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Las cicatrices del cáncer de mama se quedan en la piel de una mujer distinta

Esta es la historia de cuatro mujeres que después de sus mastectomías por cáncer de mama, decidieron reconstruir sus senos. Los factores para hacerlo fueron diferentes para cada una, porque en el cáncer cada historia es particular, pero entre todas hubo una coincidencia: se enfrentaron a un duelo por la pérdida de una parte de su cuerpo.

Por Fátima Herrera, Carolina Martínez, Nataly Figueroa y Ximena Torres. Fotografías por Brince Tapia.

Peque Álvarez no sabía que perdería su pecho izquierdo hasta que despertó de la cirugía en la que se lo quitaron. Su doctor le había dicho que le quitaría una calcificación, pero encontró cáncer, así que decidió extirpar todo su tejido mamario. En el lenguaje médico, fue una mastectomía.

“Claro que se me vino el mundo encima. Si me preguntas, hubiera preferido que me cerraran y con el tiempo ver si mi tumor no era tan grave para que no me quitaran todo el seno. Sin embargo, entiendo la postura del doctor, lo que estaba en juego era mi vida” dice Peque como reflexión.

También cuenta que lo que más le afectó de la mastectomía, fue el cambio en su aspecto físico. Por mucho tiempo se sintió molesta y se preguntaba una y otra vez “¿por qué a mí?”.

“Otro golpe más duro fue cuando me quitaron la venda. Cuando me la quitaron y me vi por primera vez en el espejo fue muy impactante, tenía una cicatriz de lado a lado y dije “Ay caramba’”.

Por otro lado, Michelle Arenas sí sabía que tenía cáncer y que tendrían que quitarle un seno. Estaba decidida a hacer lo que fuera necesario para curarse. Cuando perdió el cabello por las quimioterapias, no le mortificaba mostrar su cabeza al aire, pero con la mastectomía la realidad le pegó de frente.

“Cuando llegué con el doctor le dije, “si me quiere quitar las dos (mamas) quítemelas”. Nada más que cuando te ves y te das cuenta de que estás mutilada es horrible”, explica.

El día después de su operación Michelle tuvo una crisis. Tenía que meterse a bañar, pero no estaba lista para reconocer su cuerpo desnudo. Entre su desesperación, el llanto y la insistencia de no querer verse se desconectó del suero y de ella misma. “Mi mamá me dijo que no me viera, que ella me bañaba con los ojos cerrados. Así fue mi primer baño. Toda esa noche en el hospital lloré, lloré y lloré”.

En la siguiente ducha decidió hacerlo ella misma. Recuerda su cuerpo temblando al soltarse las vendas, respirar profundo y voltear a ver su pecho con mucho temor, como de película, dice ella.

Además de esa ocasión, hubo otro momento durante su enfermedad en el que Michelle se sintió ajena a su apariencia física. Fue cuando su cara se hinchó por la hidrocortisona que le recetaron casi al final de su tratamiento.

“Me puse como sapo. Deje de verme en el espejo por un mes, para mí era deprimente verme así. Hasta que un día me levanté y dije, no te puedes esconder del espejo y acepté mi nueva realidad”.

Como Michelle y Peque, la mayoría de las personas que enferman de cáncer viven pérdidas simultáneas que luego se convierten en duelos. Es común que el primero lo vivan cuando reciben el diagnóstico, por la pérdida de su salud. Conforme avanza su tratamiento las dificultades se deben a los cambios en su cuerpo, explica la psicóloga Miriam Judith Hernández, quien coordina un grupo de acompañamiento para pacientes y familiares en el Instituto Jalisciense de Cancerología.

Cuando lo que se pierde es una parte del cuerpo, el duelo se relaciona con la identidad, agrega la especialista, pues cada persona tiene una relación particular con las diferentes partes de su cuerpo.

Social y a veces personalmente, los senos y el cabello, son considerados símbolos de feminidad. Perderlos puede tener repercusiones en la salud emocional y en todos los demás ámbitos de la vida.

La doctora Argelia Melet del Servicio de Psiquiatría en el Hospital Oncológico “Padre Machado” en Venezuela, explica que someterse a una mastectomía puede provocar conflictos en el erotismo de las mujeres, ya sea porque sienten que han perdido parte de su atractivo, o porque sus compañeros o compañeras sexuales sienten temor de los cambios físicos.

A Mari Asano, quien se nombra como sobreviviente de cáncer desde hace 30 años, su esposo le insistía para que se pusiera algodón o cualquier cosa que rellenara sus brasieres.

A Mari no le hicieron una mastectomía, sino una lupectomía, que consiste en una cirugía para extirpar un tumor cancerígeno en la mama, junto con una pequeña cantidad de tejido alrededor, pero no todo el seno. Ese procedimiento hizo que sus pechos quedaran desiguales, pero por años se mantuvo firme en mostrarse como era. Se sentía “falsa” de otra forma.

Aprendió a vivir de esa manera y siete años después de tener cáncer, cuando ella lo quiso, se decidió por su primera reconstrucción mamaria.

