En la Opinión deSobrenatural

SOBRENATURAL | Una bailarina disipa los peligros | por Carlos Rosas

Carlos Rosas
carlosfernando.rosas
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A la casa donde vivo, en el centro de Guadalajara, llegué cuando tenía siete años. Sus cinco patios me causaron una gran impresión; el más grande estaba arriba, sus bardas eran bajas y me pareció inmenso.

A los pocos meses la casa me resultó atemorizante, no podía dormir sin alguna luz cercana y cuando me quedaba solo me asaltaba un desasosiego tenaz. Mitigaba mi ansiedad con exploraciones inocentes en cajones vedados y con incursiones a espacios de apariencia inaccesible. Los descubrimientos y aprendizajes que tuve los guardé en secreto por muchos años. Entre las incursiones riesgosas estaba el clóset de la habitación de mis padres, la parte más alta, a la que llegaba con mucha dificultad, sin medir el peligro. Utilizaba primero una silla dispuesta como escalera y luego trepaba por dos entrepaños, hasta llegar a un baúl acomodado detrás de algunas cajas.

Era un baúl grande, de madera suavemente perfumada; tenía una pequeña llave en la cerradura. En su interior había pertenencias de mi abuelo paterno; no olvido una calavera bien conservada y una docena de revistas médicas, entre otros tesoros. Lo decididamente peligroso era una pistola de mi padre, una escuadra negra, perfecta, limpísima, 38 súper, lista para matar, con dos cargadores repletos de balas; me causaba tal asombro que me olvidaba de la ansiedad.

Cuando el miedo se hacía insoportable en las habitaciones de abajo, me iba a los patios de la planta alta y luego me subía a la barda que daba a la calle y desde ahí, como vigía, esperaba la llegada de mi madre. Era tranquilizador ver las casas vecinas, el paso de los camiones, escudriñar a los transeúntes y perderme en el cielo de la tarde, en las nubes y la luz cambiante. Si caía la noche y seguía solo, mi desesperación se volvía tormento.

Se hizo un hábito subir a las bardas; encontré que podía brincarme a las azoteas de algunos vecinos. Y así descubrí a una niña, solitaria como yo, en el patio de la casa de enfrente.

Fue una visión encantadora: la calle nos separaba como si fuera el gran foso circundante de la fortaleza o un abismo de quince metros entre los dos, vacío eléctrico en el que nos reconfortamos con la mirada y la sonrisa fugaz. Mi posición en la barda de mi casa era más alta que la de la niña en su patio, así que podía verla completamente en un plano picado. Ella estaba descalza, vestía un pantalón corto y llevaba el pelo suelo, era morena y me pareció muy bonita. Los dos desaparecimos de la escena, primero ella, ocultándose en un cuarto que desembocaba en su patio. Yo tenía las mejillas enrojecidas, pero no me importó y subí a mi puesto con la esperanza de verla otra vez.

Y sucedió: regresó del cuarto donde se había ocultado, pero ahora vestía como una bailarina de Oriente, o así me lo pareció, lo cierto es que se había cambiado de ropa y la que lucía era más ligera. Bailó para mí. Dio tres o cuatro giros en su improvisado escenario, hizo un grácil movimiento frente a mí y me lanzó un discreto beso. Luego hizo mutis dando fin a la mágica escena, yo me quedé paralizado de la emoción.

No volví a ver a la niña. A los pocos días se mudó de casa, pero se quedó en mi alma.

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