A muchas parejas no se les hizo casarse en la primavera de 2020. Pero Judith no dejó ir la oportunidad. El 25 de abril, un templo católico los recibió a escondidas.

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Ni el coronavirus impidió la boda

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Ni el coronavirus impidió la boda

Guadalajara, 18 de mayo de 2020.- Judith y Nivardo se casaron con todo e impedimento: se llama coronavirus 2019.

A muchas parejas no se les hizo casarse en la primavera de 2020. Pero Judith no dejó ir la oportunidad. El 25 de abril, un templo católico los recibió a escondidas. Y el padre le dio la bendición para que esté casada como Dios Manda.

Aquella chica que no tomó un no por respuesta, aunque sus amigos, familiares y el gobierno recomendaron lo contrario, se casó. Lo hizo entre una pandemia que en el mundo ha dejado a más de cuatro millones de habitantes contagiados en el planeta y matado a 315 mil. En México, no es la excepción: más de 49 mil infectados, hasta el 17 de mayo de 2020.

Judith Mendoza ha organizado su boda desde mediados de febrero, desde que se enteró que está embarazada. Quiere casarse con su novio, porque no soporta la idea de estar juntos en un mismo departamento esperando el parto sin el permiso de Dios. Por eso, ella, a pesar del coronavirus, decide que la boda no se suspenderá. Dios no puede permitir otro día verlos sin un anillo en el dedo anular, con un bebé en camino.

De acuerdo con el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi), en México se realizan 558 mil bodas cada año, aproximadamente. En la página de bodas de ZankYou, según los expertos del portal, dicen que de febrero al mes de abril son los mejores meses para casarse. Una lástima que las novias ahora tendrán que hacerlo en verano, de seguro con bochornos y días lluviosos.

Judith fue a la sastrería una semana antes de la boda. La esperaba Fernando Díaz, un sastre con cuerpo de panadero y modos de médico amenazado ante una pandemia. “Nada de manos”, “Ponte gel antes de pasar”, “Yo te abro la puerta con mis guantes, para que no la toques”, decía cada cinco minutos como un maniático de la limpieza. Hace apenas un sexenio, hizo su vestido de XV años; ahora, él le horneó el preparado de su vestido de novia.

En la sastrería del barrio de Santa Tere, la prenda estaba sola en un armario vacío. El sastre dijo que no los terminará los demás hasta julio. El vestido es de blanco tradicional, con un frente un poco escotado de encaje, ceñido de la cintura para marcar lo poco que aún tiene, ampón de la falda como una princesa. El vestido es un poco revelador pero a la vez discreto. Lleva una cola de dos metros. Es un vestido lleno de capas de tul, puedes caerte sobre él y sentir ligera la caída al piso. Se lo entrega en aquella pequeña habitación de paredes amarillentas con un solo banco, frente un espejo sencillo. A Judith le interesa verse como una novia sin embarazo. No lo logró, pero ella se siente guapa.

Un día antes para la boda y ha surgido un problema: alguien la quiere impedir. El mismísimo templo María Madre de Cristo llama a la novia para decirle que alguien soltó el chisme de que iban a invitar a más de 20 personas al sacramento. Los invitados no combinan ni con el templo ni con los tiempos, al parecer. Las reuniones de más de 50 personas están prohibidas según las medidas del gobernador de Jalisco, Enrique Alfaro, por el aislamiento de sana distancia. Aquí, en realidad, solo van 18 invitados.

Tomó su computadora y posteó en Facebook: “Comunicándose a amigos y familiares que la boda se suspende por cuestiones extraordinarias, hasta nuevo aviso”. Mintió. No quiere a los polis escoltando su brazo yendo al altar. Día de la boda.

La Procuraduría Federal del Consumidor (Profeco) dice que hasta mediados de abril había tenido que asesorar a 86 novias y quinceañeras que se quedaron plantadas como novias de pueblo, vestidas y alborotadas, por los proveedores de servicios que habían contratado para sus ceremonias y que no les cumplieron, publicó Milenio el 17 de abril. Sin embargo, Judith despertó el 25 de abril y dijo: “Hoy sí me caso”.

La misa está a media hora de iniciarse. La novia pasó la mañana en el estudio de la maquillista, Mariana Sincel: “Me encanta porque es como un estudio, te sientes como actriz que saldrá para estar en vivo”. Ahora ya está arreglada con su vestido puesto esperando la indicación de salir apresurada para entrar al templo. No quiere ser vista por los que están en la calle. El papá le dice al sacerdote que ya están listos y el padre cierra las puertas de la iglesia detrás de ellos.

Lucen vestidos de diseñador y trajes de gala los invitados junto con un pequeño gran detalle: todos llevan cubrebocas, excepto la familia de la novia. Los músicos están apartados de los presentes, dos sacerdotes ofician la misa junto con los novios y los fotógrafos se acomodan alrededor del altar. La medida del cubrebocas se olvida, se lo quitan y el padre da entrada a la misa. Cruz, cruz, cruz, que se vaya el coronavirus y venga Jesús.

De tener un salón de eventos enorme con jardines amplios, una alberca, una pequeña cabaña para los invitados y un dj que tocará en la fiesta, pasó a ser una cena en la terraza de su casa con el spotify premium y canciones al gusto del padre de Judith. En vez de poder estar en una pista con luces, ahora bailaban el vals en un pequeño espacio de jardín. La susana distancia fue invitada a otra fiesta, porque aquí estaba el susano arrimón: los novios abrazaban a los invitados y el vals fue muy íntimo por el poco espacio libre.

Entre menos burros más olotes. La mamá de Nivardo decide que ella cocina. Los papás de Judith ponen casa y adornos. Se ahorran una feria. Se gastó en el templo, los músicos, los fotógrafos, el vestido, maquillaje y peinado, los cubiertos rentados y algunos detalles; esto costó aproximadamente 20 mil pesos, una quinta parte de lo que iba a costar sin coronavirus, aunque, aun así, una boda en tiempos de pandemia sí lleva una lana.

El padre que los casó montó una linda ceremonia, y eso que no era el padre original que quería que los casara. La ceremonia no se pudo hacer pública. El hermano de Judith no asistió…. pero a la novia nadie le iba a decir que no. Ningún problema fue suficiente para impedir la boda: “Los otros me decían que eran señales para que no me casara; yo las vi como pruebas que tenía que pasar para poder llegar a la meta que era casarme”, dijo en el brindis.

En plena pandemia 2020. Se hizo la voluntad de Dios y de Judith.

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