Mientras en abril las políticas se fortalecieron para mitigar los contagios de covid-19, 2,492 asesinatos a escala nacional lo posicionaron como el tercer mes más violento del año: un virus que no descansa desde 2006, con la guerra que disolvió a la sociedad.

PRIMAVERA DEL 2020Reportajes

Tampico, la ciudad experta en encierros

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Tampico, la ciudad experta en encierros

Fotografías: María Fernanda Lattuada.

Tampico, Tamaulipas, 30 de mayo 2020.- Son los últimos días de abril; la salida de este encierro parece cada vez más lejos. Las calles ahora lucen grises, empolvadas, abandonadas. El silencio me produce ansiedad mientras el ruido me cimbra de angustia. “Quédate en casa y lava bien tus manos”, seguido del sonido de una alarma de guerra contra este virus. Suena una y otra vez a través de un megáfono que transita entre las calles de Tampico, una ciudad que es experta en encierros. Su gente sabe que es mejor quedarse en casa que correr el riesgo a morir.

Son los últimos días de abril. Las personas se han encerrado para no morir, una vez más.

Ya son 50 días entre cuatro paredes. Las líneas de mis manos lucen cada día más pronunciadas y blancuzcas de tanto lavarlas, como lo recomendó el subsecretario de Salud, Hugo López Gatell. Cantar “Las Mañanitas” mientras lavamos nuestras manos podría salvarnos la vida. El rey David debería sentirse todo un héroe.

Aun así, no fue suficiente para las 1,732 personas que ya han perdido la vida hasta el 29 de abril, víctimas de un virus y una mala organización gubernamental. “Quédate en casa”, es lo que dicen, como si fuera sencillo en un país donde 41% de la población vive en pobreza, o para aquellos que comparten techo con su agresor.

“Quédate en casa”, es lo que dicen. ¿Dónde lo había escuchado antes? Esta medida definitivamente no es nueva. Son los últimos días de abril de 2012. Estoy en mi ciudad natal: Tampico, Tamaulipas. Una ciudad que engendró al Cártel del Golfo, enzarzado en una cruenta lucha contra el cártel de Los Zetas.

Las autoridades pidieron a los tampiqueños no salir de casa; los toques de queda marcan el reloj de la ciudad porteña. Las noches parecen ser silenciosas excepto por el ruido de los tanques de militares rondando por la ciudad. Excepto por el sonido que producen las armas entonando la muerte. Estoy tirada en el suelo a un costado de mi cama, cubriéndome la cabeza y los oídos. En la oscuridad, lloro del miedo mientras grito por dentro, porque, ante todo, hay que ser silenciosos. Cuento números hasta perder la cuenta para mantener la razón; cada día controlo más mis ataques de ansiedad en un fuego cruzado; la experiencia hace al maestro, dicen. La rutina de cada día es besar el piso.

Eso era lo más cercano al infierno, pensé mientras seguí lavando mis manos. Ir al pasado para recrear las heridas de una guerra que según algunas cifras acabó con las vidas de alrededor de 120 mil personas parece más efectivo que cualquier canción. Hoy, ocho años después, en Tampico volvimos a dejar las calles secarse, cual planta en el desierto. Los negocios antes eran cerrados por “cobro de suelo”, una extorsión del crimen organizado a la que sólo sobrevivían aquellos que podían pagar tarifas tan altas. La vida nocturna no existía, ningún bar o antro se atrevía a abrir sus puertas por miedo a la acumulación de asesinatos.

El silencio de las calles me trae a la memoria las vidas perdidas, a las que dieron sepulcro y ahora florecieron de entre la tierra, a una sociedad disuelta que se puso de pie, y que espera volver a hacerlo. Son los últimos días de abril, la brisa húmeda del puerto tropical anuncia el verano. De nuevo, nos hemos encerrado por miedo a morir.

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