En la Opinión deSobrenatural

SOBRENATURAL | Ixca, Izcariote (3) | por Carlos Rosas

Tercera y última parte: no soy idólatra

Con la muerte de Ixca terminó una época de lustre en la ciudad; en 1947 llegó el gobernante modernizador, González Gallo, quien arrasó el centro de Guadalajara y un poco más

 

Después del holocausto del presidente Francisco I. Madero, Juan Farías fue acogido por un grupo de camaradas pintores conocido ahora como el Centro Bohemio, haciendo amistades que lo acompañaron hasta el final de su vida. Un día de 1916, a los 43 años, les comunicó que ya no era Juan, sino Ixca. En sus Casos y cosas de mis tiempos escribió:

¿Cómo me firmaré? / ya no me llamo Juan / me llamo Ixca y a este mote / mis amigos le agregarán: / IZCARIOTE”.

Del Centro Bohemio y sus diletantes avenidos a políticos se ha escrito mucho destacando su relevancia para la vida tapatía; éste será el contexto y en parte el soporte con el que Ixca Farías realizará su sueño: el museo.

El inmueble, de pie hoy en día, comenzó a construirse para seminario en el siglo XVII, reedificado en 1751 y 1791; fue cuartel con los insurgentes de 1810 pero volvió a seminario en 1813; en 1846 fue ocupado por las huestes de Guadalupe Montenegro; de nuevo seminario, en 1859 “pasó a dominio de la Nación”. Resurgió como Liceo de varones y Biblioteca pública hasta su abandono, para revivir en 1918 como Museo de Bellas Artes, de la mano de Ixca.

Tras el fin del Centro Bohemio, Farías amparó a los amigos en tertulias vespertinas, para las que dispuso equipales en algún corredor del museo; fueron bautizadas como el Club del Ovoide. Entre otros, aquí llegó el joven Pedro Rodríguez Lomelí, quien dispensaba “bromas y críticas burlescas” a sus amigos espiritistas, como lo fue Ixca, cuando le escuchaba sus narraciones “pueriles”.

Previendo que, a su muerte —ocurrida el 14 de noviembre de 1947 en el mismo museo—, algún pariente político publicara alguna esquela contraria a sus principios, Ixca autorizó a sus hijos divulgar Mi confesión, su testamento autobiográfico. En él, Ixca afirmó categórico no ser idólatra, esto es, no veneraba a los dioses de las religiones: su dios era la naturaleza, sabiendo que el universo carece de principio y de fin.

“¿Qué mejor altar que postrarse ante la misma Naturaleza? ¿Qué mejor incienso que un cúmulo de nubes que se eleva en la atmósfera a gran altura? ¿Qué mejor repique, que el trueno producido por el rayo? ¿Qué mejor plegaria que el tronar de las olas y el cantar de los pájaros?”.

Tras la muerte de Ixca, su amigo José R. Benítez hizo publicar en El Informador una breve nota a manera de esquela, aparecida el 16 de noviembre, en donde dice:

“Presintiendo el final de tu jornada, me acosté pensando en ti, y seis horas después de que habías liquidado tus cuentas con la vida, siempre con la broma a flor de labio, me dijiste:

“—Hermano: ya me sucedió…

“Entonces desperté. Cumpliste con tu promesa. No me habías olvidado. Gracias”.

Apostilla pretérita. Según una nota de El Informador del 22 de abril de 1919, Ixca tuvo una gallina de cuatro patas que deambulaba por los pasillos del museo. Zuno puntualiza en sus memorias que también había un tejón y una tortuga, a los que martirizaban para enfado del director.

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