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Marco y Jaime Vázquez: el ímpetu de Santa Fe a Mestizos.Collective

Los hermanos Marco y Jaime Vázquez creen que el arte es subversivo: su función es lograr que la gente cuestione la realidad. En el mural que pintaron sobre la Línea 3, enfrente del Country Club, retrataron a una mujer en una de las dos caras de la columna y un hombre en la otra. Ambos portan una capucha de la que apenas se asoman dos pares ojos inconformes. Más que representar las luchas sociales actuales, los hermanos retratan valores generacionales, históricos, como la revolución hacia el sistema y las ganas de cambiar el país.

Taparse el rostro es un símbolo de empatía, de decir “Fuimos todos”. Es la mínima protección que tienen los jóvenes cuando toman el espacio público en manifestaciones. Las capuchas en el mural son blancas porque Marco y Jaime no quieren imponer ideologías. Lo que buscan es representar la inalcanzable lucha por la justicia y la paz.

Marco y Jaime crecieron en “la zona más marginada de Tlajomulco”. En su infancia presenciaron diferentes realidades, convivieron cerca de indigentes y personas que luchaban todos los días para conseguir algo de comer. Su padre, que siempre fue obrero, trabajaba en Estados Unidos y mandaba remesas. Cuando Marco tenía tres y Jaime cinco les mandó la primera de las muchas patinetas que tendrían.

Desde entonces los hermanos han hecho skate. Empezaron a ir de un lado a otro por el barrio mientras practicaban. Recorrían las calles seguros de que habían encontrado su vocación. Entre sus rondas después de la escuela, empezaron a notar el arte urbano. Los grafitis y murales desperdigados en las paredes y rampas de skate fueron el primer contacto que tuvieron con el mundo artístico.

Siendo unos niños, empezaron a intervenir muros por su cuenta. Con primos y amigos se juntaban para cuidarse y compartir su trabajo. Entre intento e intento fueron mejorando la técnica, aprendiendo juntos de manera autodidacta.  Paralelamente, el arte y el skate se volvieron su vida.

La segunda vez que tuvieron “tintes de pintar” fue cuando visitaron con la escuela el Hospicio Cabañas. Los murales de José Clemente Orozco en ese edificio conmovieron a esos niños hasta los huesos. Alzar la cara para ver con detenimiento El hombre en llamas es uno de momentos que más tarde reconocerían como cruciales para su carrera artística.

Marco y Jaime no creen en la genialidad del artista. No piensan que sea alguien especial, “escogido por el de arriba”, que viene a compartir su visión única y diferente. El artista es alguien que está atento al acontecer, que retrata la realidad sin adornos. El arte debe de servir para cuestionar nuestro alrededor; por eso la gran mayoría de su obra está en la calle, porque tanto los pobres como los ricos tienen derecho a apreciar su obra.

Desde hace tres años, los hermanos fueron invitados por el Instituto de Juventud de Tlajomulco a dar clases de arte urbano. A partir de entonces viven del arte. Al final, todo lo que han pasado los ha impulsado a ser artistas. Marco tiene 21 años y estudia la carrera de Artes Visuales en la Universidad de Guadalajara. Jaime tiene esposa y una hija pequeña.

Ambos hermanos decidieron que la forma en la que pueden dar a conocer problemáticas y crear conciencia es mediante murales. A la vez, creen que su generación es lo suficientemente movida y empática para crear el cambio. Su perspectiva se engloba en las palabras que una vez dijo Salvador Allende: “Ser joven y no ser revolucionario es una contradicción casi biológica”.

Tere de Alba
Estudiante de la Licenciatura en Periodismo y Comunicación Pública del ITESO.

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