En la Opinión deSobrenatural

SOBRENATURAL | El viaje de Plutarco (1) | por Carlos Rosas

Primera parte: prodigar consuelo

Calles fue maestro, empresario agrícola, administrador, militar revolucionario y gobernador de Sonora. Como presidente de México (1924-1928), fue el catalizador del conflicto entre el Estado y la Iglesia católica

 

El general Plutarco Elías Calles Campuzano falleció el 19 de octubre de 1945, en el Sanatorio Cowdray de la Ciudad de México. Según el acta de defunción, su muerte fue a causa de una trombosis mesentérica y las complicaciones derivadas del estrechamiento del conducto colédoco, que une la vesícula con el páncreas.

¿Significa algo más esta muerte siendo la de un militar que estuvo una y otra vez en el campo de batalla? ¿Puede calificarse de agraciada si la comparamos con la de sus contemporáneos, casi todos ellos asesinados? Ahí están los generales Francisco Serrano y Álvaro Obregón como ejemplos inmediatos. Plutarco Elías Calles feneció a causa de sus enfermedades y tuvo la ventura de estar acompañado por su amada familia, rodeado de amigos leales, aunque, podemos conjeturar, también acechado por decenas de viejos enemigos.

Nueve años antes, el 10 de abril de 1936, la dominante actividad política del jefe máximo se vio truncada con el destierro a los Estados Unidos, obligado por Lázaro Cárdenas del Río, en ese entonces presidente de México. Vivió cinco años en San Diego, California, apaciguándose.

Regresó a finales de abril de 1941, sin cámaras ni reporteros, acompañado de su hija Hortensia, su yerno y sus nietas, además de dos ayudantes y una sirvienta.

¿Qué hizo el general entonces? Atender su mala salud y abrazar la práctica espírita, preparándose para morir o, si se prefiere, para continuar la vida como desencarnado.

Solo seis días después de su tránsito al más allá, el jueves 25 de octubre de 1945, el viejo revolucionario se comunicó con su hijo Rodolfo Elías Calles Chacón. En la extensa confidencia, Plutarco, el padre de familia, le dice a su hijo:

Cuántas veces discutíamos las mismas dudas, ¡cómo y cuándo se producen estos fenómenos! No importan las confusiones y dudas que se te presenten. Sigue adelante en sus trabajos y gradualmente irás perfeccionando tus facultades y recibiendo las pruebas que te lleven al convencimiento de que sí continuamos viviendo. Ya lo dijeron mis amigos de aquí, mi ascensión espiritual fue rápida, no hubo necesidad de sufrir ese sueño prolongado que detiene la evolución. […] Siento tristeza a veces, pero me consuela el no sentir aquellos dolores que tanto me atormentaron en mis últimos días”.

Podemos imaginar toda la agitación que provocó la partida física del general, ante lo cual él mismo trata de contener pidiéndoles olvidar su causa, evitar suposiciones, pues fue su destino el que marcó el final: “Nadie puede ser responsable de una resolución que yo exigí y mi larga enfermedad exigía”.

Para lo que viene, no hay descanso; su primera misión será recorrer “muchos lugares para prodigar mis consuelos a enfermos, aquellos seres que necesitan fortalecer sus espíritus”.

Poco antes de terminar su comunicación, Plutarco Elías Calles le obsequia unas palabras al general José Álvarez, su amigo:

“Dile también que le repito mi consejo de no exponerse a que tanta lectura sobre espiritismo le cause indigestión. Es preferible la observación y experiencias propias. Ellas nos dan mayores pruebas; nos preparan mejor y nos hacen entender más claramente todos los aspectos de la vida espiritual”.

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