En la Opinión deSobrenatural

SOBRENATURAL | Los tiros del jarabe tapatío (1) | por Carlos Rosas

Carlos Rosas
carlosfernando.rosas
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Primera parte 

Antes del irse al cerro no tenía pistola, pero cuando regresó ya traía una 45 bien fajada, para lo que se ofreciera. El arma se la regaló su mamá, comprada en 1928 en la Ferretería La Flecha, de la calle del Carmen, ahora Juárez, del centro de Guadalajara.

El periplo cristero de José de Jesús Padilla Martínez no es el de un campesino alzado, sino el de un tapatío amamantado en un céntrico barrio de Guadalajara. Su casa, donde nació en 1913, se encuentra en la esquina de las calles Reforma y Liceo, a unos pasos del jardín de la Reforma y del santuario del señor san José; la finca está en buenas condiciones, aunque abandonada.  Esta geografía del centro histórico es para mí una divisa de identidad, yo crecí con el santo y seña que Padilla Martínez describe en sus memorias, más de medio siglo después.

Fue Jorge Beltrán, amigo desde la preparatoria y gran lector, quien me prestó el libro Y la tierra alteña se tornó más roja. Testimonio cristero de José de Jesús Padilla Martínez narrado a Salvador Lazcano Fernández-Villanueva. La obra es una edición de autor, fechada en 2002; el doctor Salvador Lazcano murió en octubre de 2003.

En su testimonio, Jesús Padilla habla con ecuanimidad de su fe y de su arriesgada pero no menos obstinada lucha por defender el culto arrebatado. Quinto y último hijo de una pareja alteña asentada en el centro tapatío en 1906, se crio como el “chiqueado” de Cuca, su madre. Acudió al colegio de Apolinarita Camacho, en una casona de avenida Alcalde, luego a la escuela del padre Figueroa, en Herrera y Cairo y Santa Mónica, terminó la educación básica en el instituto de don José Atilano Zavala, sobre la calle Galeana, considerado “la antesala” de los jesuitas; en 1925 entró al colegio de la compañía.  Al año siguiente, cuando se cerraron   las escuelas confesionales, hizo taquimecanografía en un establecimiento de don Lauro Rocha, papá del general cristero del mismo nombre, a quien se uniría dos años después.

La infancia de Jesús Padilla fue desahogada y feliz. Su padre, antes abogado, notario y juez, abandonó el litigio para dedicarse a sus rentas inmobiliarias. Su madre siempre fue ama de casa, asidua a los mercados Alcalde y Corona. En tanto, el niño jugaba con su palomilla en el jardín frente a san José y en casa se divertía cantando la lotería con sus hermanas. Fue monaguillo de misa diaria.

En 1926, primer año de la cristiada, Jesús Padilla tenía 13 años. A los 14, en agosto de 1927, su papá murió al volcarse el camión en el que iba a Zapopan, en el cruce de las ahora calles Andrés Terán y Colomos. Adolescente, sin   padre, fue   entonces   que   se   firmó   su   adhesión   al movimiento, de forma casual… e irremediable.

Empezó   como   chofer, en   un   taxi   de   su   hermano, llevando   y trayendo al cura que oficiaba misas secretas para las familias del barrio, a las seis de la mañana.  Enseguida, a pedido de un sacerdote, recogía enfermitos en Tonalá, esto es, combatientes heridos venidos de los Altos. Poco después, bajo el manto de las brigadas femeninas de santa Juana de Arco, llevaba municiones a una hacienda de Zapotlanejo. Con 15 años, en julio de 1928, sin provisiones y en un caballo rentado, se echó al cerro; tuvo suerte, lo integraron al estado mayor del general Lauro Rocha.

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