¿Búscas algo?

PIMP: El secreto mal guardado

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La voz ronca al otro lado del teléfono confirma la hora y el número de asistentes.

-Cinco- respondemos a su última pregunta.  -Bañera- contesta el hombre antes de colgar. Una de nosotras, la que hizo la llamada, comunica la contraseña a las demás.

Nuestro lugar está asegurado y el resto de la mañana transcurre tranquila. Como cada viernes a las seis de la tarde, la universidad es un pueblo fantasma. Las figuras que aún deambulan los pasillos son almas en pena habitando el limbo entre el deber y el fin de semana.

Nos dirigimos al centro de la ciudad con las nubes cargadas de agua pisándonos los talones. Luego de encontrar estacionamiento y caminar unas cuadras por La Americana, el barrio más cool del mundo según la revista Times Out – colonia conocida por sus bares, restaurantes, asaltos y extranjeros deseosos por sumergirse en “la experiencia del mexicanismo” -, apenas logramos llegar a tiempo al lugar que marcaba el mapa del celular.

¿Cómo se busca un lugar secreto? En pleno 2022, la respuesta más lógica- aún en su falta de lógica- termina siendo Instagram.

Solo a la iglesia le conviene conservar la secrecía absoluta. A ninguna otra empresa le resulta provechoso esconderse de las redes sociales. Pero la estrategia para mantener la sensación de exclusividad se sostiene dando datos ambiguos en el perfil del bar, o en el requisito de hacer reservación y conocer la palabra secreta.

El término speakeasy se originó en los Estados Unidos durante los años veinte, en plena época de prohibición (1920-1933). Las personas que querían comprar bebidas alcohólicas tenían que esconderse y encontrar puntos de reunión secretos, grietas en la ciudad y el sistema que les permitieran seguir divirtiéndose.

Como cualquier acercamiento prohibicionista, esta ley seca dejó desatendido un mercado entero. Las mafias no tardaron en convertirse en proveedores para el consumo que el gobierno estadounidense decidió negarle a la gente. Así despegaron las grandes familias mafiosas y sus personajes emblemáticos, como Al Capone en Chicago, o Lucky Luciano, inmigante siciliano y jefe de la mafia neoyorquina.

Con el contrabando de alcohol – aunado a la naciente cultura del jazz- surgieron los speakeasy; lugares clandestinos para seguir la fiesta y la venta de bebidas etílicas. El término proviene del ritual perpetuado por los consumidores, que debían “hablar bajito” al ordenar sus tragos. La única forma de ingresar a estos lugares era con un saludo secreto o una contraseña, por ejemplo: bañera.

Y aunque las condiciones se muevan, el pasado persiste. Guadalajara, urbe grande, diversa y llena de matices, también es hogar de numerosos establecimientos secretos. Uno de ellos es PIMP, speakeasy ubicado en una de las zonas predilectas por los jóvenes de la ciudad.

Al llegar vimos un restaurante italiano prácticamente vacío, con la excepción de una pareja fumando en la terraza que daba a la calle. Al final de la escalera nos esperaba una hostess rubia y dos meseros de brazos tatuados, desesperados por atender su primera mesa de la noche.

– ¿Vienen a Pimp? – Nos cuestionó la rubia. Y como le pasa a todo secreto que ve la luz, con la naturalidad de su pregunta se esfumó una parte del encanto. Asentimos. Con la mirada nos señala las escaleras al fondo del restaurante.

Foto: Andrea Cajiga

Pasamos frente a una barra de ladrillo donde un bartender de barba y mirada amable nos detiene. “Coman primero para que les pegue menos. Luego la gente baja astral”. La expectativa de los cocteles de autor crece de cero a cien.

No queremos perder la reservación así que, ignorando la recomendación, subimos por las escaleras que quedan justo sobre el horno de las pizzas. Con las mochilas llenas y el estómago vacío, el olor a leña nos golpea a la mitad del trayecto.

En el segundo piso, al fondo, hay un librero viejo frente a una pared mostaza. Alguien nos lo había dicho, “atraviesen el librero”. Al tomar un libro el mueble viejo se convierte en puerta hacia una época distinta.

Foto: Andrea Cajiga

Del otro lado hay un salón de paredes azules y pinturas barrocas. Tres sillones de terciopelo, dos azules y uno rojo, y una terrible imitación de un busto romano sobre una mesita de noche. Una habitación repleta de piezas arbitrarias que solo comparten el poder de generar una sensación ominosa.

Foto: Andrea Cajiga

Atravesando ese cuarto está la terraza, también tapizada de alfombras y muebles viejos. Las paredes con el ladrillo expuesto y el cielo nublado sirven como telón de fondo. Son apenas las siete y media de la tarde y dos jóvenes de brazos tatuados y uñas pintadas se cambian la ropa detrás de la barra.

Muebles, pinturas, bustos, cosas. Nada de gente.

Como somos las primeras en llegar la reservación permanece a salvo y  bajamos a tomarle la palabra al bartender. Nuestro mesero se llama Orlando, quien lleva su bigote negro al estilo francés y una boina del mismo color.

Luego de pedir nuestra pizza y cervezas, una pareja gringa se sienta en la mesa de enfrente.

-¿Qué quieren tomar?- les pregunta Orlando. -Tequila- responde el hombre rubio haciendo como si se empinara un caballito.

Mientras esperamos vemos que las paredes están llenas de arte pin-up, y que un montón de botellas vacías sirven como decorado sobre unas repisas. En el tiempo que tarda en llegar nuestra comida, más extranjeros entran al restaurante y caminan directo a las escaleras que dan hacia el librero-puerta.

La pizza pasa de horno a nuestra mesa en dos movimientos fluidos de Orlando, y sobrepasa las expectativas que gracias al hambre eran medianamente bajas.

Cuando volvemos a subir las escaleras, ahora con la mirada de aprobación del bartender,  el universo que encontramos detrás del librero ya no es el mismo. Está empapado de luz amarilla, de una calidez que convertía al falso busto romano en una pieza de arte, y a los viejos sillones en muebles finísimos. Los hombres detrás de la barra ya son meseros y el silencio le abre paso a la música tranquila.

 

Foto: Andrea Cajiga

La gente aparece como si hubieran sido convocados al mismo tiempo. Nosotros, ahora una comitiva de cinco, leemos el no tan secreto menú en nuestros celulares. Cada quién pide un coctel distinto. Mezcal, bourbon, tequila, gin y un mocktail para nuestra compañera que no bebe alcohol. Situación irónica, si nos remontamos a los orígenes de estos lugares.

La coctelería formó parte de la cultura de los Speakeasy desde sus inicios. En muchos de estos lugares el alcohol que se vendía era de mala calidad debido a su producción clandestina. Y, ¿qué mejor manera de disfrazar el alcohol barato que mezclando? Los cocteles se utilizaban para enmascarar lo etílico y lo malo de la bebida. Muchos cocteles clásicos nacieron en la era de la prohibición, como el Mojito, el Sidecar o el Tom Collins.

 

Foto: Andrea Cajiga

La humedad y el humo del tabaco se cuelan por la nariz conforme el lugar se llena. El trago de mezcal es demasiado dulce, y el de tequila demasiado fuerte. Mientras vaciamos los vasos a sorbos pequeños, el sol se despide junto con la música tranquila, que transita de la calma a la fiesta y alcanza su clímax junto con la luna, asomada sobre un edificio desde el que ondea la bandera de Ucrania.

La mixología es buena y los precios no son absurdos. El servicio es lo suficientemente amable como para atendernos con algo parecido a una sonrisa, aunque consumamos poco y ocupemos una de sus dos mesas grandes.

La música sube al igual que la ola de gente. Decidimos irnos y permitir que alguien más tome nuestro lugar privilegiado. El mezcal dulce se revela fuerte bajando las escaleras. Pagamos y bajamos sonriéndole al bartender para darle la razón y las gracias.

La rubia de la entrada está donde la dejamos. “Adiós, vuelvan pronto” nos dice mientras bajamos las escaleras hacia la calle.