El coronavirus ha mantenido a todos en sus casas. Los negocios pequeños, como el restaurante de Rebeca, sufren una gran pérdida de ingresos mensuales. Para ella, igual que muchos dueños de microempresas, la situación se vuelve complicada.

|  380GDL

¿Mesa para dos?

Guadalajara, 30 de mayo de 2020.- El letrero gigante con PEDIDOS PARA LLEVAR escrito en letras negras que colgué en la ventana cede al viento otra vez. Alguien lo patea. Casi me da risa, la verdad. No importa cuánta cinta le ponga, no aguanta. Parece una metáfora de cómo le irá a mi negocio en las próximas semanas.

Me da rabia que todo se esté desmoronando. Todas las noches que le pongo el candado a la puerta de vidrio del restaurante me pregunto qué hacer por mis trabajadores, cómo ayudarlos. Miriam, Mario, Sonia. Aunque soy la dueña del Íchigo, si dejo de trabajar, me quedo sin un peso. Soy diseñadora gráfica mal pagada. Por eso ahorré para mi negocio.

Antes de esto, no me estaba yendo mal. Fue una chinga que me dieran los permisos. Mi papá me prestó para la renta. Yo diseñé el menú con los dibujos de malteadas y hamburguesas, el logo color pastel, todo. Fue mucha suerte que estuviera cerca de Chapultepec, es un área transitada.

Los primeros meses fueron difíciles, pero veía cada vez más caras sonrientes. Más gente compartía fotos de sus malteadas en Instagram. Teníamos de sobra cuando terminaba el mes para invertir en una pizarra y poner los especiales del día, pequeños floreros, una campanilla para la puerta. Estaba feliz de que, tras de los gastos del mes, me quedaban 50 mil pesos. El mes pasado apenas quedaron cinco mil.

Son las cuatro. Para esta hora, en un sábado común ya estaría lleno; ahora, apenas uno o dos clientes. Desde que anunciaron en la radio la fase 2, hay un miedo real en la gente. 10% de mortalidad de un virus que hace unos meses no sabíamos que existía. Más de mil muertos. Hospitales en riesgo de saturación.

Fotografías: Ana Paula Carbonell.

Son pocos empleados, yo me encargo de la caja. Hay cuatro meseras, pero mandé a dos a sus casas temprano. Las restantes están sentadas una en cada esquina del restaurante. No encuentro qué otras actividades asignarles: ya limpiaron las mesas tres veces, tallaron las ventanas hasta que no quedara ni una mota de polvo. Hicieron una lista del inventario: de los ingredientes, de los artículos de limpieza, de cualquier cosa que encuentren, anótenlo.

No puedo mandarlos de vacaciones. Sé que los hijos de Sonia dependen de lo que gana aquí junto con sus otros dos trabajos. Mario tiene poco trabajando como chef, depende de los pequeños trabajos.

¡Rebeca, estoy embarazada!

Así me recibió Miriam hace tres semanas. Con una sonrisa forzada, la abracé. ¿Ahora qué pasará si pierde su trabajo? Ya intenté aplicar al apoyo del gobierno para microempresas, pero el sitio se saturó. Ya no me contactaron. El silencio me incomoda, ya me había acostumbrado al bullicio.

En ocasiones andaba de esquina a esquina, ayudando a las meseras. Me abrumaban las responsabilidades, aprendí sobre la marcha. Apenas averigüé que 50 kilos de carne me ajustaban para la semana. No 25, se acababa muy rápido; no 100, se quedaba. De dos cajas de jitomate me sobraba suficiente para llevármelos al departamento y que no se pudrieran. Ahora de todo me sobra. Voy al inventario de la parte trasera para distraerme. Ordeno los condimentos, los sobrecitos de azúcar.

Ding.

Doy un salto, salgo del inventario. No es mucho, pero es algo. Quizás es una familia completa.

Veo a una señora chaparra y morena entrando con su hijo. El niño está dando saltitos, se ve incómodo. La señora, aunque la mitad de su cara está enmascarada por su cubrebocas azul, se ve cansada. Pongo mi mejor sonrisa, me acerco, casi olvidando las sagradas medidas de distancia.

—Bienvenidos, ¿mesa para dos?

Miriam ya tiene dos menús en mano. La señora se ríe.

—No, el niño necesita el baño. ¿Lo dejan pasar? Ya no aguanta.

Leave a reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *