En la Opinión deSobrenatural

SOBRENATURAL |
2021 |
por Carlos Rosas

Carlos Rosas
carlosfernando.rosas
@gmail.com

¿Ustedes tuvieron festejo de fin de año?, ¿cómo fue? En mi casa cancelamos la reunión familiar, tan anhelada para celebrar también todos los cumpleaños arrollados por la pandemia. Cada hermano cenó en su nido, para no dejar, y a la cama, temprano. No faltó, eso sí, entre unos y otros la rememoración de las bacanales de antaño, sobre todo cuando el jolgorio era entre amigos. Los abrazos nos los seguimos debiendo.

Sin la pirotecnia ritualista del “feliz año nuevo” estuve pensando en el urgente aprendizaje social que parece aplazado indefinidamente. Abrir la puerta del 2021 es un buen pretexto para, en retrospectiva al año ido, invitarlos a imaginar algunos escenarios del porvenir.

En Guadalajara, la indolencia ciudadana es asombrosa y provoca dolor; por mis rumbos los ejemplos abundan. No solo me refiero a la obstinada incivilidad de las personas que salen a la calle con un “me vale madre” o “yo soy un chingón” en la frente, sin asumir las medidas de adaptación y respeto al otro ya explicadas y solicitadas por múltiples organismos de salud pública ante la pandemia. También señalo a esa veterana brutalidad, desvergüenza y abuso que campea aquí y allá, como puede ser la del vecino, mi vecino, que a medio diciembre hizo una fiesta “luz y sonido” —el volumen a todo—, con más de una veintena de alegrísimos bailadores, impidiendo el sueño no solo mío o de mi familia sino el de toda la cuadra, terminando más allá de las cinco de la mañana del día siguiente, sin que la policía haya acudido a clausurar la improvisada discoteca aún con una ley antirruido vigente y tres reportes: dos a la Comisaría de Guadalajara y uno al 911.

Bien mirado, el basurero a cielo abierto que es el centro de Guadalajara no es exactamente un problema del gobierno; en realidad, los responsables son las miles de personas que día a día transitan por sus calles y tiran ahí cuanta cosa les pica, desde colillas de cigarros y bolsas de Doritos, hasta colchones y otras bagatelas, lo que usted quiera.

A mí me encantan los perros y tengo uno en casa, fidelísimo, pero eso no obsta para advertir que vivimos en la ciudad de la cagada. Se escucha feo pero así es, porque cuando uno trajina por las calles del primer cuadro o las de cualquier barrio contiguo, Santa Tere o el Expiatorio, por ejemplo, a cada dos pasos hay una excreta de perro que uno tiene que esquivar si no quiere llevarse el desagradable suflé untado en el calzado. Y no es culpa del can, sino de su dueño.

El extendidísimo grafiti es otra enfermedad ciudadana. Es claro el esfuerzo de muchos propietarios por pintar sus fachadas, pero, a los tres días de la hermoseada, la fealdad del garabato mastodonte usurpa los muros con una comunicación solo entendible para los selectos del barrio. Frente a mi casa, a pocos días de la fiesta “luz y sonido”, vi a unas jovencitas de apariencia educadísima sobreponer su enorme firma a otra previa, tal como hacen los cánidos al orinar sobre la marca del que pasó primero.

¿Y qué decir de los ciclistas? Tan empoderados están que muchos transitan sobre las banquetas a toda velocidad sin importarles los peatones; uno, que casi me atropella sobre la calle de Garibaldi, cuando le reclamé, contestó: ¡vete al pito!, y siguió como bólido.

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