María Dolores Lolis García Ussher, lectora ávida y experimentada autodidacta, trabaja como bibliotecaria en una universidad de Los Mochis; relata vistazos de estudio y trabajo en su vida y cómo ahora, a sus 73 años, cursa una maestría en Estudios Sociales

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Trepada a un pino o en línea durante una pandemia, Lolis sigue aprendiendo

Por: Isabella Jiménez Robles

María Dolores comenzó la maestría en plena pandemia, un par de meses antes de su cumpleaños 73. Las clases en línea no son su ideal, pero cuenta con una gran colección de experiencias para lidiar con circunstancias poco comunes de aprendizaje. Después de todo, ha hecho sus estudios a su manera: estuvo en una primaria de pueblo que recuerda más completa que un posgrado, desde joven adquirió práctica en diferentes trabajos, leyó cuanto caía en sus manos y cursó la secundaria y preparatoria de maratón cuando fue su momento de entrar a la universidad. Ella dice que, en su vida, “todos los cambios han sido para mejorar”.

 

Niñez, trabajo “y eso sí: a leer mucho”

María Dolores García Ussher nació en 1947, en Vialacahui, Sinaloa. Lolis, como muchos la conocen, estudia una maestría en la Universidad Autónoma Indígena de México, en la unidad de Los Mochis. “Llevo muchísimos años aquí viviendo (en la ciudad). Prácticamente desde que salí de la primaria en mi pueblo querido, ya no volví a vivir allá. Pero nunca he perdido el arraigo. Y está muy cerca de aquí, a menos de 20 kilómetros”.

Hizo su primaria en Mochicahui, en una escuela de gobierno que sigue estando ahí. Dice que, en ese tiempo, “el nivel de la escolaridad, de enseñanza que teníamos hasta los años 65 en Mochicahui, equivale a un posgrado de ahorita, yo creo”. Sus maestros fueron personas del pueblo que estudiaron en la Normal y explica que le enseñaron habilidades, en especial de lectura, que no vio de nuevo en sus siguientes niveles de estudio.

Entrada al pueblo sinaloense de Mochicahui. Fotografía: Ayuntamiento de El Fuerte.

Lolis creció rodeada de “papás y hermanos maravillosos” y muchos libros. Recuerda títulos que tenían en casa y en la escuela, “de acuerdo con nuestra edad, pero muy ilustrativos”: Corazón: diario de un niño; El maravilloso viaje de Nils Holgersson; las aventuras de Emilio Salgari. Su favorito era el libro de lecturas para sexto año, Cultura y espíritu; “era un libro precioso” cuyos temas iban desde los ecosistemas y las estaciones, hasta relatos de mitología griega. Lo sigue buscando hasta la fecha.

Dice que sus padres les inculcaron a ella y sus hermanos, junto al respeto y la honestidad, el hábito y gusto por la lectura. En su casa compartían novelas como El libro de la selva y las historias de Julio Verne.

Aunque, cuando se trataba de libros prohibidos, “había muchos pinos ahí en mi casa y me subía a un pino a leer allá donde no me vieran”. Así fue como leyó a escondidas Doctor Zhivago y La vida inútil de Pito Pérez.

Al salir de la primaria, viajó a la Ciudad de México para comenzar una carrera técnica mientras vivía en casa de su hermana mayor: “ella y su esposo quisieron que me fuera a estudiar allá, como yo era la pequeña. Pero al siguiente año, a mi cuñado le salió una oportunidad de la empresa en la que trabajaba”, lo enviaron a Europa a hacer una especialidad. Al tiempo que él estudiaba, el resto de su familia regresó a Sinaloa junto con Lolis, que no alcanzó a terminar la carrera técnica.

“En ese entonces, todas las muchachas empezábamos a trabajar a los 15 años”. Ella tenía 14 cuando entró a su primer empleo. “Y ya me enrolé aquí, no volví a estudiar, fíjate”.

El trabajo era en una oficina de gobierno, una recaudadora de rentas a donde su tío la invitó “para que me sirviera de práctica”. “Era una oficina donde había de todo: lo mismo me traía en un escritorio de contabilidad, al público, de correspondencia, o de archivo. Y así fue como realmente terminé de estudiar: ahí. Muy mal pagados los sueldos, pero con la escuela que me sirvió muchísimo”.

Su siguiente empleo fue en la Asociación de Agricultores: “eran de los mejores trabajos aquí. Y de los mejor pagados, también”. En esa época le ofrecieron una beca para un colegio religioso en Chihuahua; otro de sus tíos, que era el gerente general de la Asociación, le sugirió que se quedara:

Me dijo: ‘Pero, mijita, ¿qué vas a ir a estudiar? Todo lo sabes, es lo que aquí trabajas. Eres muy eficiente’. Me convenció así de fácil y ya no me fui a estudiar”.

Los libros de la infancia de Lolis. Imágenes tomadas de los sitios web ORT Argentina y todocoleccion.net.
Los libros de la infancia de Lolis. Imágenes tomadas de los sitios web ORT Argentina y todocoleccion.net.
Los libros de la infancia de Lolis. Imágenes tomadas de los sitios web ORT Argentina y todocoleccion.net.
Los libros de la infancia de Lolis. Imágenes tomadas de los sitios web ORT Argentina y todocoleccion.net.

Lolis se hizo de diversas destrezas en cada trabajo y encontró otros métodos para seguir aprendiendo. “Nunca dejé de estudiar por mi cuenta: que inglés, que español, diferentes cosas. Y eso sí: a leer mucho. Porque siempre me gustó, aparte de que en mi casa había esa costumbre de parte de mis papás. Así fue como me fui haciendo prácticamente autodidacta (…) Más que nada era leer cuanta cosa cayera en mis manos: libros, novelas, revistas, biografías, historia”. Entre sus favoritos, ya como adulta, nombra las novelas El pájaro espino y El ángel sin cabeza.

Del 77 al 94 tuvo “un negocio muy próspero”, una zapatería para damas. Durante varios años la mantuvo en pie y logró comprar el local, su casa y viajar. “Pero en ese tiempo hubo una inestabilidad política, un régimen corrupto que descapitalizó el país. Los medianos empresarios no teníamos un colchón para aguantarlo. El país se arruinó y en el 94 fue un tronadero”. En cuanto cerró su zapatería, usó el mismo local para vender comida por un tiempo.

Después, trabajó brevemente en el DIF municipal, hasta que le “tocó la de buenas” en las elecciones locales y el PRI perdió por primera vez en el municipio. “Todos los que estuvieran del régimen anterior, van pa’ afuera”, lo cual le dio muchísimo gusto con todo y que fue momento de buscar trabajo de nuevo.

Un día, en el periódico encontró un anuncio que solicitaba asesoras educativas, “muy eufemístico del nombre, era vulgo para vendedora de libros”. Así inició un periodo de tres o cuatro años como vendedora de la Enciclopedia Británica y otros materiales educativos. Lo cierto del anuncio era que “tenía uno que saber un poquito de algo para poder vender”.

Al no tener límites en su territorio de distribución, podía llevar su material a donde quisiera y llegó a hacer muchos viajes con sus compañeras vendedoras.

Le tocó la transición del material electrónico, con versiones de la enciclopedia en CD. “La gente decía: ‘No, los libros ya no se usan, ya pasaron de moda’. Y a mí me daban ganas de torcerles el buche. Porque ¿cómo los amados libros, el papel, iban a pasar de moda?”.

Este año cumplió su aniversario 19 de trabajar en la Universidad Autónoma Indígena de México (UAIM). Comenzó como administradora del comedor y luego, a petición de una maestra que quería trabajar con ella, la trasladaron a la biblioteca de la unidad de Mochicahui. Hoy es encargada de la biblioteca de la UAIM en Los Mochis. Ahí, entre otras actividades, realiza la catalogación del material: “Me clavo leyendo hasta las sinopsis de computación”.

