Ciudadanías

¿Red flag y luego qué? Un ejercicio que castiga la violencia sin atenderla o entenderla

Las red flags inundaron las redes este año. Durante un tiempo funcionaron para nombrar diferentes formas de violencia, pero al analizarlas de cerca muestran un ejercicio que se limita a señalar sin atender, que es poco tolerante a conductas no normadas y reduccionista para la experiencia de cada persona.  

Por Ximena Torres 

Imagen: Anastasiia_New/iStock 

¿Si una amiga o amigo nos cuenta que fue víctima de una violación sexual por parte de su pareja le diríamos “oye cuidado, eso es una red flag”? ¿Y si le amenaza de muerte? ¿Si atenta contra su vida? 

Al escribir “red flag” en el buscador de Instagram o TikTok los resultados son tan variados como los podamos imaginar. Hay videos e imágenes sobre red flags al cuidar plantas, sobre productos de skincare, de tus “ex”, en el sexo, con tu psicologx, con tus amigxs.  

El trend ha inundado las plataformas digitales y se usa hasta para vender productos y servicios, aunque originalmente las personas recurrieron a él para hacer visibles comportamientos abusivos. En las palabras de usuarios de las redes sociales son un neologismo para decir “pon ojo”, “se cautelose” o “amiga date cuenta”. ¿Pero la expresión alcanza para nombrar las situaciones más urgentes de violencia en las que la vida está en riesgo?  

Algunos pensarán que sí. Por ejemplo, la Comisión Estatal de Derechos Humanos de Jalisco (CEDHJ), que no quiso quedarse atrás y le entró al trend con una campaña relacionada al Día de la Eliminación de la Violencia Contra las Mujeres, que se conmemora cada año el 25 de noviembre.  

Cada día de dicho mes la cuenta de Instagram de la Comisión publicó una imagen nombrándoles red flags a diferentes expresiones de violencia física, emocional y sexual de pareja. Cada día los ejemplos de abuso fueron subiendo de tono.  

Hoy el contenido permanece en las historias destacadas de la misma cuenta con el nombre de “#Violentómetro” porque, de hecho, habla de las mismas prácticas que el violentómetro del Instituto Nacional de las Mujeres.  

La violación, amenazas de muerte y atentados contra la vida fueron algunos de sus ejemplos de red flags. 

Ejemplos de la campaña de la CEDHJ en Instagram.

La campaña de la CEDHJ es una excusa para hablar de lo problemático y limitado que pueden ser los ejercicios que señalan la violencia cuando son reduccionistas y carecen de contexto. Para ello, Danielle Orendain, psicóloga y pedagoga menstrual explica lo que ha reflexionado sobre las red flags.  

“Lo que yo crítico no es el ejercicio como tal, porque claro que muchas veces nos cuesta nombrar las violencias y al no ser conscientes estas ellas las normalizamos. Sin embargo, en este ejercicio no está atendiendo la problemática, es punitivo y patologiza las conductas”.  

El primer límite que Danielle reconoce en las red flags es que no van más allá del señalamiento. Reconocer la violencia siempre es el primer paso para atenderla, pero tiene que venir acompañado de acciones de cuidado y contención para la persona agredida- También debe existir –al menos– una reflexión autocrítica para quien violenta. De no ser así el lugar al que se llega es la cancelación y la segregación de las dos partes involucradas.  

“Evidenciar las red flags no es lo mismo que trabajar con otras formas de construir relaciones donde nos sintamos cómodxs y segurxs. Tampoco nos exenta de las violencias, ni las soluciona ni las previene” decía parte del texto que la psicóloga publicó en redes sociales para compartir su análisis. 

Lo que sí hacen las red flags es centrarse en hallar todo lo que parezca una falta o error de las demás personas. El problema es que no todos los comportamientos que no nos gustan son violentos, ni tendrían por qué cambiar.  

Danielle pone como ejemplo las actitudes de algunas personas neurodivergentes que viven con ansiedad social o depresión. Conductas como aislarse de repente en una fiesta, preferir no salir con los amigos de sus parejas o sentirse tristes constantemente no son red flags, aunque algunos lo señalen como tal. 

“Esas conductas que otras personas les han señalado como incorrectas solo son conductas no normadas. Es poco tolerante considerarlas así” dice la especialista.  

