En la Opinión deSobrenatural

SOBRENATURAL | La insulsa vida de algunos fantasmas | por Carlos Rosas

Carlos Rosas
carlosfernando.rosas
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El diario The New York Times publicó el 30 de octubre pasado, en su sección Estilos de vida, un artículo de Allyson McOuat donde cuenta una historia de amor con fantasma. El artículo lleva por título “The ghost was the least of our problems”, en su versión en español fue “Un fantasma, la renovación de una casa y una bebé recién nacida”.

La autora plantea una historia entre dos mujeres, quienes compran una vieja casa para cumplir el sueño de vivir juntas y hacer familia; reconstruyen la vivienda y logran tener dos hijos antes del “divorcio tsunami”, en la que una de ellas abandona el hogar y se decide, tiempo después, por una nueva relación.

El relato de McOuat es suave, sin estridencias, cercano al color rosa. Respecto al fantasma, en el sumario advierte: “Después de que comenzaron a ocurrir cosas espeluznantes en nuestra casa nueva, algo terrible sucedió en nuestro matrimonio”. Pero en realidad este golpe de palabras funciona más como un gancho para el lector que como una síntesis del contenido, porque no hay una descripción ni análisis de las “cosas espeluznantes” ni tampoco aparecen los hechos terribles del matrimonio.

El fantasma, de una madre según se afirma, aparece y desaparece sin mucho concierto, mostrándose a través del inesperado encendido y apagado de la luz en las habitaciones, moviendo objetos, abriendo puertas, haciendo girar una silla. En realidad, el fantasma es un personaje secundario, funciona como un interlocutor invisible sosteniendo con sus inexplicables manifestaciones a quien lleva la peor parte en la historia.

De cualquier forma, es interesante encontrar en The New York Times un relato, no sabemos si del todo ficticio, con una pareja típica acompañada por un fantasma. Es cierto, la breve fenomenología de la entidad apuntada por la autora, pese a su deslucida actuación, tiene veracidad y se corresponde con muchas de las descripciones conocidas de casas habitadas por espíritus.

En realidad, parece que las entidades acompañantes de los vivos en su vida cotidiana no tienen distingos de clase social, preferencia sexual, religión, escolaridad, vicios, virtudes o aficiones. Por supuesto, expresan filias y fobias pero no exclusiones: para todos hay una aparición extraña en la vida, o muchas. El hecho existe, la explicación es variable.

En mi caso, recuerdo las manifestaciones percibidas en la casa familiar a lo largo de dos décadas. Aún persisten, pero sin la enjundia de antaño; además, aprendimos a tratar con ellas. Y al igual que en el relato de Allyson McOuat, hubo objetos moviéndose sin una mano visible, aparatos eléctricos que se prendían o apagaban según el capricho incorpóreo, e incluso, en una reunión de amigos una copa con agua estalló sin la intervención de ninguno de los convidados; esta última ha sido la manifestación más violenta que he presenciado, pero ha habido otras igual de notorias, como el desplazamiento autómata de una silla del comedor o el vuelo repentino de un álbum con fotografías. Todos en casa nos acostumbramos a estos hechos y se incorporaron a nuestra vida casi con normalidad. Hasta que las presencias conspiraron entre sí y nos obligaron a tomar medidas y atender sus peticiones. Pero eso sí, nada de terror ni exorcismos, ni ninguna de esas patrañas truculentas de los programas televisivos o del cine, a expensas de la credulidad insensata del espectador.

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