Terminó accediendo. Nunca le contó al comprador la historia del cuadro que se llevó a casa. Al final él veía la obra como un trofeo, estaba más absorto en el precio que en el significado. Para Oliver vender sus cuadros es vender su trascendencia, su historia.

Los murales en cambio son para la gente. Se lo da a todos. “Cuando una persona va por la calle y se detiene a mirar la obra, ya no importa el significado que yo le haya dado. Si hay una magia implícita en el arte es esa capacidad de apropiación. De que cada persona le dé un nuevo sentido”.

Oliver quiere vivir del arte. Creció con dos padres que mantuvieron profesiones que no los satisfacían. Por miedo o por comodidad se privaban de hacer lo que en realidad les gusta. Su mamá es odontóloga, pero en realidad es una atleta; en sus tiempos fue la mejor triatleta de México. Su papá fue maestro de geografía, español, historia en el Instituto de Ciencias; en realidad es un fotógrafo ambiental. Hace un año se animó a dejar la docencia y lanzarse de lleno a la fotografía y desde entonces ha sido reconocido con premios a escala nacional y local. Oliver, por su parte, quiso ser ingeniero. Buscó una carrera que lo retara y la encontró. No fue hasta su intercambio en Bélgica, donde pasó seis meses solo en un cuarto con sus pinturas y pinceles, que decidió que quería ser artista. Terminó la carrera, pero la decisión ya era inapelable.

Es el 7 de octubre a las 6:30 de la tarde. Oliver termina el mural firmando en los costados de la columna. Las manchas rosas y naranjas de un inicio ahora conforman un mural de dos caras. Se llama Serenata. Por un momento ignora a gente de alrededor para ver su obra terminada. Sonríe satisfecho. Ese día Oliver cumplió 25 años y como siempre, terminó dibujando.

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