Las exigencias y la idealización de las relaciones es otro ejemplo de lo que no son las red flags.  

Durante la pasada edición de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, la filósofa argentina, Tania Tenebaum invitó a la audiencia de la charla en la que participó a reconocer los límites de la responsabilidad afectiva. Ella habló de que, las personas con las que nos relacionamos no están forzadas a cumplir con todas nuestras exigencias afectivas, y aunque eso puede implicar sufrimiento, no es violento.  

“Todas las personas tenemos expectativas cuando comenzamos a salir con alguien, pero hay una diferencia entre tener expectativas y exigir que se cumplan. Claro que he notado ese ejercicio de exigencia en las red flags” agrega sobre el tema Danielle.  

Además, explica que a esos ejercicios les sigue una reflexión punitiva: si las personas no actúan como queremos, están mal y lo malo se denuncia y se castiga.  

Muchos usuarios de redes sociales alcanzaron a notar esa transformación en las red flags y a manera de burla, crearon contenidos irónicos sobre exigencias desmedidas.  

En las últimas semanas también hay actividades en Instagram para que tus seguidores te señalen tus red o green flags. Es decir, el trend se ha viralizado y ha tomado significados diferentes a los del inicio. Ya no se habla solo de violencia, sino de defectos triviales de las personas.  

Ese es el primer problema con las publicaciones de la CEDHJ. Su compaña está descontextualizada porque utiliza un ejercicio de entretenimiento para hablar de un tema urgente de atender, la violencia de género.  

Al conocer un caso de violación o el atentado contra la vida de una mujer no es suficiente decir, “se cautelose” o “chica, ahí no es”. Ante eso hay que actuar con urgencia, pero como ya se mencionó, las red flags se limitan a señalar.  

Si bien la CEDHJ no es el organismo primer organismo de atención para la violencia de género, sí está obligado a trabajar en favor de la educación y la cultura de respeto a la dignidad de las personas.  

Por otro lado, Danielle Orendain también explica que la Comisión fue reduccionista al incluir los celos o el “manosear a tu pareja” como una red flag. Si esas acciones se nombran como violencias siempre, sin considerar la percepción de las personas que las vivieron, eso puede “desbordarlas o hacerlas entrar en crisis”, dice la psicóloga.  

Ejemplos de la campaña de la CEDHJ en Instagram.

“Imagínate que yo le aseguro a la persona a la que su pareja le dio una nalgada que abusaron sexualmente de ella, porque fue sin consentimiento y eso está muy mal. Le digo que tiene repercusiones en su salud mental, que la violencia sexual muy peligrosa y puede escalar al feminicidio, porque esta es la idea del violentómetro. Es posible que esa persona se desborde, se sienta mal consigo misma, sienta cupla y todo eso por una interrupción negativa de la autopercepción”. 

Eso es lo que sucede con la mayoría de las instituciones que usan el violentómetro. Decirle a una persona que está siendo violentada sin conocer la percepción del ejercicio que recibió es muy peligroso para su integridad mental, resume la especialista. No es correcto hacer una evaluación de lo que otras personas viven con criterios de terceros, por el simple hecho de que cada quien procesa los hechos de diferente manera.   

¿Y qué se puede hacer para traspasar las limitantes de las red flags? 

Danielle explica que, un primer paso sería pensar en protocolos de acompañamiento en los que se ponga por delante la escucha y las necesidades de las personas que sufrieron. Hasta la justicia tiene significados diversos.  

En segundo lugar, que las estrategias de resolución de conflictos sean comunitarias, porque los ejercicios punitivos de las instituciones como la cárcel o las multas “no están atendiendo las conductas violentas”.  

Desde lo personal, cada quien podría reajustar sus expectativas sobre una relación y modificar la narrativa de “mi pareja debería” por los “yo quisiera”. De esa manera no habrá exigencias desmedidas que lleven a los castigos y la cancelación.  

“No porque hagamos críticas a estos ejercicios significa que vamos a dejar de nombrar las violencias, lo que vamos a dejar de atenderlas” finaliza Danielle. La conclusión tampoco es que se cancele para siempre el trend de las red flags, sino una invitación a observar con más cuidado los ejercicios para señalar la violencia.  

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