Reportajes

Mich pasa una tarde en medio de la marea verde

Las mujeres del 28S

Varias decenas de mujeres, la mayoría jóvenes, algunas con niños pequeños, participaron en Guadalajara en la manifestación que se convoca en todo el mundo cada 28 de septiembre para exigir la despenalización del aborto. El objetivo era llegar al Congreso del Estado para leer un manifiesto público en torno a este tema, aunque en Catedral de Guadalajara tuvieron momentos de confrontación con los grupos de personas que rodearon el edificio con una valla humana para protegerlo de pintas. 

Fotografías: Tere de Alba/380Gdl.

Fotografías: Tere de Alba/380Gdl.

Fotografías: Tere de Alba/380Gdl.

Fotografías: Tere de Alba/380Gdl.

Fotografías: Tere de Alba/380Gdl.

Fotografías: Tere de Alba/380Gdl.

Por: Tere de Alba

Cuando dobló la esquina de Monte de las Ánimas en la Calzada Independencia, Mich empezó a escuchar las protestas. La emoción le zumbó en los oídos. Las decenas de cuadras que recorrió a paso apresurado desde la estación de tren del Refugio se le olvidaron en cuanto pisó la plaza del Monumento a la Madre. De repente ya no se sintió sola. Aflojó el paliacate verde que tenía apretado en el puño, y se lo amarró un poco justo en el cuello.

Las feministas que asistían a la marcha del 28 de septiembre por la despenalización del aborto se congregaban en grupos pequeños. Por todas partes se escuchaban risas y pláticas cargadas de la misma emoción. Mich paseó entre las mujeres insegura. Es tímida. A sus 25 años aún tiene cara de niña. Su baja estatura la ayudaba a mezclarse en la multitud.

Sus amigas de la Universidad de Guadalajara no quisieron acompañarla por miedo a contagiarse de covid 19. Aunque llegue sola, Mich no tiene miedo de salir a marchar. Acudió al sexto aniversario de la desaparición de los 43 de Ayotzinapa y en las manifestaciones del 4 y 5 de junio por el asesinato de Giovanni López en manos de los policías. Acaba de graduarse de arquitectura y tiene mucho de qué quejarse.

La pandemia pasó casi inadvertida porque las feministas están acostumbradas a taparse la cara. Se topó con mujeres pintando líneas verdes y moradas en sus rostros, tomando fotografías, preparando sus paliacates y pancartas. No le fue difícil unirse a uno de los cuatro contingentes que conformaron la marcha.

A las 5 empezó la movilización. El paso era lento pero seguro. Mich sintió que podría correr de la expectación. Las protestas resonaban, Aborto sí Aborto no, eso lo decido yo. El cielo se despejó y con ello la amenaza de lluvia. Nada iba a impedir el acontecimiento. Mujeres de Protección Civil acompañaban el caminar con el ceño fruncido. Se daban órdenes y se apresuraban. Algunas sonreían a las marchantes. Otras las contemplaban con indiferencia.

De un lado a otro encontraba a mujeres como ella, jóvenes, vestidas de verde, gritando y bailando mientras exigían la despenalización del aborto en el estado. También estaban las mujeres embarazadas exhibiendo con orgullo su panza trazada por consignas feministas. Las madres con sus niños de la mano, con sus bebés colgados del pecho. Todas juntas para exigir el derecho de la mujer para decidir sobre su cuerpo.

El parque Morelos se asomó y las feministas corrieron a su encuentro. Mientras una compañera blandía la Bandera mexicana verde y morada en el soporte de la estatua de Morelos, otra intervenía la base con frases y signos. Mich gritaba “Viva”. “Los monumentos no significan nada para mí. Esos héroes no me representan, las que hacen el despadre allá sí”.

Mich recordó a su familia por primera vez cuando llegó a la Catedral de Guadalajara después de recorrer los 2.3 kilómetros desde el Monumento a la Madre. Grupos religiosos rodeaban el edificio en una cadena humana vestida de azul. Los rezos y los prejuicios la hicieron pensar en su madre, que le había prohibido asistir. El enojo de sus compañeras feministas se manifestaba en reclamos. Ambos grupos se gritaban. La barrera de policías municipales apenas aguantaba la tensión. Ella también estaba enojada. “Esas personas que abogan a favor de la vida son las mismas que no dejan vivir”, comentaba a las mujeres de alrededor.

Unas compañeras rompieron a codazos la cadena humana. Intervinieron las paredes de la Catedral mientras la gente de la valla las empujaba y resistía. Las policías municipales se acercaron amenazantes con sus escudos. Mich tomó la mano de la compañera más cercana y corrió fuera del epicentro. Esa mano le daba seguridad. Ahí nadie dejaba a nadie. Todas se cuidaban.

Después reunirse en la Plaza de Armas, la marcha fue perdiendo fuerza. Se desintegró en grupos de amigas que volvían a casa comentando lo ocurrido. En el regreso en tren Mich estaba agotada. El paliacate verde descansaba flojo en su puño. El retorno implicaba el enfrentamiento con su familia, con las normas y las restricciones. Esto la hacía sentirse más cansada que aterrada. Aun así había esperanza en su regreso. Tardarían en borrar las señales de su lucha. Tardarían en formar las opiniones y sentenciar las conductas. Por lo pronto, esa noche de lunes, quedaba la ciudad pintada de verde y morado.

Tere de Alba
Estudiante de la Licenciatura en Periodismo y Comunicación Pública del ITESO.

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