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Performance: arte y protesta

Rodrigo “NIA” Ruiz Orozco es estudiante de la Licenciatura en Gestión Cultural, y Roberto Flores Carrillo es estudiante de la Licenciatura en Comunicación y Artes Audiovisuales del ITESO. Este artículo es parte de la investigación que se lleva a cabo en el PAP “Mirar la ciudad con otros ojos”, Verano de 2021.
Por: Rodrigo “NIA” Ruiz Orozco y Roberto Flores Carrillo

En 2012 cinco integrantes del grupo feminista ruso Pussy Riot entraron en la catedral de Cristo Salvador, en la ciudad de Moscú. Subieron al atrio y comenzaron a gritar “Virgen María, echa a Putin” y a tocar sus guitarras, interrumpiendo la paz y lass actividades del recinto para protestar contra el gobierno del presidente Vladimir Putin. Por esta protesta, que se llamó “Prayer Punk”, dos de ellas fueron condenadas a dos años en prisión.

Las artes vivas buscan poner en evidencia la realidad de la sociedad en la que se realizan. Los artistas usan el cuerpo como medio y el espacio público como escenario, en tanto que la importancia de la actividad reside en el proceso y en la crítica, no en el resultado. De la misma manera, la sociedad emula las características de los performances, como los vendedores y merolicos en una estación del tren con sus cánticos y discursos característicos al ofrecer sus productos, o la señora que se hinca y besa la mano del sacerdote cuando lo ve en un espacio público en Los Altos de Jalisco. El performance se hace en un lugar y un tiempo específicos.

A diferencia del performance de la vida cotidiana, las artes vivas buscan no sólo representar a la sociedad, sino ser críticas con la producción y el consumo del mismo arte, explorar a través de distintos elementos un mundo simbólico y propiciar un diálogo con los espectadores, que ahora pasan a formar parte del performance. Porque la invitación no es para ser aceptada o rechazada durante la ejecución, sino que se ha aceptado de antemano cuando se decide ser parte de un performance.

Los performeros buscan explorar sus límites físicos y psicológicos, y también los de quienes los observan. La reacción de la audiencia no se puede prever, solo al final se verá. El performance es efímero, lo cual lo distingue de otras artes de carácter escénicas como el teatro, la danza o la música. Otra diferencia importante es que el performance no representa ni interpreta a alguien más, a un personaje: es el artista quien se expresa por sí mismo.

Al apropiarse del espacio público el performance se transforma en un reflejo de la identidad colectiva local, al mismo tiempo que el artista establece su propia identidad y ayuda a quienes forman parte del performance a buscar y establecer su propia identidad. Esto ocurre gracias a la característica descrita por Josefina Alcázar en Performance: un arte del yo. Autobiografía, cuerpo e identidad (2014), la cual dota a las acciones performáticas de un poder de construcción histórica e identitario, esto es, cada acción conlleva una experiencia real que corresponde a un lugar y tiempo, así como a un individuo con el que la comunidad local comparte características.

En 1963 Carolee Schneemann presentó su performance “Eye Body”, una pieza privada realizada en un antiguo taller de pieles, en el cual usó su cuerpo como principal objeto de exposición y lienzo. La obra consistió en 36 fotografías —tomadas por el fotógrafo islandés Erró— en las que la artista posa desnuda, cubierta con grasa, plástico y plumas, en el centro de una instalación con espejos rotos, pintura, sombrillas y otros materiales. Ésta fue la primera acción performática de Schneemann, y puede considerarse antecesora del performance feminista. La historiadora estadounidense Amelia Jones dice que la obra de Schneemann tiene características del feminismo existencialista, en referencia a Simone de Beauvoir.

La performance es arte vivo, es una acción efímera que, a través de un mundo simbólico, quiere resignificar e incomodar, por lo que, a diferencia de otras expresiones escénicas o vivas, no puede ser comprado, vendido o intercambiado”

Carolee Schneemann, Eyebody: 36 transformative actions, 1963. Fotografía de Errotítulo. Archivo del MoMA.

Varios colectivos feministas han organizado marchas cada 8 de marzo, en conmemoración del Día Internacional de la Mujer. En algún momento cantan temas como “Canción sin miedo” o realizan performances como el de “Un violador en tu camino”, original del grupo feminista chileno Las Tesis. Se trata de un cántico basado en textos de la antropóloga y feminista Rita Segato y una danza, en la que las participantes aparecen con los ojos vendados. Fue interpretado por primera vez en noviembre de 2019 en Valparaíso, Chile, y se ha reproducido muchas veces en otras partes del mundo.

Aunque el performance se ha popularizado a partir de la segunda mitad del siglo XX, podemos reconocer expresiones de esta naturaleza a lo largo de la historia de la humanidad. Desde los juegos en el Coliseo Romano y los bailes en los grandes salones de los palacios reales, saltimbanquis y bufones en las cortes o el circo moderno de la segunda mitad del siglo XVIII, además de las múltiples disciplinas que se consideran dentro de la definición de performance, como el action painting y los happenings.

Según Sol Henaro, el maestro, artista y merolico mexicano Melquiades Herrera, integrante del No-Grupo, definía su práctica del performance como un arte del día a día, una práctica de caminar, un quehacer que consiste en transitar la experiencia sin límite de la vida diaria; es decir, recorrer lo cotidiano con un ojo analítico para reconocer la unión de gestos artísticos y extraartísticos. O bien en el quehacer artístico del tapatío Juan Kraeppellin podríamos encontrar aproximaciones al performance, como en la acción realizada en la inauguración de Galería Magritte, en la que apareció con una carriola repleta de focos de navidad que prendían y apagaban, y que contenía la cabeza maquillada de un cerdo envuelta en una chambrita. Esta acción podría acercarnos a una definición performática que tendría que ver con la crítica al arte institucional o, quizá, a una acepción referente a la disrupción social por medio del arte.

En el performance el cuerpo es un recurso de interpretación, entretenimiento y expresión que se puede considerar intrínseco a la condición humana. Nace de la intención del artista de probar los límites de su cuerpo, de su mente y de su audiencia. La performance es arte vivo, es una acción efímera que, a través de un mundo simbólico, quiere resignificar e incomodar, por lo que, a diferencia de otras expresiones escénicas o vivas, no puede ser comprado, vendido o intercambiado. Es una práctica escénica que requiere presencia, análisis y participación, y que desafía la comodidad y los valores estéticos del mundo del arte y la sociedad en general.

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