Este año hubo cambio de rector en la universidad, “no sabemos quién se vaya o se quede”. Mientras tenga la oportunidad, ella planea seguir en el trabajo que tanto le gusta: “Se supone que para estas alturas yo ya debería estar jubilada y pensionada, pero simplemente no concibo la vida así. Tengo un trabajo que me gusta mucho, con un ambiente muy agradable. Me siento muy fuerte; ¡no tengo achaques!”.

Lolis (derecha), con una de sus hermanas, en El Fuerte, Sinaloa, a los 25 años. Fotografía: cortesía.

Regreso a clases

En la universidad, Lolis aprovechó la oportunidad de un programa de estudios para trabajadores para unirse a la Licenciatura en Sociología Rural. Primero acreditó la secundaria abierta en el INEA y la preparatoria por examen Ceneval: “Era más rápido que la prepa abierta, pero muy difícil. Eran unos exámenes durísimos; había una vigilante caminando entre nosotros, así como ahorita con la sana distancia”. Y tras un verano de usar su prima vacacional para aprender matemáticas, estaba lista para la carrera.

Tuve trabajos muy buenos. Pasaron muchos años hasta que me decidí a estudiar por simple gusto”.

Ese año entraron 32 personas a Sociología y al final quedó una decena, un grupo al que Lolis bautizó G10, con amistades que conserva. Ahí conoció a “una señora a la que le digo que, cuando sea grande, quiero ser como ella”; es de Topolobampo, esposa de un pescador, y cuando le preguntaban por qué se había metido a estudiar respondía que por hobby. “Ella fue la primera que tuvo trabajo de acuerdo con la profesión de Sociología”. También “mi amigo más amigo de la generación, y estamos estudiando juntos la maestría, apenas acaba de cumplir 33. Ése es mi cuate del alma. Haz de cuenta que somos de la misma edad”.

Lolis se graduó con el promedio más alto de la generación y el apoyo de las personas en su vida: de sus compañeros maestros; de su familia, “hermanos maravillosos, lamentablemente ya se han ido cinco de los ocho, pero siempre hemos sido solidarios y respetuosos entre nosotros”; y sus amigas “muy animosas” con ella.

De nadie recibí un ‘a estas alturas…’”.

Ahora, a sus 73 años, cursa el segundo semestre de la maestría en Estudios Sociales.

Por la pandemia, toma todas sus clases en línea. Estar familiarizada con los programas digitales que usa en el trabajo le ha facilitado adaptarse, pero ella prefiere “lo personalizado, el calor de las personas, estar en grupos”. Sin embargo, se acompaña de su mismo “cuate del alma”.

“Ahora tenía que levantarme muy temprano y anoche le puse en un WhatsApp: ‘¿Me puedes llamar a las 7:30? Porque no tengo despertador’. A las siete y media ya me estaba hablando. ‘Ta bueno, pues. Ya vuélvete a dormir’ le dije”.

“No le pongo límite a la vida”

Para hablar de sus futuros proyectos, María Dolores empieza con un: “No me puedo morir porque quiero terminar la maestría”.

Ya con el título, le gustaría dar clases, tener un grupo de Sociología.

Además, desde la licenciatura tiene listo un proyecto para obra pública social en Mochicahui, un parque recreativo y andador. Dice que ése sería su gran logro: “Poder servir a mi pueblo, a mi ciudad y mi gente, para que mi paso por este mundo no haya sido gris”.

También planea vivir muchos años más; “No le pongo límite a la vida”. Platica que una amiga le dice: “El único remedio pa’ no morir es hacerse vieja”.

Por lo pronto, Lolis desea regresar a su escritorio en la biblioteca, donde la esperan 10 cartones de libros por clasificar.

Isabella Jiménez Robles
Estudiante de la Licenciatura en Periodismo y Comunicación Pública.

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