Una psiquiatra y psicoterapeuta de 58 años vive angustiada desde que sus ingresos han disminuido de manera desmesurada debido a la pandemia de covid-19, que le afecta en lo económico, emocional y físico.

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Una psiquiatra en la locura

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Una psiquiatra en la locura

Zapopan, 27 de mayo de 2020.- Un escalofrío, dolor abdominal. Dos días con diarrea. La lucha incansable hasta fin de mes vuelve a ser parte de su rutina. Sin una red de seguridad, divorciada y con dos hijos, Aurora reza para que no aparezcan gastos sorpresa. Le parece imposible mantenerse a flote. Se siente débil; víctima de una tragedia. Pero también se sabe una suertuda. Fue un trancazo. Pasar de cincuenta a ocho consultas semanales.

En las madrugadas Aurora sufre insomnio. El reloj marcaba las cuatro y cuarto. Prendió la luz, miró alrededor. Encontró su rostro cansado en el espejo delante de su cama. Antonio, su hijo, vio la luz y entró a verla, se acostó a su lado. La abrazó. “No te preocupes por el dinero, má, dejo la universidad en lo que te recuperas”, le dijo. Ella estaba segura: la ola de trastornos psiquiátricos después de la pandemia le daría mucho trabajo. Mientras, será difícil, pero él no tenía por qué preocuparse. Su hijo se durmió a los diez minutos, ella no pegó el ojo.

Para personas como ella no hay apoyos. No es empresa, ni microempresa, no tiene acceso a créditos. Sus allegados conocen la situación crítica en la que está, saben que los gastos se le acumulan en un instante. Aurora siempre ha sido la proveedora de su familia. Incluso cuando su exmarido figuraba en la ecuación.

No es la única. El problema económico es grave. Treintaiún millones de mexicanos, el 57 por ciento de los trabajadores del país, tienen empleos informales. No tienen entrada fija, se sostienen con lo que trabajen. Aurora no es informal, pero se las está viendo igual. Sus gastos fijos van al límite con sus ingresos. Vive al día y cada vez se atrasa más. Las deudas se acumulan. Menos uno, dos, tres. En enero perdió las rentas de los consultorios que representaban una entrada fija, una tranquilidad. De ésos recibía, libres, 24 mil pesos al mes, pagaba siete mil de impuestos. “Puede que lleve 30 años en esto y sea una profesionista exitosa con prestigio, pero me las voy a ver igual que el vendedor de papas de la esquina”, piensa. Se retuerce de dolor. Está segura de que su colitis es una manifestación de angustia, su cuerpo sacando la tensión.

Ya son las siete. Se levanta, va a la cocina por un café todavía con la ropa y el maquillaje del día anterior. Las ojeras hacen que luzca más cansada. Doña Alicia, la empleada doméstica, le pregunta cómo durmió; ella le contesta con una sonrisa más parecida a una mueca. “No hay necesidad de hacerse la fuerte conmigo, señora”, le dice. “No es lo económico lo que me inquieta, tenemos para quesadillas, frijoles”. Las lágrimas amenazan con asomarse. “Me angustia más lo importante. Tengo una hija en línea de batalla. Me inquieta más Pilar”, le contesta.

Pilar es doctora como su mamá: atiende a los enfermos de covid-19 del Hospital General de Occidente. El riesgo es parte de su vocación, lo sabe. Los hijos duelen más. Las lágrimas de le escapan. La abandona la imagen de la psiquiatra simpática, alegre, fuerte, mostrando su fragilidad casi siempre oculta.

Ya calmada, va a su consultorio. Uno de cuatro que acondicionó en la primera planta de la casa que pagó durante una década. Se sienta en su sillón rodeado de Fridas Khalos, pinturas, detalles aquí y allá. El consultorio no es el mismo vacío, su profesión se vuelve complicada si no ve a las personas cara a cara, sin ese contacto esencial. Al principio muchos de sus pacientes se resistieron a las consultas virtuales, les parecía impersonal e ineficiente. Muchos se oponen porque creen que en sus casas serán escuchados. Sin embargo, con el paso del tiempo, sus consultas aumentaron porque se dieron cuenta de que necesitan la terapia. Aurora tuvo suerte de que la tecnología le permitiera darles seguimiento a sus enfermos. “De no ser así, sería mi fin; es lo único que sé hacer. Sin duda me hubiera visto en un aprieto, simplemente para que hubiéramos comido y salido adelante”, piensa.

El corazón le golpea el pecho. El rumbo es incambiable. Una lluvia tóxica caerá sobre ella y su familia. Con todo, ha superado épocas peores. Sabe que Dios nunca la abandona. Adriana se sumerge en sus pensamientos hasta que la sorprende el ringtone de su teléfono: es hora de una consulta, de ganarse la vida.

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