Reportajes

Todos quieren ser un niño meón

Por Juan Raúl Casal

Los niños metálicos juegan desnudos en el centro de Guadalajara, todos caminan a su alrededor como si nada. Algunos se detienen a tomarse una foto con ellos o a ver lo felices que son. Esta parte de la cuidad no se detiene, está llena de tiendas, restaurantes, gente que trabaja a marchas casi forzadas. Muchos adultos lo olvidaron, otros piensan esto en privado, lo cierto es que todos quieren ser un niño meón.

El nombre original de este conjunto de esculturas del Centro Histórico de Guadalajara es “La Fuente de los Niños Traviesos”, pero los tapatíos les dicen “los niños meones”. No cualquier figura de metal se gana un apodo en esta ciudad, estos chicos de bronce tienen algo que llama la atención. Puede que se deba a que están encuerados, a diferencia de los otros monumentos que visten un traje oxidado arriba de su placa.

Mientras estos tres niños se divierten desnudos, los demás trabajan. Esta fuente es un pequeño patio de juegos en una calle muy ocupada. Los de Lonches Amparito siempre tienen una fila de clientes que llega hasta la calle, ponerse a jugar encuerados en el agua es solo una fantasía, hay demasiadas tortas que preparar.

Los empleados de las joyerías cerca del Hospicio Cabañas tampoco tienen tiempo de quitarse la ropa y lanzarse agua un rato. Venden collares, anillos y aretes a enamorados; personas que celebran algo serio; y a maridos infieles. No hay nada liviano o infantil en esas compras, siempre hay expectativas al regalar algo con diamantes. Estas tensiones no las tienen los chicos de la fuente, ellos solo ríen y escupen agua.

Estas figuras deberían de estar en casa de todos los asalariados de la cuidad, pues son todo lo que ellos no pueden ser por tener que trabajar jornadas completas. El único lugar donde uno puede sentirse como un niño meón en su baño, encerrado en un cuarto de tres metros por dos. Esta fuente muestra una fantasía inocente de los adultos que quieren dejar de serlo un rato.

Todos quieren ser un niño meón, pero no se puede. Hay que preparar muchos lonches, envolver un collar para la secretaria del señor y de paso pagar el predial. Los adultos son libres de hacer lo que quieran, menos ponerse a jugar un rato, solo los críos y las figuras de bronce gozan de ese privilegio. A los mocosos de esta fuente nunca les van a hablar sus padres para que se regresen a sus casas.

Los chicos metálicos juegan en frente de todos para que los adultos que se acuerden de verlos se alegren de que, al menos, hay tres personas en la ciudad que sí pueden hacer lo que quieren. Ellos no tienen responsabilidades, miedos ni un sueldo que hacer rendir. Están desnudos y felices para que los tapatíos recuerden la inevitable verdad de que todos quieren ser un niño meón.     

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