Sin importar cuál sea el origen de un duelo después de una mastectomía, Miriam Judith explica que lo ideal es que las mujeres aprendan a vivir con esas transformaciones en su cuerpo. En el proceso, es usual que también reconozcan cambios en su identidad o incluso, que la redescubran por completo.

Reconstruir la realidad

Después de una mastectomía o lupectomía, muchas  mujeres deciden someterse a una reconstrucción mamaria a través de cirugías, o prefieren usar una prótesis externa que se puede quitar o poner.

Ana Karen se decidió por la primera opción desde que descubrió que tenía cáncer. Tenía 20 años cuando le dieron el diagnóstico y prefirió que le quitaran la mama por completo porque no quería quedarse con la incertidumbre del cáncer extendiéndose por su cuerpo.

 “La única complicación que tuve fue psicológica, me veía al espejo y no me gustaba como estaba. Después, me ayudó mucho darme cuenta de que la salud es lo más importante. Una vez que me di cuenta de que estaba totalmente sana empecé a ver el aspecto físico en un segundo plano” cuenta ella sobre su proceso de sanación.

Peque Álvarez también prefirió reconstruirse con un proceso quirúrgico. Aun así, fue muy difícil para ella darse cuenta de que “jamás quedas igual”, que sus pechos se veían disparejos, que su cicatriz la atravesaba lado a lado. Por mucho tiempo pensó que no se volvería a sentir a gusto al usar escotes.

Cambió de perspectiva cuando recibió quimioterapias y vio los efectos tan severos que el cáncer tuvo en otras compañeras. “Yo puedo hacer mi vida normal, tengo que reanimarme, y lo hice” pensó en ese entonces.

La psicóloga Miriam Hernández dice que agradecer a la parte del cuerpo perdida por los regalos y las oportunidades que dio durante la vida es una forma de despedirse y de sobrellevar el duelo.

El caso de Michelle fue diferente porque ella decidió no reconstruir su mama, quedarse con el “pecho plano”, como suelen llamarlo. Tampoco quería usar una prótesis externa porque no la sentía parte de ella. Cuenta que después de todo lo que pasó con el cáncer, ocupar una sola copa de su bikini le tenía sin cuidado.

Su cicatriz incluso se convirtió en su bandera de orgullo. Una forma de decir “la libré y ahí está la prueba”.

Actualmente Michelle es fundadora del Colectivo Papalotl (mariposa en náhuatl), junto con otras mujeres que también tuvieron cáncer. “Para nosotras, la mariposa es un símbolo inequívoco del cáncer. De sentirme como una oruga fea, peluda, de colores extraños, terminé siendo una mariposa maravillosa y nadie va a venir a cortarme las alas”.

Sin embargo, conforme pasaron los meses de vivir con el pecho plano Michelle empezó a tener problemas en la espalda y rodillas. Tenía una sola mama y el desequilibrio le provocaba dolores y contracturas. Entonces decidió someterse a la reconstrucción con cirugía en el Instituto Jalisciense de Cirugía Reconstructiva.

“Más que una cirugía estética, para mí fue una cuestión de salud” dice ella.

Su primera cirujía fue en agosto de 2021, cuando tomaron piel y grasa de su espalda para ponerlas en su pecho, porque la capa de su piel quedó muy delgada después de la mastectomía. Después le colocaron un dispositivo expansor dentro. El procedimiento se trata de inflarlo cada vez más con solución salina y después poner una prótesis definitiva, pero Michelle ha tenido problemas de cicatrización.

Ella calcula que el proceso completo para reconstruir su mama tardará por lo menos ocho meses, como sucede en muchos casos. Le ha quedado muy claro que no es la intervención médica más sencilla. Tiene una amiga a quien le hicieron 12 operaciones de reconstrucción, pero con su fortaleza Michelle repite “después del cáncer, qué me va a hacer el mundo”.

Así como hay mujeres que deciden reconstruirse por salud, hay quienes prefieren no hacerlo por la misma razón. La organización sin fines de lucro BreastCancer.org explica que la diabetes, los problemas circulatorios u otros padecimientos vuelven la reconstrucción quirúrgica más riesgosa.

También hay quienes prefieren no someterse a más operaciones o no quieren lidiar con brasieres especializados para prótesis externas. Sobre la reconstrucción mamaria no existe una decisión correcta universal, dicen en BreastCancer.

Este 30 de octubre Michelle y Mari, como integrantes fundadoras del Colectivo Papalotl organizan una pasarela con causa para apoyar la reconstrucción mamaria de aquellas mujeres que desean el procedimiento, pero no tienen los recursos. La recaudación de los boletos irá al Patronato del Instituto de Cirugía Reconstructiva de Jalisco A.C.

En esa institución ofrecen precios de análisis y tratamientos más accesibles. Las mujeres del colectivo calculan que ahí el procedimiento de reconstrucción completo cuesta $35 mil pesos como máximo, mientras que en un centro de salud privado puede elevarse hasta $200 mil.

Si te interesa conocer más testimonios sobre reconstrucción mamaria, puedes leer los foros de BreasrCancer.org: https://comunidad.breastcancer.org/foro/41 

Fátima Herrera Acuña
Estudiante de la Licenciatura en Periodismo y Comunicación Pública del ITESO.

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